Si
alguien me hubiera hecho recordar algo de aquella mañana, le habría, como poco,
torcido la cara. ¿Qué culpa tendría yo de que todo fuera o fuese maravilloso?
No me regodeaba, qué va... hacía, entre otras cosas, un precioso sol de medio
día, como de mediados de Octubre pese a estar
finales de noviembre. Al fin y al cabo, ¿a quién le importa noviembre?
Octubre es un mes magnífico. Era un templado sol que me recordaba mis templados
ánimos, a la temperatura perfecta, como nunca. Tibias conversaciones post
examinales, tibias mentes que rara vez piensan pero que piensan más de lo que
hablan, y hablan mucho. Tibias mentes de ardiente sangre e hirviente sentido
del humor, justo lo que me hacía falta y cuando me hacía falta. Me siento bien,
me siento bien conmigo misma. ¿Qué coño?, ¡ahora mismo me sentiría bien hasta
el el lugar más inhóspito con la persona más estúpida! El hecho de que tus
frustraciones personales se vean resueltas es un gran mérito, para alguien de
mi calaña y mi turbia cabeza tibia. Qué tibio día, tibio examen, atibiados
nervios con algún atisbo de indicio de muerte, pero casi nada. La felicidad, o
algo así, entra por un oído y te sale por el otro, pero purifica a su paso y
seduce a las malas ideas para bailar todos juntos al compás de esta melodía
salvaje que es el universo dando vueltas, los árboles cerciendo y la gente
muriendo. Bailemos juntos de la mano con las brillantes sinalefas que nos
acompañan; la música es poesía, y la poesía somos nosotros.
jueves, 24 de noviembre de 2011
Caminatas
Mi cuerpo vibraba frenético, caminaba demasiado deprisa, como para
olvidar lo que había olvidado, como la chaqueta o que no debería haber salido
de casa esta mañana. "¡Qué chorrada," decía mi elocuencia "como
tantas otras, como todas las otras!" Y la verdad es que tenía razón. Creo
que papá me daba los buenos días, últimamente se levantaba temprano para
activar la telepatía wi-fi. Me enviaba calor desde alguna cama con barrotes,
con unas sábanas seguramente blancas, a juego con la funda de la almohada, y
con algún logo pintado en alguna parte. Ahora si que estaba helada, y me
refugié en mi misma, como tantas otras veces me habían dado la experiencia
suficiente para no morir congelada un jueves a las ocho de la mañana en plena y
desértica avenida. Un yo mudo pensaba, otro gritaba, y mi cordura dormitaba,
cansada tras una noche luchando sin resultados contra mi. Mi yo pesimista, el
que escribe casi siempre, lloraba en un rincón, y yo sólo pensaba en
concentrarme y recordar que, con sumo cuidado y algo de frecuencia, debo
intentar aspirar un poco del aire puro y fresco de la mañana, sentir como entra
y me purifica la tráquea hasta llegar a unos envenenados alvéolos, quienes lo acuchillaba con ayuda de la suciedad de un macabro corazón, para sólo dejar
salir vástagos sedientos de sangre con los cadáveres de sus antiguos
compañeros. Y así, una y otra vez hasta pudrir completamente el aire y a los
seres que vivimos aprovechándonos de el. El yo del otro lado del espejo seguía
reprochándome el no haber dormido, el no haberlo intentado siquiera. El resto
dormían, concentrando los vestigios del poco calor que mi cuerpo había sido
capaz de crear y almacenar cerrando herméticamente los agujeros de las mangas
por los que, se supone, pasan las muñecas y después las manos. Los mandé callar
a gritos, aún a sabiendas de que, ahí dentro, si hubiera habido una única
persona que careciese de voz y voto, esa era yo.
Tenía las sienes llenas de física y las muñecas poseídas por una extraña prosa que intentaba, sin éxito, escribirse sola en ese aire tan frío
como los besos. No, el estómago; el estómago lleno de física. Si bien sabía que
medio litro de café en ayunas, aparte de ser una pésima idea, sentaba fatal, no
lo pensé hasta justo aquel momento. Los vapores sulfurosos que amenazaban con
destrozarme por dentro deberían haber significado algo para mi, haber dolido al
menos. Algo, alguna señal de que estaba viva. Al ver cómo reaccionaba ante la
anestesia natural que es un buen cambio de temperatura en ese estado, me agaché
contra un matorral a ver si se iba, pero había decidido que se estaba a gusto y
que esa sensación nauseabunda me acompañaría toda la mañana. Me consolaba
pensar, al menos, que había sido meor idea que haberme quedado durmiendo. Eso
decía la cordura, aunque la locura discrepaba: ella sabe que no es así, que ese
día no debería haber salido de la cama. Los grandes cristales de un escaparate
me devolvieron una cara de miseria y agotamiento que lo respaldaba.
