Bailábamos sobre un compás roto, al
rededor de una hoguera prendida con el deseo de partir, volar lejos,
que quemaba todos esos sueños de papel hechos muchos, muchos
pedazos.
Pudimos prometernos la luna, pudimos
hacer todo lo que quisimos. Pleased to meet you, pero ahora me tengo
que ir. Partiré para quedar aquí al lado, siempre
independientemente dependiente, siempre con las mismas ataduras y
miserias. Teníamos el don de la histeria colectiva, de la
apacibilidad individual, del pensar en no pensar y ni siquiera
lorgarlo.
He de partir al futuro en el que no ser
reconocida, y futuro pero presente pasado, rumbo a la monotonía
frenada y el desenfreno saciado.
He de quemar todos mis sueños una y
otra vez, olvidar mi ruda prosa impregnada de una inverosímil
lírica. He de morir, caer al vacío de la espiral de la demencia y
sin ayuda volver a subir, para en la mañana y su rocío infernal
partir hacia el mañana que siempre me pilla demasiado hoy.
No plantarme; eso es, vivir mil
aventuras desde mi cama y al salir a mundo poner cara de inepto.
Por eso he de partir. Llegó el momento
de ponerse el peto de trabajo y salir a faenar, olvidar lo que te
haya prometido y contar tu historia a voz en grito.
Y si todavía no ha salido el sol,
decir que es de mañana temprano.
Palabras más, palabras menos.
Y todo para no constar lo que cuento,
hablar para callar y vivir para morir. Quererte para odiarme y
escribir para no desentrenarme.
Un “ding” sonó imperceptiblemente
en la cabeza de casi todos, pero mi sobresalto indicó “Es la hora.
Hasta nunca” Y tomando como guía un acorde infamemente
despedazado, salté del pedestal de tu ironía hacia un nunca jamás
demasiado idealizado como para llegar siquiera a disfrutarlo.