Sentado me hayo, ante un millón de
verbos alocados que amenazan con saltar desde ninguna parte,
impidiéndoles el paso. Nunca conseguí callarlos a todos, sentarme bien en clase, escribir nada publicable. Nadie acalló las voces de mi
cabeza con un gesto de muñeca, y calada tras calada todo se volvía
más confuso. Las miradas, los frenesíes, las camas deshechas. Nada.
Ningún sentimiento lograba alzar la voz sobre el estallido de
murmullos perpetuo, lo que sucumbió mi mente en la apatía más fría
de todas las apatías. El genérico de los escritores, las palabras
puras sin cortar y nadando en un mar de revolcones insatisfechos. Ni
la orden ni la ley detuvieron fechorías nocturnas; ni la moral ni la
ética pidieron al sol que dejase de salir. Todo iba más lento que
la justicia, nada brillaba bajo una espesa capa de brillo fatuo
ardiendo en la hoguera de la locura. Ni siquiera subrayar servía de
algo si le intercalabas las injurias que volvían en sueños para no
dejarnos dormir.
Sonreímos mientras pudimos, escapamos
a donde quisimos, y ahora nuestras palabras arden trazando barreras
infranqueables entre las miradas. Costumbres poco frecuentadas.
Descubrimos que no se podía hablar con
una persona sin sentir el calor de su aliento ni el olor de sus
retinas, descubrimos que se nos acabaría el tiempo antes de dominar
una mísera parte de todas las sensaciones que habíamos dado por
dominadas tiempo atrás. Culminamos nuestras carreras sin empezar
siquiera a intentar fundirnos con ellas. Y ahora ya da igual.
Recuerdo cómo éramos felices tratando
con todas nuestras fuerzas de ser felices. Largas carreras por las
aceras de una gran ciudad, de una grandeza ínfima. Ínfima. Recuerdo
el día que descubrí que no somos nada.
Todas mis alegorías simulaban,
pretenciosas, ser el inicio de una gran novela. La gran novela nunca
llegó, mientras los últimos alientos de nuestros líderes sonreían
con un “te lo dije”. Todos los escalofríos fueron en vano. Las
convulsiones combustionaron al instante de terminar, el tragar saliva
era innecesario y las conversaciones vacías no entraron por la
puerta de la memoria. “Hay veces que es mejor no decir nada”,
decían, ilusos, aquellos que nunca han sufrido el repetir metáforas
y volver a sentir el mismo estruendo. Sí, todas las nadas pueden ser
escritas aunque vosotros no seáis conscientes de ello, ignorantes.
Lo que más debería preocupar a las personas son los no nada. Los no
nada marcaron generaciones enteras, los no nada fueron el inicio de
la gran revolución terminada en tragedia. Las rutinas, los
parpadeos, el cigarrito de antes y el de después. Tienes que ser
consciente de que tú no eres tú, y nunca lo serás, le pongas el
empeño que le pongas. Tienes que ser consciente del fin de una gran
era, un susurro en la historia y una represión constante. Nunca nos
dijeron qué camino tomar, gritándonoslo a cada momento, imponiendo
una fricción de almas imposible. Y aquí hemos terminado, apuntando
unas últimas divagaciones de una mente demasiado inconexa frente al
brillar de un pasado mejorando lo presente. Una inconclusa historia,
otra inconclusa historia que sumar a todas las inconclusas historias. Sin sueños ni
espectativas que cumplir, sin un nombre por el que llorar o perder la
cabeza. Sólo otro nombre más en una infinita lista de decepciones
que tocan a su fin, sin haber podido sentir el suave roce de un
inicio. Siendo polvo, pólvora, conscientes de que nuestro nombre
morirá con nuestro nombre, sin artículos ni demostrativos que
amorticen su caída.
Lo peor no es que no haya nada, lo peor
es que sí la hay. Una nada que lo abarca todo, una nada indefinible
e inconcebible por vosotros a miles de niveles que no os molestaréis en tratar de imaginar siquiera.
Nos pusimos metas por el mero placer de
desilusionarnos a nosotros mismos y así, quizás, sentir algo.