domingo, 7 de julio de 2013

Lightning rod

No he parado de vivir un solo momento, y no podía llegar a casa y no escribir algo. Mientras miraba el sol bajar despacio hasta su escondite no detenía el avance de esa sonrisa inconsciente, triste, como de relato nuevo.
Me he ido sintiendo como en casa por el mundo adelante, necesito escapar de aquí antes de que esto me consuma, necesito bajar hacia el sol y vivir otras vidas, que otra gente me enseñe sus mundos, muy despacio.
Me vuelvo a casa con penita, con picaduras y moratones, con cosquillas y un alto conocimiento en malabares. Vuelvo con mil historias y con el olor de mil ciudades. Todo intenso, todo como irreal.

Parece que alguien intenta apagar esta llama, que todo lo bellísimo e increíble de la vida se expone en un mostrador de cristal infranqueable, irrompible. Aunque pueda parecer una metáfora ostentosa yo me lanzo contra él, riendo.
No creo que nada pueda detenernos nunca si seguimos nuestro propio camino, si hacemos lo que queremos y sabemos que lo que queremos es lo mejor, lo más apropiado para nosotros. Es lo que queremos. Nadie puede decirnos que está mal, todas las bocas alimentan la vida y el ruido, pero no todas pueden vivirnos con la misma fuerza. Todos tenemos el mismo derecho a decir y escuchar lo que queramos, a hacer lo que queramos, a querer a quien queramos querer. Nuestros fallos son  la estantería que organiza nuestros aciertos, mientras mil experiencias y sensaciones diferentes bailan y ríen alrededor de ella, compartiendo extrañas historias y queriéndose bien, profundo, en silencio.

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