No dejábamos de tener dieciséis años,
quince tal vez, dieciocho si alguien preguntaba. No dejábamos de
bailar aunque los tacones nos abrieran llagas. No dejamos que nos
afectara lo que nos dijeran, siempre con una falsísima y pintada
sonrisa en los labios. Seguíamos disfrutando con largas caladas de
Pink Floyd o Depeche Mode cuando nadie miraba, fuimos adictos al café
y nos propusimos dejar de fumar cientos de veces. Hundiéndonos un
poco más en la miseria tras cada carcajada.
Arrepentirse es de maduros.
Sólo cuando eres consciente puedes
sentir remordimientos, y, creeme, si ya eres consciente, es que te
has perdido la parte más importante de la vida. La locura es inocua.
No debes tener miedo.
Arrepentirse no es para mí.
Siempre buscando el sentirlo todo, cada
rozadura que te levanta la piel, cada puñalada que te asestan sus
besos, cada gota de lluvia deslizándose por tus mejillas. Vivir
siempre elevado al máximo exponente, teniendo siempre un hilo de
donde tirar y mil anécdotas que contar.
Y nosotros brillamos más que tú.
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