A lo mejor lo que quiero es poder demostrar que tengo el brillante poder de la autenticidad.
viernes, 25 de mayo de 2012
Morfo
A lo mejor lo que quiero es poder demostrar que tengo el brillante poder de la autenticidad.
jueves, 24 de mayo de 2012
Presentes ausencias
Si hasta las olas rompen menos fuerte desde que no gritan tu nombre.
Había una bonita casa blanca, con una bonita puerta roja, al cruzar la calle. El jardín se elevaba, con un encantador aire siniestro, sobre el tragaluz que subía del sótano, hasta engullir el pozo que se escondía al final de todo, tras los árboles.
Los pájaros que tanto tiempo llevaban anidados entre teja y teja también crecían libres.
La casa sigue allí; un poco más vieja, un poco menos blanca, un poco más salvaje. Los cambios que marcaron y marcan huella a su alrededor vagamente se ven reflejados en su fachada. A mi me faltas tu, pero eso nadie lo sabe.
No es lo mismo caminar por las viejas pero irreconocibles calles si no es de tu mano, y los pajaros son incapaces de entonar sus mas hermosos cantos si tu no los silbas. Ni las flores pueden siquiera oler a gusto si no estas tu para jugar a enseñarme sus nombres, a asociarlos con sus fragancias, colores y formas.
No es tan facil de llevar, las cosas se van acumulando y el tumor que lleva mi nombre se va ensanchando, ataque a ataque.
Microconclusiones
He vuelto al epicentro de mi adolescencia. A la presión que hacen en mi mandíbula los gritos a los que no dejo salir. Por ahora.
Escribir me calma, siempre lo ha hecho. En las peores épocas fue el potente analgésico al que, sin receta, me quede enganchada como una tonta. Ultimamente se limitaba a hacerme el enorme servicio de exteriorizar los tortuosos mazazos con los que mi subconsciente pretendía dejar inconsciente a mi conciencia. Pero el dolor ha vuelto, dejando cernirse sobre mi la poderosa sombra de mi realidad.
jueves, 10 de mayo de 2012
Sílbame
Seré yo la que memorice las arrugas de tu nariz al reír.
Y esa cicatriz en el labio.
Sabía que no aspiraba alto, lo que no sabía es que no sabía muy bien a lo que aspiraba en realidad.
Creía querer querer a cualquiera, pero no pudo cuando la ocasión se lo suplicó.
No quería hacer daño a nadie. Y, sin embargo, allí estaba. Asomada al abismo de la desesperación, casi colgando dentro de aquella espiral de remordimiento que parecía querer enterrarla en el fondo de aquella sinfondo bolsa para vómitos. Pero todo daba demasiada pena. Y cuando digo pena, digo asco.
Un humor cítrico, cítrico corrosivo, amenazaba con deshacer las ganas que le quedaban de arreglar las cosas, de mentir a destajo y sin miramientos, de intentar aflojar un poco la correa al sangrante dolor que paseaba por las calles de su tranquila libido. No, señores. El espectáculo no debe continuar. El espectáculo ha muerto.
No oía las preguntas, no quería oirlas, pero sabía que en todas las respuestas había una negativa escondida, ese Mr. Hide de las relaciones entre amigos que se complican por estupideces ajenas. Ajenas, la culpa nunca es de uno mismo.
Muerte, muerte y furia. Una furia viva que contenía a las tropas aliadas, al llanto embravecido que, cual neófito, llevaba una bolsa de hambredesuicidioygloria en la mochila, mochila paracaídas.
El abrir la boca, el separar los labios... no eran más que metáforas. Lo que de verdad hacía era sacar su daga, poco a poco, para finalmente asestar un torpe pero certero y último tajo en el centro de su corazón, corazón sin coraza ni escudo.
No, no seré yo.