- ¡La cabeza, la cabeza!
Y un impertinente pitido inundó el poco hueco que quedaba en mi craneito, el espacio libre que dejaste una tarde de lunes.
- ¡La cabeza, cortadle la cabeza!
Una pequeña libreta cayó entonces del agujero donde se supone que antes había un corazón, que me apresuré en recoger. Paré de correr cuando vi un enorme muro que se alzaba desafiante justo delante de mi, como puesto de forma tan mágica como estratégica. Entonces cogí el micrófono y empecé a chillar. Parecía el degollamiento de un mono chillón, válgame la redundancia. Tras captar su atención, me dirigí al público:
- Ebrios patanes de la grada, por favor, absténganse de lanzar frutas y hortalizas. Resérvenlas para el segundo acto, para los tíos en mallas.
Gritaron algo así como "felicidades". Yo susurré "hoy debería haber quemado mi casa", pero lo susurré al lado del micro, y a mi frase siguieron una ovación y una lluvia de lanzas incendiarias, y no precisamente en ese orden. "¡Si, ayudémosle a quemar su casa!" "¡Viva el altruista civismoooo!"
Era un día uno, de cuyo mes no quiero acordarme; el día uno de una vida mas seis meses, pero no recuerdo cuál exactamente (no lo creais, es completamente mentira).
Pese a todo, creo que eran las siete de la mañana. Desde que tengo uso de razón, siempre pensé que a esas horas las calles estaban cerradas, pero a lo largo de estos años he descubierto que la gente sólo protege las cosas a las que quiere, y nadie quiere a nadie más que a si mismo. Ergo, nadie cierra las calles y cualquiera podría ir a robarlas, noche incluída, a esas horas intempestivas. Sólo los gatos callejeros nos quejaríamos. Pero a nosotros no nos quiere nadie. Es lo malo de creer que eres libre.
Resonó entonces un eco metálico de recordatorio de aeropuerto "Atención, pasajeros, el sueño despegará a las siete y cuarto. Repito, siete y cuarto. Pasajerrrros al trrrren" Llegaba tarde como siempre a todos lados. Me senté en el suelo para asegurar que no llegaría antes ni por casualidad, e intenté que mi pequeño mechero rojo hiciera honor a su color, en vano, a causa del viento que intentaba levantarme del suelo, como tantos otros antes. Maldito iluso. Tras conseguirlo y terminar lo que no recordaba haber empezado, me levanté del suelo. Un surco de sequedad contrastaba con el resto de aquello que yacía bajo mis pies, que, sin darme cuenta, se había rendido a los encantos de la lluvia de Dic... de un mes que no recuerdo, del que no quiero acordarme, y se habían hecho uno. Recuerdo que al llegar al final de la calle me giré, para despedirme, y me encontré con que había sucumbido. "Tu también, capullín". Al final todos te traicionan.
El averno había adquirido hasta ahora el parecido más que cercano con una humeante vagina que se abría como loca sólo de pensar en mi. Por otra parte, mis neuronas habían llegado al alto rango de monjas salidorras que saltaban a la mínima mención del padre, en el nombre del hijo y en presencia del espíritu santo. Amén.
El impertinente pidido del diablo sonó por segunda vez en esa fracción de segundo. Caí en mi propio cepo, abrí los ojos y un monstruo afroso con la cara demacrada y la melena alborotada me asesinó desde el espejo. Yo también te quiero, amado reflejo.
Hoy tengo el pelo casi tan sucio como el alma.