Contra todo prognóstico, el espejo me miró con una especie de
mueca loca de lástima que me indicaba que me disculpaba por mi aspecto y que
podía ir en paz, o no, a donde quisiera (o más bien tuviera que) ir. Me dejaba
pasar los ojos rojos que habían pensado, y tal vez con incluso parte de razón,
que era buen momento para volver a abrir el sistema de riego, sin impermeables
ni nada. Los impermeables son para nenas. Ya nunca soy consciente cuando lloro,
o prácticamente nunca, sólo percibo el profundo dolor que te presiona el pecho
una vez has terminado, ese hueco lleno de rabia que deja la tristeza cuando se
marcha y sólo queda sitio para la desesperación. Pero me dejó ir. Me puse la
mochila en la espalda, las llaves en el bolsillo izquierdo, las hojas en las
que me había puesto a plasmar las incesantes chorradas incoherentes que, pese a
todo, no me dejarían ir, en el otro bolsillo, y tal vez algún rastro de la
alegría de vivir sabe Dios dónde perdido entre la comisura de tus labios y los
míos. En mis venas había más café, amargo, en sagre que propia sangre,
demasiado clara y escasa como para indicar, de alguna extraña manera, que ese
extraño "yo" formaba parte de alguna extraña mezcla de genes, que
encajaba en alguna extraña parte. El espejo de la entrada me miró con reproche
pero con cariño, y me lanzó un "adiós" entornando los ojos.
jueves, 24 de noviembre de 2011
Amarguras
Me levanté y me vestí, tal vez demasiado deprisa, sin saber
todavía si los primeros zapatos que habían querido venir a caer a mis manos
harían o no juego con la primera camiseta que había amenazado con saltar de la
percha de mi deprimente pero pulcro armario segundos antes. Mi espejo me reñía
por haberme pasado la noche leyendo, leyendo aquel libro blindado contra
cualquier atisbo de dispersión del pensamiento. Era capaz de fulminar el menor
brote de mi que asomara, asustado, aquel
libro que nunca terminaría, al que sólo recurría en casos de extrema necesidad,
y este era uno de ellos. Me gustaba, me sumergía en su escritura impoluta, en
su no tan necia cordura adulta, palabras no tan usadas que esas que, si, tanto
me gustaban. En mi cabeza, ese estúpido estropeado frenético y errático reloj
que siempre giraba en sentido contrario al resto del mundo, podía percibir, si
me concentraba, el eco de una insulsa conversación que no lograba dictaminar
como inocua (nada lo era, en estos tiempos locos), que decía algo así como
"tu deberías haber nacido en los años cuarenta, o por ahí". Recuerdo,
después, mi cara marcada por la más honda consternación y mi más sincera
afirmación a la que precedía una frase de la que no me siento demasiado
satisfecha, que no recuerdo siquiera, que, aunque no con las mismas palabras,
venía a decir algo así como que, de darse tal caso, mis pensamientos, tanto
como mis modales, se remontarían al siglo anterior, y así sucesivamente. Luego
me diste la razón, Asr, y supongo que habrías dado mi caso por perdido si no lo
hubieras hecho hace ya... lustros.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario