sábado, 18 de febrero de 2012

Monotonía justa, sin ambiente

¿Por qué me trajiste, padre,
a la ciudad?
¿Por qué me desenterraste
del mar?
Padre, tan hijo ahora; tan con las raíces al aire, sin una base sólida sobre la que crecer; tan crecido, tan menguante, tan menguando. Tan menguado.
Bajo un vivo sol de febrero, meditando en vano los orígenes de tan originales vanidades; vivo.
Un despertar a media noche, hora de fríos aquelarres y ardientes besos; un golpe contra la pared, tanteando los pilares en ruinas que podrían llevarme a la salida, ayer, pero que ahora yacen, con el sin saliendo por sus poros, sin el con, sin un brillo antaño pulido. Y otro. Y otro. Un repentino brillo fugaz al reflectir la luz surgida de una nada vacía y solemne con una ventana, con un turbio agujero a la altura de mis ojos. Los entorné, y, sin prisa, con pausa, esperé a que se acostumbraran o acostumbrasen a la luz, a la falta de la misma. Los extremos exteriores de mis párpados habían establecido una tregua con mi insomio, y, no abiertos ni cerrados, dejaron que las pupilas se dilataran o dilatasen a su antojo. Había alguien al otro lado, me miraba con extraño odio y desconcierto, creo que no sabía dónde se estaba metiendo, y de pronto soltó una carcajada. Fue como un estruendo, un relámpago caído no muy lejos de aquí, no muy lejos de nosotros. Ni siquiera estaba segura de que fuera producto de aquella, seguro, desgarrada garganta; de lo más hondo de aquella sombra que me escrutaba, sombría, como escrutan las sombras. Tanteé durante un momento el salir corriendo de aquel lugar, pero mi cuerpo estaba rígido.
- No te tengo miedo -le dije, entre susurros- ¡No te tengo miedo! -le grité. Una mueca que parecía recordar a una sonrisa se dibujó en su cara de mártir. Pero rígido como una piedra. Dudo que gozara de las antiguas manías de la Medusa, es sólo que siempre he sido un poco miedica. Intenté despertar a mi Cordura, la que solía compartir habitación con la Razón antes de que volviera a de donde nunca había venido, pero seguía dormida. No recuerdo cuando fue la última vez que la vi sonreír, “no sé si no estará muerta” pensé, sin recordar en que tiempo verbal estaba, y decidí comportarme como un verdadero hombre y salir corriendo. Pensé que la sombra me seguiría, con su tez que mostraba una vida de miserias y penurias, pero salió corriendo hacia el lado opuesto al mío. Oleadas de tranquilidad, extrañas, vinieron desde muy muy lejos, de un letargo rudo y frío, y me dejaron dormir, sola, tranquila. Supongo que nadie rompería aquel espejo esa noche, supongo que hemos todos aprendido una lección.
(Puedo escribir y no disimular, es la ventaja de irse haciendo viejo)

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