Amarguras
Me levanté y me vestí, tal vez demasiado deprisa, sin saber
todavía si los primeros zapatos que habían querido venir a caer a mis manos
harían o no juego con la primera camiseta que había amenazado con saltar de la
percha de mi deprimente pero pulcro armario segundos antes. Mi espejo me reñía
por haberme pasado la noche leyendo, leyendo aquel libro blindado contra
cualquier atisbo de dispersión del pensamiento. Era capaz de fulminar el menor
brote de mi que asomara, asustado, aquel
libro que nunca terminaría, al que sólo recurría en casos de extrema necesidad,
y este era uno de ellos. Me gustaba, me sumergía en su escritura impoluta, en
su no tan necia cordura adulta, palabras no tan usadas que esas que, si, tanto
me gustaban. En mi cabeza, ese estúpido estropeado frenético y errático reloj
que siempre giraba en sentido contrario al resto del mundo, podía percibir, si
me concentraba, el eco de una insulsa conversación que no lograba dictaminar
como inocua (nada lo era, en estos tiempos locos), que decía algo así como
"tu deberías haber nacido en los años cuarenta, o por ahí". Recuerdo,
después, mi cara marcada por la más honda consternación y mi más sincera
afirmación a la que precedía una frase de la que no me siento demasiado
satisfecha, que no recuerdo siquiera, que, aunque no con las mismas palabras,
venía a decir algo así como que, de darse tal caso, mis pensamientos, tanto
como mis modales, se remontarían al siglo anterior, y así sucesivamente. Luego
me diste la razón, Asr, y supongo que habrías dado mi caso por perdido si no lo
hubieras hecho hace ya... lustros.
Contra todo prognóstico, el espejo me miró con una especie de
mueca loca de lástima que me indicaba que me disculpaba por mi aspecto y que
podía ir en paz, o no, a donde quisiera (o más bien tuviera que) ir. Me dejaba
pasar los ojos rojos que habían pensado, y tal vez con incluso parte de razón,
que era buen momento para volver a abrir el sistema de riego, sin impermeables
ni nada. Los impermeables son para nenas. Ya nunca soy consciente cuando lloro,
o prácticamente nunca, sólo percibo el profundo dolor que te presiona el pecho
una vez has terminado, ese hueco lleno de rabia que deja la tristeza cuando se
marcha y sólo queda sitio para la desesperación. Pero me dejó ir. Me puse la
mochila en la espalda, las llaves en el bolsillo izquierdo, las hojas en las
que me había puesto a plasmar las incesantes chorradas incoherentes que, pese a
todo, no me dejarían ir, en el otro bolsillo, y tal vez algún rastro de la
alegría de vivir sabe Dios dónde perdido entre la comisura de tus labios y los
míos. En mis venas había más café, amargo, en sagre que propia sangre,
demasiado clara y escasa como para indicar, de alguna extraña manera, que ese
extraño "yo" formaba parte de alguna extraña mezcla de genes, que
encajaba en alguna extraña parte. El espejo de la entrada me miró con reproche
pero con cariño, y me lanzó un "adiós" entornando los ojos.
La alegoría de la farola
–
Tan
sólo pienso que estás loco, -dije, muy lentamente, como quien explica la teoría
atómica de Dalton a alguien con la cabeza llena de vocales unos colores brillantes,
pólvora- loco de remate. Tus teorías no se sostienen.
Le
miré con reproche, una vez más. En sus ojos el iris bailaba al son de la música
que me cedía la palabra.
–
Lo
ves todo desde una perspectiva maravillosa, eres un jodido adicto a un crack metafórico,
muy alucinógeno y de muy corto efecto. Todo eso te hunde más en la mierda cada
vez que vuelves a bajar. Sé que tengo que elaborar mejor mis metáforas, y
discúlpame, pero no deberías siquiera tratar de salir de ahí dentro.
–
Me
perdí por algún corredor.
–
¿De?
