domingo, 20 de noviembre de 2011

Copiones y tramposos

Máximo exponente de la afasia, lo que te cuento es tan pueril e inefable como cualquier cuento de Disney, es, la solución a una vida ávida de miserias ajenas. Sonríes sin programarlo, y olvidas una posterior suturación. Las cosas importantes, aunque nimias, son importantes. Yo soy nimia, una hobbita, pero importante como para romper una silla con sólo sentarme encima.
Todos muertos. Te mueres y te olvidan, eres el "era el mejor" por un espeso período de tiempo, y luego: nada. No constas en ecuaciones ni en ninguna contraportada, no tienes siquiera una sola aportación a un triste periódico dominical, no hay cruentas leyendas, no fuiste siquiera inocuo; no fuiste nada. No eres nada. Ubi sunt?
La proeza no está en garantizar la certeza, sino en levantar el que más la cabeza y que todos duden hasta de dónde sacas el dinero para cerveza. Tramposos sin escrúpulos capaces de medir la media inmedible con dos puntos por encima de la honrada prole que sin derechos ni virtudes optó por salir por el camino de las manos limpias con las manos y la conciencia limpias.
Leibniz vivía en el mejor de los mundos posibles, de eso no cabe duda; pasó a la posteridad por un montón de relativas pamplinas que poco nos solucionan hoy día. Vivía en su mundo, en el mejor mundo que pudo crearse, y desde allí fingía, fingía como tantos otros. La verdad absoluta no es aquella que trata de imponerse y el lo sabía bien. No es de optimismo de lo que hablamos. Tampoco de realidad, y yace ya tiempo que he vuelto a referirme a grandes pensadores de este siglo como podemos ser tu o yo, o cualquiera que tenga ojos de que en cada momento miles de preguntas sin respuesta y respuestas sin pregunta puedan cobrar vida propia y emerger de las cenizas de la autodestrucción que venían en una caja en forma de corazón que custodia su primera colección, de balas, salidas del cajón, y se pregunta "¿cómo es que no he matado a nadie todavía, si ya he perdido la razón?". De la misma manera que cuando hacemos algo vergonzoso tratamos de ocultarnos entre las sombras, gritamos "yo no he sido" para que todos puedan oírlo, bien fuerte, por evidente que sea. Las apariencias no engañan ni dejan de engañar. Las apariencias son apariencias, ellas no tienen culpa de nada, nosotros las manipulamos a nuestro antojo y no siempre a nuestra imagen y semejanza; compendiemos la razón de este compendio y comprenderemos algo más de lo que a priori creemos comprender.

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