jueves, 24 de noviembre de 2011

Símiles eufóricos


Si alguien me hubiera hecho recordar algo de aquella mañana, le habría, como poco, torcido la cara. ¿Qué culpa tendría yo de que todo fuera o fuese maravilloso? No me regodeaba, qué va... hacía, entre otras cosas, un precioso sol de medio día, como de mediados de Octubre pese a estar  finales de noviembre. Al fin y al cabo, ¿a quién le importa noviembre? Octubre es un mes magnífico. Era un templado sol que me recordaba mis templados ánimos, a la temperatura perfecta, como nunca. Tibias conversaciones post examinales, tibias mentes que rara vez piensan pero que piensan más de lo que hablan, y hablan mucho. Tibias mentes de ardiente sangre e hirviente sentido del humor, justo lo que me hacía falta y cuando me hacía falta. Me siento bien, me siento bien conmigo misma. ¿Qué coño?, ¡ahora mismo me sentiría bien hasta el el lugar más inhóspito con la persona más estúpida! El hecho de que tus frustraciones personales se vean resueltas es un gran mérito, para alguien de mi calaña y mi turbia cabeza tibia. Qué tibio día, tibio examen, atibiados nervios con algún atisbo de indicio de muerte, pero casi nada. La felicidad, o algo así, entra por un oído y te sale por el otro, pero purifica a su paso y seduce a las malas ideas para bailar todos juntos al compás de esta melodía salvaje que es el universo dando vueltas, los árboles cerciendo y la gente muriendo. Bailemos juntos de la mano con las brillantes sinalefas que nos acompañan; la música es poesía, y la poesía somos nosotros.

Caminatas

Mi cuerpo vibraba frenético, caminaba demasiado deprisa, como para olvidar lo que había olvidado, como la chaqueta o que no debería haber salido de casa esta mañana. "¡Qué chorrada," decía mi elocuencia "como tantas otras, como todas las otras!" Y la verdad es que tenía razón. Creo que papá me daba los buenos días, últimamente se levantaba temprano para activar la telepatía wi-fi. Me enviaba calor desde alguna cama con barrotes, con unas sábanas seguramente blancas, a juego con la funda de la almohada, y con algún logo pintado en alguna parte. Ahora si que estaba helada, y me refugié en mi misma, como tantas otras veces me habían dado la experiencia suficiente para no morir congelada un jueves a las ocho de la mañana en plena y desértica avenida. Un yo mudo pensaba, otro gritaba, y mi cordura dormitaba, cansada tras una noche luchando sin resultados contra mi. Mi yo pesimista, el que escribe casi siempre, lloraba en un rincón, y yo sólo pensaba en concentrarme y recordar que, con sumo cuidado y algo de frecuencia, debo intentar aspirar un poco del aire puro y fresco de la mañana, sentir como entra y me purifica la tráquea hasta llegar a unos envenenados alvéolos, quienes lo acuchillaba con ayuda de la suciedad de un macabro corazón, para sólo dejar salir vástagos sedientos de sangre con los cadáveres de sus antiguos compañeros. Y así, una y otra vez hasta pudrir completamente el aire y a los seres que vivimos aprovechándonos de el. El yo del otro lado del espejo seguía reprochándome el no haber dormido, el no haberlo intentado siquiera. El resto dormían, concentrando los vestigios del poco calor que mi cuerpo había sido capaz de crear y almacenar cerrando herméticamente los agujeros de las mangas por los que, se supone, pasan las muñecas y después las manos. Los mandé callar a gritos, aún a sabiendas de que, ahí dentro, si hubiera habido una única persona que careciese de voz y voto, esa era yo.
Tenía las sienes llenas de física y las muñecas poseídas por una extraña prosa que intentaba, sin éxito, escribirse sola en ese aire tan frío como los besos. No, el estómago; el estómago lleno de física. Si bien sabía que medio litro de café en ayunas, aparte de ser una pésima idea, sentaba fatal, no lo pensé hasta justo aquel momento. Los vapores sulfurosos que amenazaban con destrozarme por dentro deberían haber significado algo para mi, haber dolido al menos. Algo, alguna señal de que estaba viva. Al ver cómo reaccionaba ante la anestesia natural que es un buen cambio de temperatura en ese estado, me agaché contra un matorral a ver si se iba, pero había decidido que se estaba a gusto y que esa sensación nauseabunda me acompañaría toda la mañana. Me consolaba pensar, al menos, que había sido meor idea que haberme quedado durmiendo. Eso decía la cordura, aunque la locura discrepaba: ella sabe que no es así, que ese día no debería haber salido de la cama. Los grandes cristales de un escaparate me devolvieron una cara de miseria y agotamiento que lo respaldaba.