–
Tu
pozo, la prisión. Ayer por la noche. Sigo sin encontrar la celda con un número
que me convenga. Me haces soñar, eso es lo que me gusta de ti; -añadió, con una
mueca que no iba dedicada a mi, ni a el, ni a nadie, que indicaba simpemente
que no estaba allí del todo conmigo, sino en un mundo de melancolía y
añoranzas, su búsqueda de si mismo. La mueca que me indicaba que todo lo que
pudiéramos decir, hasta que él no volviera, carecería de relevancia. La mueca
que me animaba a animarle a que me animase el día con preciosas mentiras
adornadas con joyería barata y olor a libros viejos y a música nueva.- deliras.
Nunca entenderás por qué hago lo que hago, el hecho de que esté dispuesto a
invertir
–
Perder
-rectifiqué secamente.
–
Invertir
-sentenció, con una voz pausada que zanjaba el asunto, a su manera- mi tiempo
en ti. Para que recurdes la sensación de optimismo que hace ya mucho tiempo
olvidaste. Cuando aún eras aquella otra persona.
–
Crees
ver, intentas creer ver algo más en las personas.
No me
apetecía explicarme, no allí ni entonces, no otra vez más, no otro día por la
noche, no con ese frío ni con ningún otro calor. Fuera como fuese, allí estaba,
erguido todo lo que podía. Algo más de una cabeza y media era lo que separaba
sus ojos de los míos. Bueno, eso, y algo de dioptrías, una cantidad
inconmesurable por ambas partes. Y, sin embargo, allí estaban. Como dos
solitarias notas de azabache que destacaban sobre la inmensa partitura de su
piel de pergamino antiguo con sendos surcos que les hacían cuna, fijos en mi.
Míos. Ellos decían con una mirada todo lo que yo no había querido entender en
toda una vida. Las pupilas muy grandes, inversamente proporcionales a la
extraña luz que emanaba la única y pequeña farola que nos habíamos encontrado a
lo largo de esa interminable calle, con un indivisable pero seguramente
inhóspito final improvisado, que tal vez desembocara en las mismas puertas del
averno. "No importa," pensé cuando ese pensamiento cruzó fugaz mi
mente la primera vez, "le acompañaría hasta allí si la ocasión se
terciase". La farola, igual que nosotros, no se había movido de donde
estaba cuando nos la encontramos. Con su permiso nos recostamos en ella, y nos
proporcionó la luz que la oscuridad nos quitaba.
–
Tan
sólo digo lo que pienso -se defendió sin ánimo de defenderse.
–
Pero
ves algo que no existe. -reinó el silencio, y tras unos segundos rectifiqué- Crees
verlo. Ves virtudes donde solamente hay borrones y manchas con los ojos
tachados con cruces de tinta negra. Malas experiencias.
–
De
eso estamos hechos.
–
De
eso nada.
–
De
eso todo. No creo ver, intento ver, busco y suelo encontrar la diferencia;
normalmente lo consigo. Y creo que tú tienes ese algo especial. Te distingues
de los demás por esas cosas que sabes pensar cuando nadie más lo haría. Pero
siempre acabas desistiendo antes de llegar a culminar tu obra. ¿Cuántas novelas
no empezaste para luego abandonar a su suerte? Lo haces por tu falta de fe en
ti misma, pero eso es lo que te caracteriza, no deberías olvidarlo, tu te
caracterizas a ti misma, y eso es lo que te distingue de los demás, y no el
cómo seas por fuera.
–
Intentas
-mi voz sonaba ya algo exasperada, mi alma halagada y mis ojos muy, muy
cansados- confundirme. De nuevo. Con ese precioso palabrerío que haría creer al
Papa de Roma que soy la reencarnación de un mono feo y peludo. Claro que, es
bastante verosímil. Lo que pasa es que hay gente que está mejor preparada para
recibir tus halagos. -Mis ojos rogaban, eran pura súplica- No quiero que
vuelvas a decirme cosas bonitas nunca más. Me encantan y me dejo llevar, eso me
alegra, y así me hundo.
–
Sácale
partido. Aunque no me hagas caso.
Pero
me perdí. Cerré los ojos, no deseaba irme, sólo contener las lágrimas, aunque
mi mente ya volara lejos. Y se fue. Se esfumó. Se volatilizó en cuenstión de un
segundo, dejó una mancha apoyada en la farola, un aroma a buenas palabras con
un precioso olor que no olía a nada, y me pregunté que cómo podría ser mi
subconsciente tan brillante y tan perverso, que por qué mis ojos ardían de
nuevo, recordándome que no había nadie allí desde el principio, que estaba sola
otra vez, que seguía sola, y sola lloré todo el camino a casa.
