He vuelto al epicentro de mi adolescencia. A la presión que hacen en mi mandíbula los gritos a los que no dejo salir. Por ahora.
Escribir me calma, siempre lo ha hecho. En las peores épocas fue el potente analgésico al que, sin receta, me quede enganchada como una tonta. Ultimamente se limitaba a hacerme el enorme servicio de exteriorizar los tortuosos mazazos con los que mi subconsciente pretendía dejar inconsciente a mi conciencia. Pero el dolor ha vuelto, dejando cernirse sobre mi la poderosa sombra de mi realidad.
jueves, 24 de mayo de 2012
Microconclusiones
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