sábado, 24 de noviembre de 2012

Breakable

Yo mismo no sería una fuente fiable hablando sobre mí mismo.
Sentado me hayo, ante un millón de verbos alocados que amenazan con saltar desde ninguna parte, impidiéndoles el paso. Nunca conseguí callarlos a todos, sentarme bien en clase, escribir nada publicable. Nadie acalló las voces de mi cabeza con un gesto de muñeca, y calada tras calada todo se volvía más confuso. Las miradas, los frenesíes, las camas deshechas. Nada. Ningún sentimiento lograba alzar la voz sobre el estallido de murmullos perpetuo, lo que sucumbió mi mente en la apatía más fría de todas las apatías. El genérico de los escritores, las palabras puras sin cortar y nadando en un mar de revolcones insatisfechos. Ni la orden ni la ley detuvieron fechorías nocturnas; ni la moral ni la ética pidieron al sol que dejase de salir. Todo iba más lento que la justicia, nada brillaba bajo una espesa capa de brillo fatuo ardiendo en la hoguera de la locura. Ni siquiera subrayar servía de algo si le intercalabas las injurias que volvían en sueños para no dejarnos dormir.
Sonreímos mientras pudimos, escapamos a donde quisimos, y ahora nuestras palabras arden trazando barreras infranqueables entre las miradas. Costumbres poco frecuentadas.
Descubrimos que no se podía hablar con una persona sin sentir el calor de su aliento ni el olor de sus retinas, descubrimos que se nos acabaría el tiempo antes de dominar una mísera parte de todas las sensaciones que habíamos dado por dominadas tiempo atrás. Culminamos nuestras carreras sin empezar siquiera a intentar fundirnos con ellas. Y ahora ya da igual.
Recuerdo cómo éramos felices tratando con todas nuestras fuerzas de ser felices. Largas carreras por las aceras de una gran ciudad, de una grandeza ínfima. Ínfima. Recuerdo el día que descubrí que no somos nada.

Todas mis alegorías simulaban, pretenciosas, ser el inicio de una gran novela. La gran novela nunca llegó, mientras los últimos alientos de nuestros líderes sonreían con un “te lo dije”. Todos los escalofríos fueron en vano. Las convulsiones combustionaron al instante de terminar, el tragar saliva era innecesario y las conversaciones vacías no entraron por la puerta de la memoria. “Hay veces que es mejor no decir nada”, decían, ilusos, aquellos que nunca han sufrido el repetir metáforas y volver a sentir el mismo estruendo. Sí, todas las nadas pueden ser escritas aunque vosotros no seáis conscientes de ello, ignorantes. Lo que más debería preocupar a las personas son los no nada. Los no nada marcaron generaciones enteras, los no nada fueron el inicio de la gran revolución terminada en tragedia. Las rutinas, los parpadeos, el cigarrito de antes y el de después. Tienes que ser consciente de que tú no eres tú, y nunca lo serás, le pongas el empeño que le pongas. Tienes que ser consciente del fin de una gran era, un susurro en la historia y una represión constante. Nunca nos dijeron qué camino tomar, gritándonoslo a cada momento, imponiendo una fricción de almas imposible. Y aquí hemos terminado, apuntando unas últimas divagaciones de una mente demasiado inconexa frente al brillar de un pasado mejorando lo presente. Una inconclusa historia, otra inconclusa historia que sumar a todas las inconclusas historias. Sin sueños ni espectativas que cumplir, sin un nombre por el que llorar o perder la cabeza. Sólo otro nombre más en una infinita lista de decepciones que tocan a su fin, sin haber podido sentir el suave roce de un inicio. Siendo polvo, pólvora, conscientes de que nuestro nombre morirá con nuestro nombre, sin artículos ni demostrativos que amorticen su caída.


Lo peor no es que no haya nada, lo peor es que sí la hay. Una nada que lo abarca todo, una nada indefinible e inconcebible por vosotros a miles de niveles que no os molestaréis en tratar de imaginar siquiera.
Nos pusimos metas por el mero placer de desilusionarnos a nosotros mismos y así, quizás, sentir algo.

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