"Quiérete," me susurró al oído la brisa fría que recorría mi espalda,
dejando atrás la falsa pero física sensación de calor que las engañadas frías
gotas de sudor de mi frente había tornado suyas. Volvió a mi la voz de mi
padre. "El dolor es psicológico. El frío es psicológico. Si puedes hacer
que no te duela, no dejes que los demás piensen que eres blando. Sé siempre
fuerte. Si eres fuerte no puedes tener miedo." O algo así.
martes, 22 de noviembre de 2011
A+++
No
me gusta que la gente ande por mi habitación, ya que guarda
inefables secretos inescrutables.
Por
otra parte, mis ojos siempre me han delatado. Ellos dicen “eh,
mirad, soy pequeña y miope, y no he dormido gran cosa esta noche,
pero voy a sonreír hasta que me duela”
Tengo
pasatiempos extraños, como reñirme en verso o tirar globos desde un
doceavo piso.
Tampoco
suelo caer en la mítica filosofía básica barata, esto requiere
otro de mis explicamientos de mi afamada teoría sobre los días
grises y aquello de “gente=mierda”, pero no me alabéis todavía
ni me sigáis el juego. Os sumiré en mi amargura, no creo que os
apetezca. Mi amor por la raza humana roza lo hilarantemente
misántropo, así que que os jodan a todos, pero con mucho cariño.
Sois gente maravillosa.
Me
cuento mi maravilloso día de hoy (“¿Qué tal, cariño?; Bien, mi
amor”) en pocas y feas palabras a la hora de dormir, Hermi pone
caras raras ante mi brillante escasez de terrícola cordura. Me he
tragado de vuelta mis celos con recelo entre cambios y cambios e
infinitos cambios de clase y estado mental, en quelques horas. No
comprendo cómo alguien puede estar celoso de mi, y menos teniendo
una ínfima relación con Palote, pero los misterios misterios son y
los desenmisteriadores con los cojones suficientes han dado mi caso
por perdido. “Tus ojos me han dicho que no has pegado, en fin...
eso” Porque la gente es avispada, y sólo Annie Wilkes se creería
que las avispadas avispas africanas te sumen en el letargo. Yo me lo
creo, me toca amputar miembros inútiles, como piernas o narices.
Cuando me levanté había una nota en la cocina dedicada a mi que
decía “tu si que vales y no Rajoy, un beso guapa” y un corazón.
Lástima que no la viera, me habría alegrado la mañana, o al menos
parte de ella. Cuando cae la noche siempre tengo que sacar la caja de
costura a remendar tus palabras de la jornada. Se acaban cayendo
igual. Cenicienta era una belleza, menospreciada, yo soy
menospreciada a secas. ¡Y menos mal!
- Yo
eso no lo puedo hacer, al menos un poco más eres.
-Soy
un hobbit.
Silencio.
- Me
gusta ser un hobbit.
- Coño,
si tu eres un hobbit, entonces ¿yo qué soy?
-El
padre hobbit.
-Un
gnomo.
Desternillante.
Siempre me ha dado lástima Diógenes. Lo ponen verde, sólo por
restar importancia a las cosas materiales. El fue el verdadero padre
del comunismo. Coño, el y Lennin se lo deben estar pasando como
cabrones en el cielo de las ideas y los ideales, quien, por
desgracia, roza el overbooking. Todos están cayendo, en estos
tiempos locos que corren; espero que se vayan cumpliendo poquito a
poquito. Antes, con los pocos que expresaban sus ideas ardía en
deseos la marabunta de cumplir esos sueños. Ahora, por mucha
marabunta que sea, los pocos que importan a los ojos de la sociedad
están comiendo el culo a los que les pagan los balnearios y el
servicio de habitaciones. Vergüenza debería de darles, aunque así
no sea. De todas formas, aquí habéis vuelto a la edad media,
prácticamente. Como siempre, España está por detrás y cuando unos
avanzan de siglo vosotros os hundís más en el anterior. Yo lo
siento, pero reniego de todo lo que me ata aquí, de todo lo malo,
que no es poco pero me sirve. Aquí os dejo con vuestra gran cagada,
aprovechadla. Seguro que es buena para el cutis
Y
tras esta diatriba pueril que no viene a cuento, en la que
seguramente haya dicho diletantes burradas irremediables, he de
aclarar, amor mío, que no hace falta ser un romántico para ver que
más allá de los cuatros y medios en historia hay un mundo de
belleza y dulzura que puede ser tuya por el módico precio de una
sonrisa de vez en cuando, en la que no necesitarás tus tristes “has”
ni la palabra cabrón/a/es/as. Podría echarte una mano si quieres a
ser igual de malo que yo en todo lo que quieras. Pero sonríe, que
para bitters es better que me quede con todas las plazas. Además,
traigo noticias recién salidas de la boca de algún chiflado
caliente. No me engañas, sé que te encantan...
