Le
miré con reproche, una vez más. En sus ojos el iris bailaba al son de la música
que me cedía la palabra.
–
Lo
ves todo desde una perspectiva maravillosa, eres un jodido adicto a un crack metafórico,
muy alucinógeno y de muy corto efecto. Todo eso te hunde más en la mierda cada
vez que vuelves a bajar. Sé que tengo que elaborar mejor mis metáforas, y
discúlpame, pero no deberías siquiera tratar de salir de ahí dentro.
–
Me
perdí por algún corredor.
–
¿De?
–
Tu
pozo, la prisión. Ayer por la noche. Sigo sin encontrar la celda con un número
que me convenga. Me haces soñar, eso es lo que me gusta de ti; -añadió, con una
mueca que no iba dedicada a mi, ni a el, ni a nadie, que indicaba simpemente
que no estaba allí del todo conmigo, sino en un mundo de melancolía y
añoranzas, su búsqueda de si mismo. La mueca que me indicaba que todo lo que
pudiéramos decir, hasta que él no volviera, carecería de relevancia. La mueca
que me animaba a animarle a que me animase el día con preciosas mentiras
adornadas con joyería barata y olor a libros viejos y a música nueva.- deliras.
Nunca entenderás por qué hago lo que hago, el hecho de que esté dispuesto a
invertir
–
Perder
-rectifiqué secamente.
–
Invertir
-sentenció, con una voz pausada que zanjaba el asunto, a su manera- mi tiempo
en ti. Para que recurdes la sensación de optimismo que hace ya mucho tiempo
olvidaste. Cuando aún eras aquella otra persona.
–
Crees
ver, intentas creer ver algo más en las personas.
No me
apetecía explicarme, no allí ni entonces, no otra vez más, no otro día por la
noche, no con ese frío ni con ningún otro calor. Fuera como fuese, allí estaba,
erguido todo lo que podía. Algo más de una cabeza y media era lo que separaba
sus ojos de los míos. Bueno, eso, y algo de dioptrías, una cantidad
inconmesurable por ambas partes. Y, sin embargo, allí estaban. Como dos
solitarias notas de azabache que destacaban sobre la inmensa partitura de su
piel de pergamino antiguo con sendos surcos que les hacían cuna, fijos en mi.
Míos. Ellos decían con una mirada todo lo que yo no había querido entender en
toda una vida. Las pupilas muy grandes, inversamente proporcionales a la
extraña luz que emanaba la única y pequeña farola que nos habíamos encontrado a
lo largo de esa interminable calle, con un indivisable pero seguramente
inhóspito final improvisado, que tal vez desembocara en las mismas puertas del
averno. "No importa," pensé cuando ese pensamiento cruzó fugaz mi
mente la primera vez, "le acompañaría hasta allí si la ocasión se
terciase". La farola, igual que nosotros, no se había movido de donde
estaba cuando nos la encontramos. Con su permiso nos recostamos en ella, y nos
proporcionó la luz que la oscuridad nos quitaba.
–
Tan
sólo digo lo que pienso -se defendió sin ánimo de defenderse.
–
Pero
ves algo que no existe. -reinó el silencio, y tras unos segundos rectifiqué- Crees
verlo. Ves virtudes donde solamente hay borrones y manchas con los ojos
tachados con cruces de tinta negra. Malas experiencias.
–
De
eso estamos hechos.
–
De
eso nada.
–
De
eso todo. No creo ver, intento ver, busco y suelo encontrar la diferencia;
normalmente lo consigo. Y creo que tú tienes ese algo especial. Te distingues
de los demás por esas cosas que sabes pensar cuando nadie más lo haría. Pero
siempre acabas desistiendo antes de llegar a culminar tu obra. ¿Cuántas novelas
no empezaste para luego abandonar a su suerte? Lo haces por tu falta de fe en
ti misma, pero eso es lo que te caracteriza, no deberías olvidarlo, tu te
caracterizas a ti misma, y eso es lo que te distingue de los demás, y no el
cómo seas por fuera.
–
Intentas
-mi voz sonaba ya algo exasperada, mi alma halagada y mis ojos muy, muy
cansados- confundirme. De nuevo. Con ese precioso palabrerío que haría creer al
Papa de Roma que soy la reencarnación de un mono feo y peludo. Claro que, es
bastante verosímil. Lo que pasa es que hay gente que está mejor preparada para
recibir tus halagos. -Mis ojos rogaban, eran pura súplica- No quiero que
vuelvas a decirme cosas bonitas nunca más. Me encantan y me dejo llevar, eso me
alegra, y así me hundo.
–
Sácale
partido. Aunque no me hagas caso.
Pero
me perdí. Cerré los ojos, no deseaba irme, sólo contener las lágrimas, aunque
mi mente ya volara lejos. Y se fue. Se esfumó. Se volatilizó en cuenstión de un
segundo, dejó una mancha apoyada en la farola, un aroma a buenas palabras con
un precioso olor que no olía a nada, y me pregunté que cómo podría ser mi
subconsciente tan brillante y tan perverso, que por qué mis ojos ardían de
nuevo, recordándome que no había nadie allí desde el principio, que estaba sola
otra vez, que seguía sola, y sola lloré todo el camino a casa.
"Quiérete," me susurró al oído la brisa fría que recorría mi espalda,
dejando atrás la falsa pero física sensación de calor que las engañadas frías
gotas de sudor de mi frente había tornado suyas. Volvió a mi la voz de mi
padre. "El dolor es psicológico. El frío es psicológico. Si puedes hacer
que no te duela, no dejes que los demás piensen que eres blando. Sé siempre
fuerte. Si eres fuerte no puedes tener miedo." O algo así.
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