domingo, 23 de septiembre de 2012

Burning in the skies

Miré el periódico, y una vez más pensé en lo retórico y suciamente hipócrita de la situación. Cada objeto, paralelo a cada letra de mis columnas, combinaban en perfecta armonía. La vida era preciosa, y quería morir.

- Mira, Jack. ¡Mírate, especie de despojo! Duermes bajo un puente, y usas de manta tus propias publicaciones. ¡Tus libros están alimentando la jodida hoguera, Jack!
Y aquel pobre hombre reía, dejando salir a relucir una desdentada sonrisa, una especie de mueca medio en ruinas, preciosamente extraña. Se le tersaba la piel del cuello al reír, y, a ambos lados de las comisuras de sus labios, las arrugas formadas me recordaron al pasaje en el que Moisés abre las aguas para ayudar a su pueblo a huir. Daba un toque de mesías a su rostro, me recordó a las putas monjas de mi infancia, a todas las horas bailando solo en el internado, a la libertad. Su risa era libertad, y su libertad me llamaba. Y fui libre con el.

Había pasado mi vida buscando el salvar a los demás, escribiendo sin parar retahílas de cosas aleatorias, todas sin sentido aparente pero con mil significados ocultos, con millones de razones por las que huir de cada esquina en la que me liaba un canuto pensando en no volver jamás. Toda la vida bajo el enorme y embriagador puente de las ciudades madres que me sacaban de la cama cada mañana, que eran mi cama, mi cuna, mi despertador y mi cepillo de dientes. Pensé en lo demasiado afortunados que éramos. No teníamos para comer, pero podíamos robar. La droga se nos acababa, pero nos quedaban las viejas historias y la armónica de aquel tipo, el de los poemas de Morrison. La esperanza marchitaba, pero permanecía así, mustia, como una canción en reproducción automática. Siempre con los mismos sentimientos y acordes, siempre llorando en paz.
Aquel jueves tenía una entrevista de trabajo. Había conseguido un traje, tiempo atrás, pero no supe qué pensar. El traje empezó a ser comunitario hará como unos tres meses, cuando a ese pobre hombre lo echaron de la sucursal en la que curraba y su mujer decidió empezar a ser feliz. Fue increíble. Quiero decir, ¿después de tantos años, cómo puede seguir teniendo alguien fuerzas para intentarlo siquiera? Yo no lo habría hecho. Y el pobre tipo se vino con lo puesto, con lo puesto y un traje envuelto en una bolsa plástica. No es que quisiera aprovecharme de el, siempre fue legal conmigo y nunca causó problemas. Pero le arrancaría ese traje de sus manos inertes si mi ánsia llegara en el momento oportuno.

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