domingo, 20 de noviembre de 2011
Copiones y tramposos
Máximo exponente de la afasia, lo que te cuento es tan pueril e inefable como cualquier cuento de Disney, es, la solución a una vida ávida de miserias ajenas. Sonríes sin programarlo, y olvidas una posterior suturación. Las cosas importantes, aunque nimias, son importantes. Yo soy nimia, una hobbita, pero importante como para romper una silla con sólo sentarme encima.
Todos muertos. Te mueres y te olvidan, eres el "era el mejor" por un espeso período de tiempo, y luego: nada. No constas en ecuaciones ni en ninguna contraportada, no tienes siquiera una sola aportación a un triste periódico dominical, no hay cruentas leyendas, no fuiste siquiera inocuo; no fuiste nada. No eres nada. Ubi sunt?
La proeza no está en garantizar la certeza, sino en levantar el que más la cabeza y que todos duden hasta de dónde sacas el dinero para cerveza. Tramposos sin escrúpulos capaces de medir la media inmedible con dos puntos por encima de la honrada prole que sin derechos ni virtudes optó por salir por el camino de las manos limpias con las manos y la conciencia limpias.
Leibniz vivía en el mejor de los mundos posibles, de eso no cabe duda; pasó a la posteridad por un montón de relativas pamplinas que poco nos solucionan hoy día. Vivía en su mundo, en el mejor mundo que pudo crearse, y desde allí fingía, fingía como tantos otros. La verdad absoluta no es aquella que trata de imponerse y el lo sabía bien. No es de optimismo de lo que hablamos. Tampoco de realidad, y yace ya tiempo que he vuelto a referirme a grandes pensadores de este siglo como podemos ser tu o yo, o cualquiera que tenga ojos de que en cada momento miles de preguntas sin respuesta y respuestas sin pregunta puedan cobrar vida propia y emerger de las cenizas de la autodestrucción que venían en una caja en forma de corazón que custodia su primera colección, de balas, salidas del cajón, y se pregunta "¿cómo es que no he matado a nadie todavía, si ya he perdido la razón?". De la misma manera que cuando hacemos algo vergonzoso tratamos de ocultarnos entre las sombras, gritamos "yo no he sido" para que todos puedan oírlo, bien fuerte, por evidente que sea. Las apariencias no engañan ni dejan de engañar. Las apariencias son apariencias, ellas no tienen culpa de nada, nosotros las manipulamos a nuestro antojo y no siempre a nuestra imagen y semejanza; compendiemos la razón de este compendio y comprenderemos algo más de lo que a priori creemos comprender.
Todos muertos. Te mueres y te olvidan, eres el "era el mejor" por un espeso período de tiempo, y luego: nada. No constas en ecuaciones ni en ninguna contraportada, no tienes siquiera una sola aportación a un triste periódico dominical, no hay cruentas leyendas, no fuiste siquiera inocuo; no fuiste nada. No eres nada. Ubi sunt?
La proeza no está en garantizar la certeza, sino en levantar el que más la cabeza y que todos duden hasta de dónde sacas el dinero para cerveza. Tramposos sin escrúpulos capaces de medir la media inmedible con dos puntos por encima de la honrada prole que sin derechos ni virtudes optó por salir por el camino de las manos limpias con las manos y la conciencia limpias.