Amarguras

Me levanté y me vestí, tal vez demasiado deprisa, sin saber todavía si los primeros zapatos que habían querido venir a caer a mis manos harían o no juego con la primera camiseta que había amenazado con saltar de la percha de mi deprimente pero pulcro armario segundos antes. Mi espejo me reñía por haberme pasado la noche leyendo, leyendo aquel libro blindado contra cualquier atisbo de dispersión del pensamiento. Era capaz de fulminar el menor brote de  mi que asomara, asustado, aquel libro que nunca terminaría, al que sólo recurría en casos de extrema necesidad, y este era uno de ellos. Me gustaba, me sumergía en su escritura impoluta, en su no tan necia cordura adulta, palabras no tan usadas que esas que, si, tanto me gustaban. En mi cabeza, ese estúpido estropeado frenético y errático reloj que siempre giraba en sentido contrario al resto del mundo, podía percibir, si me concentraba, el eco de una insulsa conversación que no lograba dictaminar como inocua (nada lo era, en estos tiempos locos), que decía algo así como "tu deberías haber nacido en los años cuarenta, o por ahí". Recuerdo, después, mi cara marcada por la más honda consternación y mi más sincera afirmación a la que precedía una frase de la que no me siento demasiado satisfecha, que no recuerdo siquiera, que, aunque no con las mismas palabras, venía a decir algo así como que, de darse tal caso, mis pensamientos, tanto como mis modales, se remontarían al siglo anterior, y así sucesivamente. Luego me diste la razón, Asr, y supongo que habrías dado mi caso por perdido si no lo hubieras hecho hace ya... lustros.
Contra todo prognóstico, el espejo me miró con una especie de mueca loca de lástima que me indicaba que me disculpaba por mi aspecto y que podía ir en paz, o no, a donde quisiera (o más bien tuviera que) ir. Me dejaba pasar los ojos rojos que habían pensado, y tal vez con incluso parte de razón, que era buen momento para volver a abrir el sistema de riego, sin impermeables ni nada. Los impermeables son para nenas. Ya nunca soy consciente cuando lloro, o prácticamente nunca, sólo percibo el profundo dolor que te presiona el pecho una vez has terminado, ese hueco lleno de rabia que deja la tristeza cuando se marcha y sólo queda sitio para la desesperación. Pero me dejó ir. Me puse la mochila en la espalda, las llaves en el bolsillo izquierdo, las hojas en las que me había puesto a plasmar las incesantes chorradas incoherentes que, pese a todo, no me dejarían ir, en el otro bolsillo, y tal vez algún rastro de la alegría de vivir sabe Dios dónde perdido entre la comisura de tus labios y los míos. En mis venas había más café, amargo, en sagre que propia sangre, demasiado clara y escasa como para indicar, de alguna extraña manera, que ese extraño "yo" formaba parte de alguna extraña mezcla de genes, que encajaba en alguna extraña parte. El espejo de la entrada me miró con reproche pero con cariño, y me lanzó un "adiós" entornando los ojos.

