- No es nada tuyo, ¿sabes? No es culpa tuya.
Sudaba la gota gorda, se sentía mal y
le escocía la conciencia por la brutalidad de su sinceridad.
- En realidad... yo lo último que
querría... no quiero hacerte daño.
- No es nada, ya te he dicho que no
importa.
Agachó la cabeza, y fue haciendo un
minucioso repaso de cada detalle de aquel inhóspito momento. Él le
sonreía, con una sonrisa cansada, forzada, inútil y desesperanzada.
Puso una mano en su hombro, y de pronto sonrieron los dos. Al grito
de “eres la peor persona que jamás he conocido”, los resquicios
de su maltratada moralidad cerraban los ojos y se tapaba las orejas
con las manos. Todos lloraban; bajo una fachada de asumición,
asumimiento, ella sabía que estaba arrancando su corazón cual
corazón de kiwi, y él sabía que tarde o temprano acabaría
ocurriendo.
Decidió que ya no pintaba nada ahí,
que todo lo que pudiera llegar a hacer o decir sería malo, peor.
Ambos llevaban sus zapatos en las
manos, y los pies llenos de arena. Como recuerdo de aquella infame
herida, sólo quedaban sus huellas por la arena. Habían hecho medio
trecho a pie, el otro medio caminando, pero sólo uno de los dos
sabía que todo terminaría con una seca y falsamente alegre
despedida improvisada, sucia y mustia, éticamente reprochable.
“El había prometido que, si esto
llegaba a ocurrir, las cosas seguirían como siempre. Me duele
hacerle romper una promesa. Es una persona maravillosa, buena gente
incluso, pero el mero hecho de pensarlo... me da escalofríos”
había sugerido ella, noches antes. Ahora se culpaba de todo aquello.
Y con razón.
- Lo siento, sabes que lo siento.
- No pasa nada.
- Dime que estarás bien. Dime que
las cosas seguirán como siempre.
Pausa. Él agachó la vista para
acariciar con una mirada sin ningún reproche los ojos de ella y
sonrió.
- Lo prometo.
Y, al tiempo que negaba con su turbada
cabeza hueca, ella exhaló
- Será mejor que me vaya.
Y él la vio alejarse. Vio esas marcas
en la arena que pronto no significarían nada para nadie. Dudo que
algún día llegaran a hacerlo.
No hubieron reproches porque ese tiempo
verbal no existe, pero hubo infinito llanto en el camino de vuelta.
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