Leibniz vivía en el mejor de los mundos posibles, de eso no cabe duda; pasó a la posteridad por un montón de relativas pamplinas que poco nos solucionan hoy día. Vivía en su mundo, en el mejor mundo que pudo crearse, y desde allí fingía, fingía como tantos otros. La verdad absoluta no es aquella que trata de imponerse y el lo sabía bien. No es de optimismo de lo que hablamos. Tampoco de realidad, y yace ya tiempo que he vuelto a referirme a grandes pensadores de este siglo como podemos ser tu o yo, o cualquiera que tenga ojos de que en cada momento miles de preguntas sin respuesta y respuestas sin pregunta puedan cobrar vida propia y emerger de las cenizas de la autodestrucción que venían en una caja en forma de corazón que custodia su primera colección, de balas, salidas del cajón, y se pregunta "¿cómo es que no he matado a nadie todavía, si ya he perdido la razón?". De la misma manera que cuando hacemos algo vergonzoso tratamos de ocultarnos entre las sombras, gritamos "yo no he sido" para que todos puedan oírlo, bien fuerte, por evidente que sea. Las apariencias no engañan ni dejan de engañar. Las apariencias son apariencias, ellas no tienen culpa de nada, nosotros las manipulamos a nuestro antojo y no siempre a nuestra imagen y semejanza; compendiemos la razón de este compendio y comprenderemos algo más de lo que a priori creemos comprender.
sábado, 19 de noviembre de 2011
Escribo, ergo estoy y vivo
Veo
ponerse el sol al final de la calle, patético y bucólico pero el
símil perfecto, inalcanzable pero físico. Debe ser algo así como
lo que se siente al ver la luz al final de túnel, pero sin nadie
esperando. Ahora, abran paso a los remordimientos. “Si te hubieras
puesto en modo catarsis on hace cuatro segundos, no sufrirías la
diarrea mental (u otros miles de símiles cruentos) que te ronda
ahora. Calles desiertas y oscuras que te engullen, eres ínfima
comparada con todo, pero enorme comparada con nada.
Pero
no sirve de nada. Segundo acto: Los nuevos propósitos dejan claro su
“¡ha de la fortaleza infranqueable!” Esta vez la mierda es
perfecta.
Yo
me sumo a tu epifanía del hedonismo “escribes, bebes, fumas...”y
tu, a cambio, puedes sonreírme cuando y cuanto quieras.
Una
diatriba sin sentido y repleta de incongruencias y anacronismos sobre
lo malo que es todo, que acabará, mal (o bien) que me pese con una
apología a tu persona, un panegírico, tu oda, mi mejor encomio del
que no conocerás ni larva. Yo aspiro mucho más bajo, y tengo
ochenta páginas para explayarme por el número olvidado, cincuenta
céntimos y un café. Es mi capricho. Espero que al menos me ayude a
madurar y me alague, me ponga en marcha la catarsis automática.
Un
poco como lo que haces tu.
Porque,
para mí, sólo quedan las calles vacías. No estoy tan mal, estoy
soit-disons a gusto, pero me subyuga la soledad y el que no one me
sonría en cuatro mil kilómetros a la redonda. Seamos realistas: los
cuadernos caros no ayudan a escribir. Pero hacen buen juego con mis
burdas palabras necias y mis baratas elucubraciones miopes. Mentir
siempre ha sido muy más que bueno. A mi. Yo pensaba que papá se iba
a casa de algún amigo, que lo de mamá era inocua efusividad
desmesurada, y que al menos nos quedaba dinero para resistir un
invierno más. Los otoños siempre he sabido llevarlos mejor. Las
lágrimas que caen al compás del viento y las hojas que se enmarañan
y terminan bailando todas juntas tienen esa faceta bucólica a los
ojos de quien lleva toda su vida disfrutando las luces del ocaso y el
serán que me ayudó a salir del agujero, más concretamente de la
cama cada mañana, y animó a mi yo real (no al que escribe) a
seguir.
“No
es tan malo” “Tiene sus cosas buenas” “¡Pero si es un puto
troll...!” Pero las heridas se curan, no siempre solas, pero es
imposible recordar ciertas cosas pasado cierto tiempo. O no. Quedarán
cicatrices, pero dejan de doler. Al menos llega el momento en que
sólo las recuerdas cuando las miras, y basta con algo de Coltrane
para quedarse dormido, o al menos trasnochar bien, sin dolor
(relativamente). Pero hasta debajo de las más dolorosas heridas
marcadas a fuego, acaba saliendo esa piel rosácea y frágil que te
incitará siempre a volver a volver a empezar.
Es
la tendencia a negar la evidencia; se acabó, el que me odie, que se
arme de paciencia. Impotencia ante la impotencia de un compañero de
clase, impotencia al verte delante, e impotencia al coger una sonrisa
de esas que me regalas, y guardarla, no poder hacer algo para que mis
labios, que también quieren de esa experiencia mística puedan
agarrarse a los tuyos y así evitar el abismo terrenal.
