jueves, 21 de julio de 2011

¿Quién va a quererme, después de todo?

Tras veinte minutos caminando (a mi ritmo) y auto compadeciéndome (a mi ritmo) a la vez, llego a casa, y caigo como un plomo sobre la cama. Mañana sabré que la onda expansiva ha matado a millones de niños japoneses que se habían perdido en una excursión a uno de esos sitios que tiene hielo y pingüinitos bailarines.
Acabaré fundiendo los polos.
“Y la foca, y la foca”: las focas producen furor, se hacen colas para entrar a verlas, y hasta se paga por ello; yo produzco terror, asco, y se aglomera la gente en las colas (del baño) para ir a vomitar como dios manda, y hasta hay quien pagaría por borrar esas imágenes de su memoria.
Así que recordad, niños: si veis que vuestra cabeza tiene una forma rara o vuestros dientes toman rumbos separados, lo mejor es subir al granero soga en mano y que dejar Gravedad haga el resto. Ella sabe lo que se hace. O si no, decídmelo a mi. Y nunca vayáis de excursión a ver focas si os siguen unos japoneses o, en su defecto, Umpa-lumpas amarillos.
Pero, ¡eso no es todo, señores! ¡¡¡Es que hoy estamos que vamos, que lo damos, que lo regalamoos!!! Así que, cito: “hacen buena pareja, son dos que trabajan bien como pareja”. Gracias, verás, mi “moral”, “morol”, o como sea eso que se da por sentado que tengo no necesita empujoncitos para salir a flote. Gracias again. Gracias. Muchísimas, de veras.
Ah, y otra cosa: eso de lidiar con el demonio ese que yo me imagino algunas veces por semana de algunas semanas, me trae sin cuidado. No me ha afectado lo más mínimo. Es más, he escondido mi hacha y todo. Como no la necesito...

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