La alegoría de la farola

        Tan sólo pienso que estás loco, -dije, muy lentamente, como quien explica la teoría atómica de Dalton a alguien con la cabeza llena de vocales unos colores brillantes, pólvora- loco de remate. Tus teorías no se sostienen.
Le miré con reproche, una vez más. En sus ojos el iris bailaba al son de la música que me cedía la palabra.
        Lo ves todo desde una perspectiva maravillosa, eres un jodido adicto a un crack metafórico, muy alucinógeno y de muy corto efecto. Todo eso te hunde más en la mierda cada vez que vuelves a bajar. Sé que tengo que elaborar mejor mis metáforas, y discúlpame, pero no deberías siquiera tratar de salir de ahí dentro.
        Me perdí por algún corredor.
        ¿De?
        Tu pozo, la prisión. Ayer por la noche. Sigo sin encontrar la celda con un número que me convenga. Me haces soñar, eso es lo que me gusta de ti; -añadió, con una mueca que no iba dedicada a mi, ni a el, ni a nadie, que indicaba simpemente que no estaba allí del todo conmigo, sino en un mundo de melancolía y añoranzas, su búsqueda de si mismo. La mueca que me indicaba que todo lo que pudiéramos decir, hasta que él no volviera, carecería de relevancia. La mueca que me animaba a animarle a que me animase el día con preciosas mentiras adornadas con joyería barata y olor a libros viejos y a música nueva.- deliras. Nunca entenderás por qué hago lo que hago, el hecho de que esté dispuesto a invertir
        Perder -rectifiqué secamente.
        Invertir -sentenció, con una voz pausada que zanjaba el asunto, a su manera- mi tiempo en ti. Para que recurdes la sensación de optimismo que hace ya mucho tiempo olvidaste. Cuando aún eras aquella otra persona.
        Crees ver, intentas creer ver algo más en las personas.
No me apetecía explicarme, no allí ni entonces, no otra vez más, no otro día por la noche, no con ese frío ni con ningún otro calor. Fuera como fuese, allí estaba, erguido todo lo que podía. Algo más de una cabeza y media era lo que separaba sus ojos de los míos. Bueno, eso, y algo de dioptrías, una cantidad inconmesurable por ambas partes. Y, sin embargo, allí estaban. Como dos solitarias notas de azabache que destacaban sobre la inmensa partitura de su piel de pergamino antiguo con sendos surcos que les hacían cuna, fijos en mi. Míos. Ellos decían con una mirada todo lo que yo no había querido entender en toda una vida. Las pupilas muy grandes, inversamente proporcionales a la extraña luz que emanaba la única y pequeña farola que nos habíamos encontrado a lo largo de esa interminable calle, con un indivisable pero seguramente inhóspito final improvisado, que tal vez desembocara en las mismas puertas del averno. "No importa," pensé cuando ese pensamiento cruzó fugaz mi mente la primera vez, "le acompañaría hasta allí si la ocasión se terciase". La farola, igual que nosotros, no se había movido de donde estaba cuando nos la encontramos. Con su permiso nos recostamos en ella, y nos proporcionó la luz que la oscuridad nos quitaba.
        Tan sólo digo lo que pienso -se defendió sin ánimo de defenderse.
        Pero ves algo que no existe. -reinó el silencio, y tras unos segundos rectifiqué- Crees verlo. Ves virtudes donde solamente hay borrones y manchas con los ojos tachados con cruces de tinta negra. Malas experiencias.
        De eso estamos hechos.
        De eso nada.
        De eso todo. No creo ver, intento ver, busco y suelo encontrar la diferencia; normalmente lo consigo. Y creo que tú tienes ese algo especial. Te distingues de los demás por esas cosas que sabes pensar cuando nadie más lo haría. Pero siempre acabas desistiendo antes de llegar a culminar tu obra. ¿Cuántas novelas no empezaste para luego abandonar a su suerte? Lo haces por tu falta de fe en ti misma, pero eso es lo que te caracteriza, no deberías olvidarlo, tu te caracterizas a ti misma, y eso es lo que te distingue de los demás, y no el cómo seas por fuera.
        Intentas -mi voz sonaba ya algo exasperada, mi alma halagada y mis ojos muy, muy cansados- confundirme. De nuevo. Con ese precioso palabrerío que haría creer al Papa de Roma que soy la reencarnación de un mono feo y peludo. Claro que, es bastante verosímil. Lo que pasa es que hay gente que está mejor preparada para recibir tus halagos. -Mis ojos rogaban, eran pura súplica- No quiero que vuelvas a decirme cosas bonitas nunca más. Me encantan y me dejo llevar, eso me alegra, y así me hundo.
        Sácale partido. Aunque no me hagas caso.
Pero me perdí. Cerré los ojos, no deseaba irme, sólo contener las lágrimas, aunque mi mente ya volara lejos. Y se fue. Se esfumó. Se volatilizó en cuenstión de un segundo, dejó una mancha apoyada en la farola, un aroma a buenas palabras con un precioso olor que no olía a nada, y me pregunté que cómo podría ser mi subconsciente tan brillante y tan perverso, que por qué mis ojos ardían de nuevo, recordándome que no había nadie allí desde el principio, que estaba sola otra vez, que seguía sola, y sola lloré todo el camino a casa. "Quiérete," me susurró al oído la brisa fría que recorría mi espalda, dejando atrás la falsa pero física sensación de calor que las engañadas frías gotas de sudor de mi frente había tornado suyas. Volvió a mi la voz de mi padre. "El dolor es psicológico. El frío es psicológico. Si puedes hacer que no te duela, no dejes que los demás piensen que eres blando. Sé siempre fuerte. Si eres fuerte no puedes tener miedo." O algo así.