Ya
que, si los ángeles tienen alas, los demonios tienen torpedos en el
culo.
Intenta
no creer en nada, no hacerte ilusiones, y disfrutar algo de aquí a
que te deprimas como en tantas anteriores ocasiones.
Tan
sólo, pienso continuar queriendo, aunque no luchando, por ti y por
tus delirios, tus locuras, tu tan alta forma de ver el mundo y tu...
no sé qué forma de verme a mí. Parece mentira lo extraño que es
mi yo por dentro, mi forma de perdonar, mi cambio de ideas y
sentimientos, y eso de que con una mísera muestra de afecto yo me
esté slowly turning into you. Por fin me siento a gusto, no sólo
soy mera espectadora de este circo, como ya había comentado a Hermi
anteriormente, si no que ¡formo parte de la función!
Necesito
hacer algo digno de ser recordado.
Pero,
sea lo que sea, las calles se vacían a mi paso y en las cabezas
resuenan ecos de cosas no hechas, palabras no dichas.
La
desdicha, se representa, mediante risas tras lustros matando tu
libertad con miedo,
y
tu miedo con miedo,aprenderé que no se consigue todo lo que se
desea. Y no poco lo quiero.
Y
en mi mente desciende de la lluvia la manzana prohibida , como me han
visto la cara creo que es caramelizada. Siempre
fueron muy listas estas Hespérides.
Hierba
recién mirada y miradas recién suturadas, risas y carcajadas,
gracias a horcajadas.
Sentada
en un frío banco en la fría noche te siento, por mi espalda, en
forma de estallido bruto, de esputo, sabor a lágrimas y luto.
Aspira
a algo en la vida, ¿quieres? O, al menos... yo he sabido compartirlo
contigo. Pero tu no sientes ni padeces.
Tucentrismos
a un lado, no puedo acabar como siempre lo hago, diciéndote adiós
tras otro trago.
No
sé ni lo que hago. Noche sin estrellas: un signo claro.
La
aurora Boreal que se funde con la sal de un mar helado. ¿Sabes?, el
final es para todos igual. ¿Es normal si veo verdes y rojos claros?
Reparables estragos.
Por
villa Deprimida diviso un barranco, ya no pienso lo de antes, car ya
no soy blanco de pueriles frustraciones errantes, pedantes,
hirientes, rogantes de atención.
Pienso
en volar y no en saltar, ahora, escribir sin musa me revienta, y mi
meta nueva es principal, esta el viento no se la lleva, dormida o
despierta, me encuentro a mi misma llorando o riendo y me sorprendo,
es la alegría de vivir con pizcas de realidad, pero el saber cerrada
una etapa no me desconcierta, me pone bien contenta, pese a que no me
salga esa prosa polvorienta, en mi cabeza reina el lírico por
excelencia. ¡Esto de la sonrisa sin motivo es una experiencia! Un
gran invento, y aunque me siga repugnando mi simple reflejo, ¡no
necesitaré un espejo a cada segundo, tras cada esquina de cada
mundo! Y pienso “todo está como debería haber sido” Ahora lo
único que pido es que mi prosa vuelva conmigo, y que sepas que si tu
sigues... yo sigo.
"No
sabía que el secreto de la felicidad estuviera en canalizar la
ansiedad, en dejarse llevar, en escribir hasta... sentir doler las
manos y... que se te caigan y tener que llevarlas colgando en una
bolsa. Ahora solo pienso en dejar atrás. Sigue lo malo presente pero
quiero que no sea evidente e irme contigo de la mano y, no sé, tal
vez tirarnos por u puente. Sería flagrante, pero antes, reconocerte
que la felicidad es algo extraño y que no sé si de verdad lidio con
ella, pero sé que no me hace daño.
Ahora
sólo tengo que cambiar esto y aquello y pensar que he echo algo
bello y que tal vez debería ser recordado por ello, para alegrarme y
sentir el destello de tus ojos al mirarme y pensar que tal vez ven lo
que yo veo y yo siento, aunque sé que no es cierto. Pero, me
gustaría intentarlo y, no sé, el hacerlo no va a matarme pero,
podrá desilusionarme y sumirme en algo profundo y posiblemente con
un fondo negro y lleno de cocodrilos o lagartos. Pero, cuando llega
el punto que estás harto, pues, intentas que las cosas funcionen y
sonreír a la vida porque te va a dar más ganas de emociones y todo
vale más la pena que eso, y, no sé. Sé que moriría por un beso.
