domingo, 27 de febrero de 2011

Junio.

Era un sol muy de mañana. Estaba como bajo, o, bueno, no sé. Tampoco podía adivinar mucho con la luz que pasaba por el resquicio de la persiana rota.
Tenía que levantarme, había muuucho que estudiar, pero... mi dolor de cabeza no me dejaba.
NO era un domingo como otro cualquiera. Es decir, la moral baja y la espalda doblada, como siempre, pero algo había cambiado.
Era el pensar que, por mucho que la persiana estuviera rota, o que las arañas del techo lucharan por la conquista de mi territorio, eso me gustaba. Aunque... eso no cambiaba nada. Acabaría, como todo, y tenía los días contados.
¡Mierda!

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