jueves, 24 de noviembre de 2011

La alegoría de la farola

        Tan sólo pienso que estás loco, -dije, muy lentamente, como quien explica la teoría atómica de Dalton a alguien con la cabeza llena de vocales unos colores brillantes, pólvora- loco de remate. Tus teorías no se sostienen.
Le miré con reproche, una vez más. En sus ojos el iris bailaba al son de la música que me cedía la palabra.
        Lo ves todo desde una perspectiva maravillosa, eres un jodido adicto a un crack metafórico, muy alucinógeno y de muy corto efecto. Todo eso te hunde más en la mierda cada vez que vuelves a bajar. Sé que tengo que elaborar mejor mis metáforas, y discúlpame, pero no deberías siquiera tratar de salir de ahí dentro.
        Me perdí por algún corredor.
        ¿De?
        Tu pozo, la prisión. Ayer por la noche. Sigo sin encontrar la celda con un número que me convenga. Me haces soñar, eso es lo que me gusta de ti; -añadió, con una mueca que no iba dedicada a mi, ni a el, ni a nadie, que indicaba simpemente que no estaba allí del todo conmigo, sino en un mundo de melancolía y añoranzas, su búsqueda de si mismo. La mueca que me indicaba que todo lo que pudiéramos decir, hasta que él no volviera, carecería de relevancia. La mueca que me animaba a animarle a que me animase el día con preciosas mentiras adornadas con joyería barata y olor a libros viejos y a música nueva.- deliras. Nunca entenderás por qué hago lo que hago, el hecho de que esté dispuesto a invertir
        Perder -rectifiqué secamente.
        Invertir -sentenció, con una voz pausada que zanjaba el asunto, a su manera- mi tiempo en ti. Para que recurdes la sensación de optimismo que hace ya mucho tiempo olvidaste. Cuando aún eras aquella otra persona.
        Crees ver, intentas creer ver algo más en las personas.
No me apetecía explicarme, no allí ni entonces, no otra vez más, no otro día por la noche, no con ese frío ni con ningún otro calor. Fuera como fuese, allí estaba, erguido todo lo que podía. Algo más de una cabeza y media era lo que separaba sus ojos de los míos. Bueno, eso, y algo de dioptrías, una cantidad inconmesurable por ambas partes. Y, sin embargo, allí estaban. Como dos solitarias notas de azabache que destacaban sobre la inmensa partitura de su piel de pergamino antiguo con sendos surcos que les hacían cuna, fijos en mi. Míos. Ellos decían con una mirada todo lo que yo no había querido entender en toda una vida. Las pupilas muy grandes, inversamente proporcionales a la extraña luz que emanaba la única y pequeña farola que nos habíamos encontrado a lo largo de esa interminable calle, con un indivisable pero seguramente inhóspito final improvisado, que tal vez desembocara en las mismas puertas del averno. "No importa," pensé cuando ese pensamiento cruzó fugaz mi mente la primera vez, "le acompañaría hasta allí si la ocasión se terciase". La farola, igual que nosotros, no se había movido de donde estaba cuando nos la encontramos. Con su permiso nos recostamos en ella, y nos proporcionó la luz que la oscuridad nos quitaba.
        Tan sólo digo lo que pienso -se defendió sin ánimo de defenderse.
        Pero ves algo que no existe. -reinó el silencio, y tras unos segundos rectifiqué- Crees verlo. Ves virtudes donde solamente hay borrones y manchas con los ojos tachados con cruces de tinta negra. Malas experiencias.
        De eso estamos hechos.
        De eso nada.
        De eso todo. No creo ver, intento ver, busco y suelo encontrar la diferencia; normalmente lo consigo. Y creo que tú tienes ese algo especial. Te distingues de los demás por esas cosas que sabes pensar cuando nadie más lo haría. Pero siempre acabas desistiendo antes de llegar a culminar tu obra. ¿Cuántas novelas no empezaste para luego abandonar a su suerte? Lo haces por tu falta de fe en ti misma, pero eso es lo que te caracteriza, no deberías olvidarlo, tu te caracterizas a ti misma, y eso es lo que te distingue de los demás, y no el cómo seas por fuera.
        Intentas -mi voz sonaba ya algo exasperada, mi alma halagada y mis ojos muy, muy cansados- confundirme. De nuevo. Con ese precioso palabrerío que haría creer al Papa de Roma que soy la reencarnación de un mono feo y peludo. Claro que, es bastante verosímil. Lo que pasa es que hay gente que está mejor preparada para recibir tus halagos. -Mis ojos rogaban, eran pura súplica- No quiero que vuelvas a decirme cosas bonitas nunca más. Me encantan y me dejo llevar, eso me alegra, y así me hundo.
        Sácale partido. Aunque no me hagas caso.
Pero me perdí. Cerré los ojos, no deseaba irme, sólo contener las lágrimas, aunque mi mente ya volara lejos. Y se fue. Se esfumó. Se volatilizó en cuenstión de un segundo, dejó una mancha apoyada en la farola, un aroma a buenas palabras con un precioso olor que no olía a nada, y me pregunté que cómo podría ser mi subconsciente tan brillante y tan perverso, que por qué mis ojos ardían de nuevo, recordándome que no había nadie allí desde el principio, que estaba sola otra vez, que seguía sola, y sola lloré todo el camino a casa. "Quiérete," me susurró al oído la brisa fría que recorría mi espalda, dejando atrás la falsa pero física sensación de calor que las engañadas frías gotas de sudor de mi frente había tornado suyas. Volvió a mi la voz de mi padre. "El dolor es psicológico. El frío es psicológico. Si puedes hacer que no te duela, no dejes que los demás piensen que eres blando. Sé siempre fuerte. Si eres fuerte no puedes tener miedo." O algo así.

No hay comentarios:

Publicar un comentario