martes, 22 de noviembre de 2011

A+++



No me gusta que la gente ande por mi habitación, ya que guarda inefables secretos inescrutables.
Por otra parte, mis ojos siempre me han delatado. Ellos dicen “eh, mirad, soy pequeña y miope, y no he dormido gran cosa esta noche, pero voy a sonreír hasta que me duela”
Tengo pasatiempos extraños, como reñirme en verso o tirar globos desde un doceavo piso.
Tampoco suelo caer en la mítica filosofía básica barata, esto requiere otro de mis explicamientos de mi afamada teoría sobre los días grises y aquello de “gente=mierda”, pero no me alabéis todavía ni me sigáis el juego. Os sumiré en mi amargura, no creo que os apetezca. Mi amor por la raza humana roza lo hilarantemente misántropo, así que que os jodan a todos, pero con mucho cariño. Sois gente maravillosa.
Me cuento mi maravilloso día de hoy (“¿Qué tal, cariño?; Bien, mi amor”) en pocas y feas palabras a la hora de dormir, Hermi pone caras raras ante mi brillante escasez de terrícola cordura. Me he tragado de vuelta mis celos con recelo entre cambios y cambios e infinitos cambios de clase y estado mental, en quelques horas. No comprendo cómo alguien puede estar celoso de mi, y menos teniendo una ínfima relación con Palote, pero los misterios misterios son y los desenmisteriadores con los cojones suficientes han dado mi caso por perdido. “Tus ojos me han dicho que no has pegado, en fin... eso” Porque la gente es avispada, y sólo Annie Wilkes se creería que las avispadas avispas africanas te sumen en el letargo. Yo me lo creo, me toca amputar miembros inútiles, como piernas o narices. Cuando me levanté había una nota en la cocina dedicada a mi que decía “tu si que vales y no Rajoy, un beso guapa” y un corazón. Lástima que no la viera, me habría alegrado la mañana, o al menos parte de ella. Cuando cae la noche siempre tengo que sacar la caja de costura a remendar tus palabras de la jornada. Se acaban cayendo igual. Cenicienta era una belleza, menospreciada, yo soy menospreciada a secas. ¡Y menos mal!