Pero, bueno, tengo que dejar de pensar y... y centrarme en, por
ejemplo, mi peso, tal vez.. Pero se me hace espeso, y se me junta, y
luego pues, alguien viene, y lo unta y... y me siento preso.
Y
sentir la voz sobre la nuca, la risa de la gente que... que antes por
mofa y ahora por algo que nunca había sentido antes que es empatizar
simplemente, hacer reír, o, bueno, un poco, pero, llena de alegría
y, como si cada día fuera una nueva meta porque intentaré llevarlo
con soltura y con la cabeza alta, y repleta de ilusiones que, antes
no contaban tanto, pero tengo una caja llena de ello, si me sigues te
lo enseño, y espero que tus próximas horas no tengan dueño.
Será
como un mal sueño...
Juntar
algunas frases y ponerles dueño, nombre y dueño, y si pierdo el
boli pues guardarlas en el ya por fin desfruncido ceño, porque, la
miopía, tal como la estupidez, ni se crea ni se destruye porque
viene todo hacia mi, con fluidez, y con pedantería porque sé que me
falta. Hay quien ríe, hay quien llora, y hay quien espera la hora de
salir corriendo. Y hay quien está aquí sufriendo. Parásito social,
emocional, que no sirve para gran cosa pero, bueno, me hace
reflexionar y deliberar que lo mejor no sería quedarse en el cuarto
sueño o tirarse por un barranco, sino afrontarlos y, y bueno...
seguir este letargo.
Este
letargo en el que me sumí hace ya tres años, y tras tanto tiempo
perdido pues, he decidido que... que ya basta de malgastarlo, que lo
mejor es aprovecharlo y que aunque no vaya a salir, ni a tener amigos
siempre (o nunca, no sé como quedaría mejor usado en esta frase,
aunque las dos son ciertas) no tendré esas emociones y posiblemente
moriré virgen con 70 años pero sé que siempre habrá una época en
la que recuerde tiempos mejores y espero que este sea uno de ellos.
¿Y
ahora, puedo abrazarte? ¿Hay alguien mirando? No sé qué me pasa,
me siento como... delirando en un mundo paralelo y no sé si vuelo o
ando, o... aún siento algo de recelo pero es lo que me queda y lo
que me toca, y, bueno, nunca es tarde cuando la dicha es poca, o algo
así. Creo que te encuentras mejor porque sonríes y lo llevas bien,
pero, puede que no sepas que yo te sería fiel, y yo sólo... te
querría a ti... aunque no siempre sea correspondido yo me decido y
pienso que el lo más oportuno, pero tú no... no sé, no creo
siquiera estar a la altura pero espero algún día poder, creo que,
en tres años, malo será, aunque creo que sólo me queda este y de
este no es mucho lo que queda, no más que seis meses, tal vez siete.
No sé si, sé que no sientes pero creo que sería maravilloso,
verte, y sentirte, y tenerte, y poderte querer y poderque rerte y
poderte transmitir esto que... es tan fuerte. Y tan irreal. Porque
estoy como... es... es una extraña... No pienso en lo malo, e
intento eliminarlo... Y es raro, porque es como de cuento, pero,
bueno, lo increíble no está en lo que hago, está en lo que cuento,
y tu deberías saber interpretarlo y tal vez noquear ese sentimiento
para que no pueda seguir haciéndome daño aunque ni sientas ni
padezcas y todo esto te resulte un poco extraño pero yo sólo quería
compartir tal vez este año porque siento que se está yendo tan
rápido, y... no tiene nombre, porque …"
Lírico-prosaicas
pamplinas que, veo, se van evaporando a cada hora que pasa, elevando.
No quiero que lo que creo, largrarme de casa, se materialice
demasiado ahora. ¡Pero tampoco quiero ser el reo que sienta vibrar
la última milla cuando llegue después de la hora! No quiero seguir
pensando que la vida es tan efímera que a veces duele, sientes como
si te la arrancaran a jirones de tu ser, y lo que fue ya no vuelve,
lo que tuvo cabida en la imaginación se esfumó sin realizarse...
Vamos, eso de que he perdido los tres últimos años de mi vida que
me acarrearán el noventa por ciento de los problemas que me esperan
en el futuro, aquellos por los que cada noche me tiraré por cada
ventana de cada ojo que me vea, que yo vea, atravesando las pupilas y
llevándome parte de un iris diferente cada noche. Este lo siento
correr demasiado deprisa.
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