miércoles, 1 de febrero de 2012

House of the rising sun

Una voz ronca, volaba alrededor de su guitarra, en frente de la casa roja. Una mirada, y el volumen de su voz subió. Otra mirada, y el ruido del resto del mundo bajó.
- Que solos estamos, ¿verdad? ¿Qué va a ser de nosotros?
A quién le hablaba era irrelevante, ¿hablaría conmigo? Nada en el poco contexto que mis dioptrías entendían parecía opinar lo contrario, así que me puse cómoda, y me propuse sacar algo en claro de todo aquello.
- Hay quien se lo merece -siguió aquel hombre, y vi que le brillaron los ojos al descubrir que, si, iba a escuchar con atención.- Ten, joven, toma asiento.
Me senté con descuido a su lado, y paladeé la dulce batalla entre su triste olor a vida y su cansado olor a muerte. El cielo parecía un poco muerto también. Su último aliento, manchado de una sangre roja que fluía a través de las montañas, nos abrazaba con su alentadora promesa de un mañana; para algunos, para siempre, para casi todos. Para nadie.
El hombre volvió a mirar, para asegurarse de que seguía ahí. Esbozó una sonrisa como las de antes al ver reflejado en la humedad de mis ojos un último y fugaz rallo de sol bañado en niebla, asintió con la cabeza, y empezó a hablar, con una embelesadora voz, cansada pero vibrante, como contenta, como emocionada, como si hiciera mucho, muchísimo tiempo que no mantenía una conversación interesante.
-Yo no nací aquí, ¿sabes? Aunque adoro esto. Nací en una tierra de fleuves y castillos, en las extensas praderas rojizas y las luces de las grandes ciudades, en una mezcla de belleza y rudeza, también bella a su manera. En la más ostentosa vida y la más humilde muerte. En el acogedor calor de una casa, con una familia, una chimenea, y hasta un jardín, con su huerto, con sus gallinas y con su plantación de marihuana. Las cosas nunca han sido fáciles, antes era levantarse por la mañana temprano para coger el desayuno en la panadería, o salir corriendo por la noche a por unos tronquitos para el fuego, y volver con ellos a rastras, con prisa. Después, fue tener la fuerza suficiente para levantarme cada mañana y no saltar por la ventana. Ahora, me limito a sentarme en este frío bordillo, y entrar en casa cuando el viento me susurre que es hora de poner los suaves vinilos de mi padre y dormir, para mañana poder volver a ver amanecer desde detrás de los árboles, que se extienden hasta el infinito. Y esperar que así siga siendo, durante mucho tiempo.
- Si tanto te gustaba aquello, ¿por qué viniste?
- Ah... sabes, muchas veces no se hace lo que se quiere. Ni de muy lejos. Y, bien, eso fue una imposición, así como una terrible errata. Esa decisión, en la que no tuve voz ni voto, destrozó mi vida y las de todos a mi alrededor. Mi casa fue una locura toda mi infancia, y, aunque me marché en cuanto pude, ya era demasiado tarde. Mi padre nunca volvió, y mi madre nunca volvió a ser la misma. Diría que echo de menos los años en los que todo era apacible, pero es que casi no los recuerdo ya. En los que se podía reír y cantar por la casa sin que nadie lo impidiera, en los que éramos normales, o, por lo menos, éramos felices. Y estábamos juntos.
- Sé como se siente. Tampoco yo tuve nunca una normalidad estándar.
Permanecimos así un rato, en silencio, hablando de vez en cuando. Parpadeaba, y cada vez que volvía a abrir los ojos, una estrella nueva se había sentado a mirar a aquellas almas en pena que nunca deberían haberse encontrado, y reían, divertidas, ante el extraño dúo que formábamos. En algún momento, cuando el frío amenazaba con ponerse a hablar con nosotros de sus turbias experiencias, me invitó a entrar. No sé cuánto tiempo estuvimos mirando chispear a las llamas, engullendo con sus lenguas de fuego y su saliva de humo a los que un día tuvieron savia y vida.
Prometimos volver a encontrarnos por casualidad.
- ¿Sabes?, hay quien dice que estoy loco. Pero eso no puede ser. Los locos no duermen, y yo duermo mucho.

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