- Yo eso no lo puedo hacer, al menos un poco más eres.
-Soy un hobbit.
Silencio.
- Me gusta ser un hobbit.
- Coño, si tu eres un hobbit, entonces ¿yo qué soy?
-El padre hobbit.
-Un gnomo.
Desternillante. Siempre me ha dado lástima Diógenes. Lo ponen verde, sólo por restar importancia a las cosas materiales. El fue el verdadero padre del comunismo. Coño, el y Lennin se lo deben estar pasando como cabrones en el cielo de las ideas y los ideales, quien, por desgracia, roza el overbooking. Todos están cayendo, en estos tiempos locos que corren; espero que se vayan cumpliendo poquito a poquito. Antes, con los pocos que expresaban sus ideas ardía en deseos la marabunta de cumplir esos sueños. Ahora, por mucha marabunta que sea, los pocos que importan a los ojos de la sociedad están comiendo el culo a los que les pagan los balnearios y el servicio de habitaciones. Vergüenza debería de darles, aunque así no sea. De todas formas, aquí habéis vuelto a la edad media, prácticamente. Como siempre, España está por detrás y cuando unos avanzan de siglo vosotros os hundís más en el anterior. Yo lo siento, pero reniego de todo lo que me ata aquí, de todo lo malo, que no es poco pero me sirve. Aquí os dejo con vuestra gran cagada, aprovechadla. Seguro que es buena para el cutis
Y tras esta diatriba pueril que no viene a cuento, en la que seguramente haya dicho diletantes burradas irremediables, he de aclarar, amor mío, que no hace falta ser un romántico para ver que más allá de los cuatros y medios en historia hay un mundo de belleza y dulzura que puede ser tuya por el módico precio de una sonrisa de vez en cuando, en la que no necesitarás tus tristes “has” ni la palabra cabrón/a/es/as. Podría echarte una mano si quieres a ser igual de malo que yo en todo lo que quieras. Pero sonríe, que para bitters es better que me quede con todas las plazas. Además, traigo noticias recién salidas de la boca de algún chiflado caliente. No me engañas, sé que te encantan...

domingo, 20 de noviembre de 2011

Copiones y tramposos

Máximo exponente de la afasia, lo que te cuento es tan pueril e inefable como cualquier cuento de Disney, es, la solución a una vida ávida de miserias ajenas. Sonríes sin programarlo, y olvidas una posterior suturación. Las cosas importantes, aunque nimias, son importantes. Yo soy nimia, una hobbita, pero importante como para romper una silla con sólo sentarme encima.
Todos muertos. Te mueres y te olvidan, eres el "era el mejor" por un espeso período de tiempo, y luego: nada. No constas en ecuaciones ni en ninguna contraportada, no tienes siquiera una sola aportación a un triste periódico dominical, no hay cruentas leyendas, no fuiste siquiera inocuo; no fuiste nada. No eres nada. Ubi sunt?
La proeza no está en garantizar la certeza, sino en levantar el que más la cabeza y que todos duden hasta de dónde sacas el dinero para cerveza. Tramposos sin escrúpulos capaces de medir la media inmedible con dos puntos por encima de la honrada prole que sin derechos ni virtudes optó por salir por el camino de las manos limpias con las manos y la conciencia limpias.
Leibniz vivía en el mejor de los mundos posibles, de eso no cabe duda; pasó a la posteridad por un montón de relativas pamplinas que poco nos solucionan hoy día. Vivía en su mundo, en el mejor mundo que pudo crearse, y desde allí fingía, fingía como tantos otros. La verdad absoluta no es aquella que trata de imponerse y el lo sabía bien. No es de optimismo de lo que hablamos. Tampoco de realidad, y yace ya tiempo que he vuelto a referirme a grandes pensadores de este siglo como podemos ser tu o yo, o cualquiera que tenga ojos de que en cada momento miles de preguntas sin respuesta y respuestas sin pregunta puedan cobrar vida propia y emerger de las cenizas de la autodestrucción que venían en una caja en forma de corazón que custodia su primera colección, de balas, salidas del cajón, y se pregunta "¿cómo es que no he matado a nadie todavía, si ya he perdido la razón?". De la misma manera que cuando hacemos algo vergonzoso tratamos de ocultarnos entre las sombras, gritamos "yo no he sido" para que todos puedan oírlo, bien fuerte, por evidente que sea. Las apariencias no engañan ni dejan de engañar. Las apariencias son apariencias, ellas no tienen culpa de nada, nosotros las manipulamos a nuestro antojo y no siempre a nuestra imagen y semejanza; compendiemos la razón de este compendio y comprenderemos algo más de lo que a priori creemos comprender.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Escribo, ergo estoy y vivo


