Una sólida nube de
hormigón oscilaba entre un especial número de navidad que no ni hacía
mención a mi nombre y mancillaba todas mis buenas obras cargadas de buena fe y mejores intenciones. “Eres un fracaso”, pensé, agarrando fuerte
la revista y sacudiéndola. Pese a lo mucho que pudiera engañarme,
sabía que todo era mejor así. La retorcí y lancé sobre la mesa.
No sabía muy bien cual de mis estúpidos traumas podía ser el que
me creaba la obligación de torturarme seguidamente con caprichos
como este, pero el asumir que las cosas son así eran lo más que
podía ofrecerme. Alcé un poco la mirada para ver el tiempo que
hacía. Pensé en todos mis anhelos de infancia, de ayer, en que no
había llevado ninguno a cabo, y en cómo una cristalera no puede
llenar del todo el vacío emocional que dejan las frenadas ánsias de
buahrdías acristaladas, amuebladas con plantas, libros y sueños.
- Hora de irse.
Emití un chasquido, apoyé
las manos sobre las rodillas y me incorporé. Tenía la moral
demasiado llena de roña y el alma algo enfadada conmigo, pero cogí
las llaves del cuenco de la entrada y me decidí a salir al mundo.
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