jueves, 24 de noviembre de 2011

Caminatas

Mi cuerpo vibraba frenético, caminaba demasiado deprisa, como para olvidar lo que había olvidado, como la chaqueta o que no debería haber salido de casa esta mañana. "¡Qué chorrada," decía mi elocuencia "como tantas otras, como todas las otras!" Y la verdad es que tenía razón. Creo que papá me daba los buenos días, últimamente se levantaba temprano para activar la telepatía wi-fi. Me enviaba calor desde alguna cama con barrotes, con unas sábanas seguramente blancas, a juego con la funda de la almohada, y con algún logo pintado en alguna parte. Ahora si que estaba helada, y me refugié en mi misma, como tantas otras veces me habían dado la experiencia suficiente para no morir congelada un jueves a las ocho de la mañana en plena y desértica avenida. Un yo mudo pensaba, otro gritaba, y mi cordura dormitaba, cansada tras una noche luchando sin resultados contra mi. Mi yo pesimista, el que escribe casi siempre, lloraba en un rincón, y yo sólo pensaba en concentrarme y recordar que, con sumo cuidado y algo de frecuencia, debo intentar aspirar un poco del aire puro y fresco de la mañana, sentir como entra y me purifica la tráquea hasta llegar a unos envenenados alvéolos, quienes lo acuchillaba con ayuda de la suciedad de un macabro corazón, para sólo dejar salir vástagos sedientos de sangre con los cadáveres de sus antiguos compañeros. Y así, una y otra vez hasta pudrir completamente el aire y a los seres que vivimos aprovechándonos de el. El yo del otro lado del espejo seguía reprochándome el no haber dormido, el no haberlo intentado siquiera. El resto dormían, concentrando los vestigios del poco calor que mi cuerpo había sido capaz de crear y almacenar cerrando herméticamente los agujeros de las mangas por los que, se supone, pasan las muñecas y después las manos. Los mandé callar a gritos, aún a sabiendas de que, ahí dentro, si hubiera habido una única persona que careciese de voz y voto, esa era yo.
Tenía las sienes llenas de física y las muñecas poseídas por una extraña prosa que intentaba, sin éxito, escribirse sola en ese aire tan frío como los besos. No, el estómago; el estómago lleno de física. Si bien sabía que medio litro de café en ayunas, aparte de ser una pésima idea, sentaba fatal, no lo pensé hasta justo aquel momento. Los vapores sulfurosos que amenazaban con destrozarme por dentro deberían haber significado algo para mi, haber dolido al menos. Algo, alguna señal de que estaba viva. Al ver cómo reaccionaba ante la anestesia natural que es un buen cambio de temperatura en ese estado, me agaché contra un matorral a ver si se iba, pero había decidido que se estaba a gusto y que esa sensación nauseabunda me acompañaría toda la mañana. Me consolaba pensar, al menos, que había sido meor idea que haberme quedado durmiendo. Eso decía la cordura, aunque la locura discrepaba: ella sabe que no es así, que ese día no debería haber salido de la cama. Los grandes cristales de un escaparate me devolvieron una cara de miseria y agotamiento que lo respaldaba.

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