Veo ponerse el sol al final de la calle, patético y bucólico pero el símil perfecto, inalcanzable pero físico. Debe ser algo así como lo que se siente al ver la luz al final de túnel, pero sin nadie esperando. Ahora, abran paso a los remordimientos. “Si te hubieras puesto en modo catarsis on hace cuatro segundos, no sufrirías la diarrea mental (u otros miles de símiles cruentos) que te ronda ahora. Calles desiertas y oscuras que te engullen, eres ínfima comparada con todo, pero enorme comparada con nada.
Pero no sirve de nada. Segundo acto: Los nuevos propósitos dejan claro su “¡ha de la fortaleza infranqueable!” Esta vez la mierda es perfecta.

Yo me sumo a tu epifanía del hedonismo “escribes, bebes, fumas...”y tu, a cambio, puedes sonreírme cuando y cuanto quieras.
Una diatriba sin sentido y repleta de incongruencias y anacronismos sobre lo malo que es todo, que acabará, mal (o bien) que me pese con una apología a tu persona, un panegírico, tu oda, mi mejor encomio del que no conocerás ni larva. Yo aspiro mucho más bajo, y tengo ochenta páginas para explayarme por el número olvidado, cincuenta céntimos y un café. Es mi capricho. Espero que al menos me ayude a madurar y me alague, me ponga en marcha la catarsis automática.
Un poco como lo que haces tu.

Porque, para mí, sólo quedan las calles vacías. No estoy tan mal, estoy soit-disons a gusto, pero me subyuga la soledad y el que no one me sonría en cuatro mil kilómetros a la redonda. Seamos realistas: los cuadernos caros no ayudan a escribir. Pero hacen buen juego con mis burdas palabras necias y mis baratas elucubraciones miopes. Mentir siempre ha sido muy más que bueno. A mi. Yo pensaba que papá se iba a casa de algún amigo, que lo de mamá era inocua efusividad desmesurada, y que al menos nos quedaba dinero para resistir un invierno más. Los otoños siempre he sabido llevarlos mejor. Las lágrimas que caen al compás del viento y las hojas que se enmarañan y terminan bailando todas juntas tienen esa faceta bucólica a los ojos de quien lleva toda su vida disfrutando las luces del ocaso y el serán que me ayudó a salir del agujero, más concretamente de la cama cada mañana, y animó a mi yo real (no al que escribe) a seguir.
“No es tan malo” “Tiene sus cosas buenas” “¡Pero si es un puto troll...!” Pero las heridas se curan, no siempre solas, pero es imposible recordar ciertas cosas pasado cierto tiempo. O no. Quedarán cicatrices, pero dejan de doler. Al menos llega el momento en que sólo las recuerdas cuando las miras, y basta con algo de Coltrane para quedarse dormido, o al menos trasnochar bien, sin dolor (relativamente). Pero hasta debajo de las más dolorosas heridas marcadas a fuego, acaba saliendo esa piel rosácea y frágil que te incitará siempre a volver a volver a empezar.

Es la tendencia a negar la evidencia; se acabó, el que me odie, que se arme de paciencia. Impotencia ante la impotencia de un compañero de clase, impotencia al verte delante, e impotencia al coger una sonrisa de esas que me regalas, y guardarla, no poder hacer algo para que mis labios, que también quieren de esa experiencia mística puedan agarrarse a los tuyos y así evitar el abismo terrenal.
Ya que, si los ángeles tienen alas, los demonios tienen torpedos en el culo.
Intenta no creer en nada, no hacerte ilusiones, y disfrutar algo de aquí a que te deprimas como en tantas anteriores ocasiones.

Tan sólo, pienso continuar queriendo, aunque no luchando, por ti y por tus delirios, tus locuras, tu tan alta forma de ver el mundo y tu... no sé qué forma de verme a mí. Parece mentira lo extraño que es mi yo por dentro, mi forma de perdonar, mi cambio de ideas y sentimientos, y eso de que con una mísera muestra de afecto yo me esté slowly turning into you. Por fin me siento a gusto, no sólo soy mera espectadora de este circo, como ya había comentado a Hermi anteriormente, si no que ¡formo parte de la función!

