Si
alguien me hubiera hecho recordar algo de aquella mañana, le habría, como poco,
torcido la cara. ¿Qué culpa tendría yo de que todo fuera o fuese maravilloso?
No me regodeaba, qué va... hacía, entre otras cosas, un precioso sol de medio
día, como de mediados de Octubre pese a estar
finales de noviembre. Al fin y al cabo, ¿a quién le importa noviembre?
Octubre es un mes magnífico. Era un templado sol que me recordaba mis templados
ánimos, a la temperatura perfecta, como nunca. Tibias conversaciones post
examinales, tibias mentes que rara vez piensan pero que piensan más de lo que
hablan, y hablan mucho. Tibias mentes de ardiente sangre e hirviente sentido
del humor, justo lo que me hacía falta y cuando me hacía falta. Me siento bien,
me siento bien conmigo misma. ¿Qué coño?, ¡ahora mismo me sentiría bien hasta
el el lugar más inhóspito con la persona más estúpida! El hecho de que tus
frustraciones personales se vean resueltas es un gran mérito, para alguien de
mi calaña y mi turbia cabeza tibia. Qué tibio día, tibio examen, atibiados
nervios con algún atisbo de indicio de muerte, pero casi nada. La felicidad, o
algo así, entra por un oído y te sale por el otro, pero purifica a su paso y
seduce a las malas ideas para bailar todos juntos al compás de esta melodía
salvaje que es el universo dando vueltas, los árboles cerciendo y la gente
muriendo. Bailemos juntos de la mano con las brillantes sinalefas que nos
acompañan; la música es poesía, y la poesía somos nosotros.
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