lunes, 12 de septiembre de 2011

Es simplemente despiste

Aquella noche hacía demasiado viento. O eso, o la Tierra giraba demasiado deprisa. Hasta las estrellas tenían miedo.
Era tardemente temprano y estaba demasiado oscuro, aunque no lo suficiente. Pobre noche. Con sus complejos... siempre intentando imiter le jour.
-No es tarea fácil, careces de prepotencia. Tu eres la más hermosa de este nocturno baile, encuentro de farolas y perros sarnosos. ¡BENDTOS! -susurraba el viento, estoico pero cansado de que siempre fuera lo mismo, como una coreografía, dos hojas que se elevan al infinito a los compases de cuatro por cuatro- Cuánto no habría aportado a cuántos un buen arrope a cierta edad. La gente no sabe lo que se pierde, los que conocen desconocen, y para los demás es ya demasiado tarde. No, a mi tampoco me quiso mi madre a tiempo...

Y la luna en su zénit, brillante y oronda, mirándose siempre en todos los espejos, como siempre, dejándose violar grácilmente por las nubes, con la experiencia de quien lleva haciéndolo toda la vida, desde antes de que el primer padre fuera padre. Con maestría. Con gusto. Alumbraba con tal fuerza, que parecía que el Sol fuera a asomar la cabeza por detrás en cualquier momento. No hay sitio para nadie, y, sin embargo, ellos siguen allí. Por los siglos de los siglos.


Mano dolorida incluída, intenté levantarme de nuevo, pero mis piernas habían partido a sabe nadie donde, llevándose todo tipo de reacciones y terminaciones nerviosas consigo, en la maleta, entre el libro y los calcetines. Y, lo siento, pero había manera. Y dolía.
Me dejé caer de nuevo, peso mediante, en la maldita silla de pensar, acunada por aquella bañada por la blanca luz de la luna húmeda galería. Que mierda.
Había demasiada luz como para ponerse a pensar, y lo de ver con nitidez aquel inmenso foco era ya algo a dejar para otro momento. Ya fuera por las lágrimas en los ojos, el exceso de dioptrías, o el simple empaño de las ventanas. Ojalá tuviera algo de someil. Al menos, así, tendría algo que hacer de aquí a que amanezca. Ahora juguemos a que me quieren. Ahora juguemos a la caja del tesoro.

Encontré a tientas el bolígrafo, aquel respirador con cuentagotas, conectado por vía intravenosa ya (y-espero-que) para siempre en el hueco resultante entre el pulgar y el índice.
  “En el principio, todo era caos. Luego llegaste tu, e inundaste todo con tu jovial   
sabiduría y esa filosofía de risas, porros, carcajadas, y explicaciones de nivel de final de carrera. Creaste carreteras, aceras, camellos, mares, columpios y calcetines. What a wonderful world!
Luego te pillamos en mal momento y volviste a ser tu, aquello del principio. Y así quedarías hasta ...”


¿Recuerdo que esta historia tenía algún tipo de final, repetitivo y estúpido? Sin más demora entraste en silencio, como el más perro de todos los gatos, y me apartaste la estúpida enmarañada mata de pelo que me impedía ver con claridad la ligne anterior y soltaste la cortina, dejándola descolocada (como siempre). Saliste, pero yo seguía viéndote reflejada en el espejo. Posaste un telescopio sobre la cama y unas gafas en la mesilla.

Es una forma extraña de decir “perdón”, “lo siento” y “te quiero”, todo en uno, pero lo de retractarte ya es un gran paso. Además, no creo que conozcas otras maneras. Es original.

Así que, y siempre con tu permiso, volveré a quedarme dormida con mi silla, mi bolígrafo, mis folios, cuatro lunas diferentes reflejadas en la galería, y con nuevas lágrimas en los ojos, esas que saben, casi mejor que yo, que mañana volveré a caer, y que cada día se me hará más largo, pero que este ha terminado ya.

Al fin y al cabo, hace demasiado viento. O eso, o la Tierra gira demasiado deprisa. Y sé que llegará el día en que ni las estrellas ni yo tengamos miedo.

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