Necesito hacer algo digno de ser recordado.
Pero, sea lo que sea, las calles se vacían a mi paso y en las cabezas resuenan ecos de cosas no hechas, palabras no dichas.
La desdicha, se representa, mediante risas tras lustros matando tu libertad con miedo,
y tu miedo con miedo,aprenderé que no se consigue todo lo que se desea. Y no poco lo quiero.
Y en mi mente desciende de la lluvia la manzana prohibida , como me han visto la cara creo que es caramelizada. Siempre fueron muy listas estas Hespérides.
Hierba recién mirada y miradas recién suturadas, risas y carcajadas, gracias a horcajadas.
Sentada en un frío banco en la fría noche te siento, por mi espalda, en forma de estallido bruto, de esputo, sabor a lágrimas y luto.
Aspira a algo en la vida, ¿quieres? O, al menos... yo he sabido compartirlo contigo. Pero tu no sientes ni padeces.
Tucentrismos a un lado, no puedo acabar como siempre lo hago, diciéndote adiós tras otro trago.

No sé ni lo que hago. Noche sin estrellas: un signo claro.
La aurora Boreal que se funde con la sal de un mar helado. ¿Sabes?, el final es para todos igual. ¿Es normal si veo verdes y rojos claros? Reparables estragos.
Por villa Deprimida diviso un barranco, ya no pienso lo de antes, car ya no soy blanco de pueriles frustraciones errantes, pedantes, hirientes, rogantes de atención.
Pienso en volar y no en saltar, ahora, escribir sin musa me revienta, y mi meta nueva es principal, esta el viento no se la lleva, dormida o despierta, me encuentro a mi misma llorando o riendo y me sorprendo, es la alegría de vivir con pizcas de realidad, pero el saber cerrada una etapa no me desconcierta, me pone bien contenta, pese a que no me salga esa prosa polvorienta, en mi cabeza reina el lírico por excelencia. ¡Esto de la sonrisa sin motivo es una experiencia! Un gran invento, y aunque me siga repugnando mi simple reflejo, ¡no necesitaré un espejo a cada segundo, tras cada esquina de cada mundo! Y pienso “todo está como debería haber sido” Ahora lo único que pido es que mi prosa vuelva conmigo, y que sepas que si tu sigues... yo sigo.


 "No sabía que el secreto de la felicidad estuviera en canalizar la ansiedad, en dejarse llevar, en escribir hasta... sentir doler las manos y... que se te caigan y tener que llevarlas colgando en una bolsa. Ahora solo pienso en dejar atrás. Sigue lo malo presente pero quiero que no sea evidente e irme contigo de la mano y, no sé, tal vez tirarnos por u puente. Sería flagrante, pero antes, reconocerte que la felicidad es algo extraño y que no sé si de verdad lidio con ella, pero sé que no me hace daño.

Ahora sólo tengo que cambiar esto y aquello y pensar que he echo algo bello y que tal vez debería ser recordado por ello, para alegrarme y sentir el destello de tus ojos al mirarme y pensar que tal vez ven lo que yo veo y yo siento, aunque sé que no es cierto. Pero, me gustaría intentarlo y, no sé, el hacerlo no va a matarme pero, podrá desilusionarme y sumirme en algo profundo y posiblemente con un fondo negro y lleno de cocodrilos o lagartos. Pero, cuando llega el punto que estás harto, pues, intentas que las cosas funcionen y sonreír a la vida porque te va a dar más ganas de emociones y todo vale más la pena que eso, y, no sé. Sé que moriría por un beso. Pero, bueno, tengo que dejar de pensar y... y centrarme en, por ejemplo, mi peso, tal vez.. Pero se me hace espeso, y se me junta, y luego pues, alguien viene, y lo unta y... y me siento preso.

