domingo, 10 de julio de 2011

Querido partidario del suicidio desde un doceavo piso:

Tengo cosas que contarte, como Morodo, y creo que empezar así es patético, pero, hace mucho que no me siento cara a cara contigo (bueno, ni contigo ni con nadie), y no sabía como empezar. Compréndeme, nunca se me han dado bien las reconciliaciones, y menos con alguien como tu.
He cambiado, no sé si a mejor o a peor, creo que sigo en la línea de mirar para abajo pensando en como de mal quedaría mi cuerpo si saltara, si me dejara caer. Peor de lo que está no puede quedar, vaya, igual hasta me cobran por el arreglillo. Y he de decir que no sería la primera timada.
Después decidí que debería merecérmelo, que la vida no se gana así como así, se necesita saber trucos, como en el San Andreas, y no dar a todos los botones, como en el Tekken. Hasta había hecho voto de estoicismo, y todo, pero ni eso fui capaz de cumplir; caí en la risa, la reproducción automática, los malos chistes, las buenas canciones, el sol, las napolitanas, los colgantes de Sid Vicious, cantar a voz en grito, y todo eso acompañada de... quién sabe qué, que sabe quién.
Quitando eso, me hago mayor, y creo que ya, pese a mi perseverancia (cuando me da el punto), no consigo apasionarme por nada ni por nadie: la televisión me aburre, los días grises me deprimen, los soleados me hunden, y el pensar en ti me hiere cual navaja oxidada, retorcida, asumida por mis entrañas y que mantienen en paz mis retortijones mañaneros. (¿Te crees que se puede seguir viviendo así? Bueno, tu no podrías. Hay que acostumbrarse. Requiere mucho ayuno y meditación ser un amargado de la vida antisocial que hace de extra de la peli esta, ¿como se llamaba? La “vida”, o algo así). Además, los hobbies, esos que tanto me apasionaban, dependiendo del día, vaya, no son ya la mitad de atractivos de lo que eran antes para mi, y las obligaciones me encanta no cumplirlas. Bueno, no, pero, al menos, así, los remordimientos me hacen alguna compañía, lo cual no me reconforta demasiado. Pero, ¡vaya!, siempre me quedará mi sombra, ¿no?. Debería contentarme. Alguien que me apoya. “Yuhu”.
No, no, lo siento; me remito de las últimas tonterías que he dicho: últimamente, hasta tu me has dicho que ya no estoy tan “amargada”. “Tan”. Pero tengo ventanas, ¿sabes? Y espejos, y radio, y teléfono... pero, no. No puede decirse que me queje. Llevo dos semanas. La primera fue bien. Y la segunda. O al menos, eso creía, han sido muchas cosas de golpe. Pese a todo, me ha gustado estar contenta, feliz... divertirme y reír, al menos, aunque no fuera completamente en serio y lo único que deseara fuera cerrar los ojos y ponerme a dormir, en un sitio algo más cerquita del suelo. No es que tenga vértigo, y lo sabes, pero la altura emocional esta a la que me someten de un día para otro, sin preparación ni nada, me asusta un poco. (Soy joven e inexperta, ¡¿que esperábais?!). Han pasado muchas cosas, ¿sabes?. He perdido las esperanzas perdiendo de vista, he dejado las cinco en las que más tiempo había empleado/perdido, (que ni que me sobrara), y diez años de mi vida han quedado tan lejos que solo se ven si me asomo por la ventana. Y no me ha gustado nada.
Abandonos aparte, he descubierto, (he abierto los ojos a golpe de palanca, que podría decirse), que todo, absolutamente, no sirve para nada. Ni los antivirus, ni el antigripal, ni siquiera los anticonceptivos (aquí me tenéis, ¿no?), pero, me conmuevo con nada y todo acaba encantándome. Así no rindo, creedme. Pero, de la otra manera tampoco. Me lío con Withman, me río con Nathan, y paso miedo con Coyne. ¿Para? Mañana, al levantar, me cegará la luz del nuevo día, me sacarán de la cama, a leer folios que en realidad no me sirven para nada. NI A MI, NI A NADIE.
Suerte, compañero.

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