- Que solos estamos, ¿verdad? ¿Qué va a ser
de nosotros?
A quién le hablaba era irrelevante, ¿hablaría
conmigo? Nada en el poco contexto que mis dioptrías entendían
parecía opinar lo contrario, así que me puse cómoda, y me propuse
sacar algo en claro de todo aquello.
- Hay quien se lo merece -siguió aquel hombre,
y vi que le brillaron los ojos al descubrir que, si, iba a escuchar
con atención.- Ten, joven, toma asiento.
Me senté con descuido a su lado, y paladeé la
dulce batalla entre su triste olor a vida y su cansado olor a muerte.
El cielo parecía un poco muerto también. Su último aliento,
manchado de una sangre roja que fluía a través de las montañas, nos
abrazaba con su alentadora promesa de un mañana; para algunos, para
siempre, para casi todos. Para nadie.
El hombre volvió a mirar, para asegurarse de
que seguía ahí. Esbozó una sonrisa como las de antes al ver
reflejado en la humedad de mis ojos un último y fugaz rallo de sol
bañado en niebla, asintió con la cabeza, y empezó a hablar, con
una embelesadora voz, cansada pero vibrante, como contenta, como
emocionada, como si hiciera mucho, muchísimo tiempo que no mantenía
una conversación interesante.
-Yo no nací aquí, ¿sabes? Aunque adoro esto.
Nací en una tierra de fleuves y castillos, en las extensas praderas
rojizas y las luces de las grandes ciudades, en una mezcla de
belleza y rudeza, también bella a su manera. En la más ostentosa
vida y la más humilde muerte. En el acogedor calor de una casa, con
una familia, una chimenea, y hasta un jardín, con su huerto, con
sus gallinas y con su plantación de marihuana. Las cosas nunca han
sido fáciles, antes era levantarse por la mañana temprano para
coger el desayuno en la panadería, o salir corriendo por la noche a
por unos tronquitos para el fuego, y volver con ellos a rastras, con
prisa. Después, fue tener la fuerza suficiente para levantarme cada
mañana y no saltar por la ventana. Ahora, me limito a sentarme en
este frío bordillo, y entrar en casa cuando el viento me susurre
que es hora de poner los suaves vinilos de mi padre y dormir, para
mañana poder volver a ver amanecer desde detrás de los árboles,
que se extienden hasta el infinito. Y esperar que así siga siendo,
durante mucho tiempo.
- Si tanto te gustaba aquello, ¿por qué
viniste?
- Ah... sabes, muchas veces no se hace lo que se
quiere. Ni de muy lejos. Y, bien, eso fue una imposición, así como
una terrible errata. Esa decisión, en la que no tuve voz ni voto,
destrozó mi vida y las de todos a mi alrededor. Mi casa fue una
locura toda mi infancia, y, aunque me marché en cuanto pude, ya era
demasiado tarde. Mi padre nunca volvió, y mi madre nunca volvió a
ser la misma. Diría que echo de menos los años en los que todo era
apacible, pero es que casi no los recuerdo ya. En los que se podía reír y cantar por la casa sin que
nadie lo impidiera, en los que éramos normales, o, por lo menos,
éramos felices. Y estábamos juntos.
- Sé como se siente. Tampoco yo tuve nunca una
normalidad estándar.
Permanecimos así un rato, en silencio,
hablando de vez en cuando. Parpadeaba, y cada vez que volvía a
abrir los ojos, una estrella nueva se había sentado a mirar a
aquellas almas en pena que nunca deberían haberse encontrado, y
reían, divertidas, ante el extraño dúo que formábamos. En algún
momento, cuando el frío amenazaba con ponerse a hablar con nosotros
de sus turbias experiencias, me invitó a entrar. No sé cuánto
tiempo estuvimos mirando chispear a las llamas, engullendo con sus
lenguas de fuego y su saliva de humo a los que un día tuvieron
savia y vida.
Prometimos volver a encontrarnos por
casualidad.
- ¿Sabes?, hay quien dice que estoy loco. Pero
eso no puede ser. Los locos no duermen, y yo duermo mucho.
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