Y sentir la voz sobre la nuca, la risa de la gente que... que antes por mofa y ahora por algo que nunca había sentido antes que es empatizar simplemente, hacer reír, o, bueno, un poco, pero, llena de alegría y, como si cada día fuera una nueva meta porque intentaré llevarlo con soltura y con la cabeza alta, y repleta de ilusiones que, antes no contaban tanto, pero tengo una caja llena de ello, si me sigues te lo enseño, y espero que tus próximas horas no tengan dueño.
Será como un mal sueño...
Juntar algunas frases y ponerles dueño, nombre y dueño, y si pierdo el boli pues guardarlas en el ya por fin desfruncido ceño, porque, la miopía, tal como la estupidez, ni se crea ni se destruye porque viene todo hacia mi, con fluidez, y con pedantería porque sé que me falta. Hay quien ríe, hay quien llora, y hay quien espera la hora de salir corriendo. Y hay quien está aquí sufriendo. Parásito social, emocional, que no sirve para gran cosa pero, bueno, me hace reflexionar y deliberar que lo mejor no sería quedarse en el cuarto sueño o tirarse por un barranco, sino afrontarlos y, y bueno... seguir este letargo.
Este letargo en el que me sumí hace ya tres años, y tras tanto tiempo perdido pues, he decidido que... que ya basta de malgastarlo, que lo mejor es aprovecharlo y que aunque no vaya a salir, ni a tener amigos siempre (o nunca, no sé como quedaría mejor usado en esta frase, aunque las dos son ciertas) no tendré esas emociones y posiblemente moriré virgen con 70 años pero sé que siempre habrá una época en la que recuerde tiempos mejores y espero que este sea uno de ellos.

¿Y ahora, puedo abrazarte? ¿Hay alguien mirando? No sé qué me pasa, me siento como... delirando en un mundo paralelo y no sé si vuelo o ando, o... aún siento algo de recelo pero es lo que me queda y lo que me toca, y, bueno, nunca es tarde cuando la dicha es poca, o algo así. Creo que te encuentras mejor porque sonríes y lo llevas bien, pero, puede que no sepas que yo te sería fiel, y yo sólo... te querría a ti... aunque no siempre sea correspondido yo me decido y pienso que el lo más oportuno, pero tú no... no sé, no creo siquiera estar a la altura pero espero algún día poder, creo que, en tres años, malo será, aunque creo que sólo me queda este y de este no es mucho lo que queda, no más que seis meses, tal vez siete. No sé si, sé que no sientes pero creo que sería maravilloso, verte, y sentirte, y tenerte, y poderte querer y poderque rerte y poderte transmitir esto que... es tan fuerte. Y tan irreal. Porque estoy como... es... es una extraña... No pienso en lo malo, e intento eliminarlo... Y es raro, porque es como de cuento, pero, bueno, lo increíble no está en lo que hago, está en lo que cuento, y tu deberías saber interpretarlo y tal vez noquear ese sentimiento para que no pueda seguir haciéndome daño aunque ni sientas ni padezcas y todo esto te resulte un poco extraño pero yo sólo quería compartir tal vez este año porque siento que se está yendo tan rápido, y... no tiene nombre, porque …"

Lírico-prosaicas pamplinas que, veo, se van evaporando a cada hora que pasa, elevando. No quiero que lo que creo, largrarme de casa, se materialice demasiado ahora. ¡Pero tampoco quiero ser el reo que sienta vibrar la última milla cuando llegue después de la hora! No quiero seguir pensando que la vida es tan efímera que a veces duele, sientes como si te la arrancaran a jirones de tu ser, y lo que fue ya no vuelve, lo que tuvo cabida en la imaginación se esfumó sin realizarse... Vamos, eso de que he perdido los tres últimos años de mi vida que me acarrearán el noventa por ciento de los problemas que me esperan en el futuro, aquellos por los que cada noche me tiraré por cada ventana de cada ojo que me vea, que yo vea, atravesando las pupilas y llevándome parte de un iris diferente cada noche. Este lo siento correr demasiado deprisa.