Sin
quererlo cultivamos la soledad como a una planta, encerrarte en casa
es darle calor y llorar es regarla.
– Yo te quiero, tu me quieres, nosotros nos queremos...
Mi cara seguía siendo la misma
– Vamos, vamos, ¿no vas a decir nada?
Pedí la cuenta con sigilo, agradeciendo siempre la complicidad infalible de los camareros de esos ruinosos bares de esas ruinosas calles.
– Tu capacidad de atención es como la de un cocker spaniel.
– No creí que hiciera falta decir nada. Por favor, he visto centenares de tíos saliendo del Hard Luck café con mejor pinta que tus poemas.
No me sentía demasiado orgullosa; escribir era un claro síntoma de su psicosis, de nuestra psicosis. No hay chicas pelirrojas en mi vida, ni tres personas diferentes en el espejo, de las que se supone que una deberías ser tu. Lo he intentado pero no me has dejado dejarlo de lado, déjame decirte que dejas de ayudarme dejando de no intentar hacerlo; dejémonos de sandeces: tu ni sientes ni padeces. “Especularemos” a la luz del flexo con una copichuela de zumo de naranja, pero déjame esa hora libre al día que a veces ocupo con lo que la ocupo, por eso la necesito. Cuando lo evidente se haga presente, si no me pego un tiro en la frente, signo de que tan sólo soy una jodida demente, aunque relativamente decente (pero posiblemente lo tenga en mente) supongo que maduraré derrepente. Se supone que no tengo excusas, se supone que no puedo echar a nadie más las culpas, se supone que me lo merezco... hoy ha llegado un colis con el destinatario a mi nombre. Se supone que he madurado, se supone que no debería haberlo abierto (y menos con los dientes en menos de cero coma), y se supone que cuando mientes mi cabeza me esconde lo bien y en serio que se lo toma. Además, sólo invierto un tiempo precioso (eso, en mi, tiene algo de gracioso) es hacer rimas sin sentido que ni riman ni tienen, eso... Pero no acabaré, nunca, algo que haya empezado. Ni aunque me lo plantee, mi subconsciente me la juega constantemente, rimas estúpidas que acuden en tropel al frente y rompen filas sin avisar. Se supone que hoy era un día feliz, se supone que me hiciste sentirme mejor y menos nerviosa (¿gracias?), y aunque no fuera gran cosa, to put mi head en your shoulder siempre es así como sentirme better. Se supone que las cartas reconfortantes reconfortan, las promesas cumplidas tienen algún tipo de valor significativo, las miradas furtivas destrozan lo emotivo, y el olvido olvida todo lo que escribo. Destrozo lo que escribo, destrozo lo que pienso, escribo lo que pienso y pienso lo que escribo. Soy mierda ergo lo que toco se torna más mierda. Se supone que soy un honor para ti. Se supone que no iba a comerme la cabeza hasta ver todo perdido, acuerdo que perdió fuerza al momento y que había cambiado por “hasta que me muera o muera este rayo de resquicio de grieta en el tejado”.
– Yo te quiero, tu me quieres, nosotros nos queremos...
Mi cara seguía siendo la misma
– Vamos, vamos, ¿no vas a decir nada?
Pedí la cuenta con sigilo, agradeciendo siempre la complicidad infalible de los camareros de esos ruinosos bares de esas ruinosas calles.
– Tu capacidad de atención es como la de un cocker spaniel.
– No creí que hiciera falta decir nada. Por favor, he visto centenares de tíos saliendo del Hard Luck café con mejor pinta que tus poemas.
No me sentía demasiado orgullosa; escribir era un claro síntoma de su psicosis, de nuestra psicosis. No hay chicas pelirrojas en mi vida, ni tres personas diferentes en el espejo, de las que se supone que una deberías ser tu. Lo he intentado pero no me has dejado dejarlo de lado, déjame decirte que dejas de ayudarme dejando de no intentar hacerlo; dejémonos de sandeces: tu ni sientes ni padeces. “Especularemos” a la luz del flexo con una copichuela de zumo de naranja, pero déjame esa hora libre al día que a veces ocupo con lo que la ocupo, por eso la necesito. Cuando lo evidente se haga presente, si no me pego un tiro en la frente, signo de que tan sólo soy una jodida demente, aunque relativamente decente (pero posiblemente lo tenga en mente) supongo que maduraré derrepente. Se supone que no tengo excusas, se supone que no puedo echar a nadie más las culpas, se supone que me lo merezco... hoy ha llegado un colis con el destinatario a mi nombre. Se supone que he madurado, se supone que no debería haberlo abierto (y menos con los dientes en menos de cero coma), y se supone que cuando mientes mi cabeza me esconde lo bien y en serio que se lo toma. Además, sólo invierto un tiempo precioso (eso, en mi, tiene algo de gracioso) es hacer rimas sin sentido que ni riman ni tienen, eso... Pero no acabaré, nunca, algo que haya empezado. Ni aunque me lo plantee, mi subconsciente me la juega constantemente, rimas estúpidas que acuden en tropel al frente y rompen filas sin avisar. Se supone que hoy era un día feliz, se supone que me hiciste sentirme mejor y menos nerviosa (¿gracias?), y aunque no fuera gran cosa, to put mi head en your shoulder siempre es así como sentirme better. Se supone que las cartas reconfortantes reconfortan, las promesas cumplidas tienen algún tipo de valor significativo, las miradas furtivas destrozan lo emotivo, y el olvido olvida todo lo que escribo. Destrozo lo que escribo, destrozo lo que pienso, escribo lo que pienso y pienso lo que escribo. Soy mierda ergo lo que toco se torna más mierda. Se supone que soy un honor para ti. Se supone que no iba a comerme la cabeza hasta ver todo perdido, acuerdo que perdió fuerza al momento y que había cambiado por “hasta que me muera o muera este rayo de resquicio de grieta en el tejado”.
Se
supone que esto debería dárseme bien. Pero, ¿cómo voy a dejar
ordenados mis párrafos si no tengo ni idea de en qué rincón habré
dejado mis ideas esta vez? Oh, loneliness.