Hoy me he visto preciosa en el espejo del ascensor. Supongo que las dioptrías han ganado esa ancestral lucha contra la percepción de la realidad. Y lo digo como dato, no porque me moleste.
¿Hay, acaso, algo más hermoso que los paseos matutinos, descalza, con el sol en toda la cara y en contacto con el gélido frío, bañado en carreras y piedras?
Pasar por el portal en el que algún hombre apresurado olvidó parte de su perfume, y dejar que tus sentidos naden en los resquicios de lo que debió ser una rápida carrera contra el hoy.
Cada día a la misma hora, cada día menos triste, cada día más cansada. Cada día se presenta igual y más alentador que el anterior, menos esperanzador, más deprimente. Pero cada día me levanta de la cama con un sol que entra a borbotones en mi habitación, como un "Yes, to dance, beneath the diamond sky, with one hand waving free" que te estremece el alma, como ese violín que te hace bailar por la calle, un lunes cuando ya vas por tu tercera cerveza. Cada día estás más viejo y más podrido, sube el iva y bajan mis posibilidades de saber qué mierdas hacer con mi vida. Pero, una vez más, la jornada se presenta encantadoramente condenada al fracaso más absoluto.
Sé que es irrealizable, pero, pese a que sigo sin saber cómo enfocarlo, esta noche el verte sería el máximo apogeo de mis vacaciones. O no. El verte siempre es lo máximo. Compartir infinitos y errados diálogos de películas, compartir canciones bajo la penetrante mirada del mar, compartir cómodas sonrisas incómodas, cosquillas, y sobre todo mucha saliva contigo.
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