sábado, 14 de abril de 2012

Breaking the tears


Bailábamos sobre un compás roto, al rededor de una hoguera prendida con el deseo de partir, volar lejos, que quemaba todos esos sueños de papel hechos muchos, muchos pedazos.
Pudimos prometernos la luna, pudimos hacer todo lo que quisimos. Pleased to meet you, pero ahora me tengo que ir. Partiré para quedar aquí al lado, siempre independientemente dependiente, siempre con las mismas ataduras y miserias. Teníamos el don de la histeria colectiva, de la apacibilidad individual, del pensar en no pensar y ni siquiera lorgarlo.
He de partir al futuro en el que no ser reconocida, y futuro pero presente pasado, rumbo a la monotonía frenada y el desenfreno saciado.
He de quemar todos mis sueños una y otra vez, olvidar mi ruda prosa impregnada de una inverosímil lírica. He de morir, caer al vacío de la espiral de la demencia y sin ayuda volver a subir, para en la mañana y su rocío infernal partir hacia el mañana que siempre me pilla demasiado hoy.
No plantarme; eso es, vivir mil aventuras desde mi cama y al salir a mundo poner cara de inepto.
Por eso he de partir. Llegó el momento de ponerse el peto de trabajo y salir a faenar, olvidar lo que te haya prometido y contar tu historia a voz en grito.
Y si todavía no ha salido el sol, decir que es de mañana temprano.
Palabras más, palabras menos.
Y todo para no constar lo que cuento, hablar para callar y vivir para morir. Quererte para odiarme y escribir para no desentrenarme.

Un “ding” sonó imperceptiblemente en la cabeza de casi todos, pero mi sobresalto indicó “Es la hora. Hasta nunca” Y tomando como guía un acorde infamemente despedazado, salté del pedestal de tu ironía hacia un nunca jamás demasiado idealizado como para llegar siquiera a disfrutarlo.

Now it's time to sing alone


- No es nada tuyo, ¿sabes? No es culpa tuya.
Sudaba la gota gorda, se sentía mal y le escocía la conciencia por la brutalidad de su sinceridad.
- En realidad... yo lo último que querría... no quiero hacerte daño.
- No es nada, ya te he dicho que no importa.
Agachó la cabeza, y fue haciendo un minucioso repaso de cada detalle de aquel inhóspito momento. Él le sonreía, con una sonrisa cansada, forzada, inútil y desesperanzada. Puso una mano en su hombro, y de pronto sonrieron los dos. Al grito de “eres la peor persona que jamás he conocido”, los resquicios de su maltratada moralidad cerraban los ojos y se tapaba las orejas con las manos. Todos lloraban; bajo una fachada de asumición, asumimiento, ella sabía que estaba arrancando su corazón cual corazón de kiwi, y él sabía que tarde o temprano acabaría ocurriendo.
Decidió que ya no pintaba nada ahí, que todo lo que pudiera llegar a hacer o decir sería malo, peor.

Ambos llevaban sus zapatos en las manos, y los pies llenos de arena. Como recuerdo de aquella infame herida, sólo quedaban sus huellas por la arena. Habían hecho medio trecho a pie, el otro medio caminando, pero sólo uno de los dos sabía que todo terminaría con una seca y falsamente alegre despedida improvisada, sucia y mustia, éticamente reprochable.
“El había prometido que, si esto llegaba a ocurrir, las cosas seguirían como siempre. Me duele hacerle romper una promesa. Es una persona maravillosa, buena gente incluso, pero el mero hecho de pensarlo... me da escalofríos” había sugerido ella, noches antes. Ahora se culpaba de todo aquello. Y con razón.
- Lo siento, sabes que lo siento.
- No pasa nada.
- Dime que estarás bien. Dime que las cosas seguirán como siempre.
Pausa. Él agachó la vista para acariciar con una mirada sin ningún reproche los ojos de ella y sonrió.
- Lo prometo.
Y, al tiempo que negaba con su turbada cabeza hueca, ella exhaló
- Será mejor que me vaya.
Y él la vio alejarse. Vio esas marcas en la arena que pronto no significarían nada para nadie. Dudo que algún día llegaran a hacerlo.

No hubieron reproches porque ese tiempo verbal no existe, pero hubo infinito llanto en el camino de vuelta.