miércoles, 28 de diciembre de 2011

Sing women


Ceñidas,
ajustadas a su bajo vientre,
unas mallas oscuras
que bailan cuando respira, dificultosamente.
El viento le ha revuelto el pelo
que tampoco se había detenido a peinar.
Una chaqueta de cuero,
que termina en su cintura
hace finas sombras
a las que la imaginación ostenta
sin que ella quiera darse cuenta.

Una mirada
hacia arriba
y su pupila se torna gris,
gris azulado.
No colecciona lluvias,
pero si la sensación de no sentir nada
y sentir cómo cesa
bajo la humilde protección de su mirada,
reflejada en cada gota.

No encuentra aduanas entre ella y el mundo.
Sólo, aduanas y un gran muro de hormigón.
Solía bailar al son de la brisa,
pero de esta guisa no lo podrá ya ni intentar,
ni con aquella canción.



“Renunciaste a renunciar a tus sueños, ¿recuerdas?
Otra vez no has cumplido una promesa”
Y las miradas que tiempo atrás
prometían el mundo y más,
se habían tornado de reproche
y escaseaba
el broche, la guinda,
el que brinda la noche cuando te abraza con sutileza.
No había odio,
el odio estaba cansado
y durmiendo,
pero seguía habiendo
un sentimiento pesado
que, cualquiera hubiera o hubiese pensado,
hasta habría rechazado el más sincero beso.
Más que eso:
temía que aquello hubiera acabado.

martes, 27 de diciembre de 2011

Nad, diminutivo de Nadie

Hay un niño haciendo equilibrismos sobre una línea blanca pintada en el suelo, está solo, tararea una canción pegadiza que no sabe dónde escuchó, y con eso le basta. Las negras sombras que le acechan no pueden alcanzarlo, claro, su inocencia le defiende contra lo malo de todo este juego sin dados. Si alguien se atreve a decir que el juego está trucado no sabe lo que está diciendo, con tu azar y tu punto de vista tú escribes las reglas para luego infringirlas. Pero de eso la gente suele darse cuenta cuando está llegando al fin de la partida, y se vuelven etéreos para que una enorme estrella erróneamente llamada la Emperatriz absorba su energía y pueda crecer más y más. Hasta los Mas sucumbirán y a nadie le importará que no sea Octubre nunca más.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Elogio a un viento silbante

Voy a dejarte un recado pero prométeme que lo vas a cumplir, a partir de ahora dependo de ti al cien por cien. En esta caja guardo todos los susurros que has de llevarle, déjalos caer como si no fuera ni fuese contigo la cosa y márchate, que los asimile a solas. Serás el amo y señor guardián de mis miserias durante el más corto periodo de tiempo posible, digamos que te destrozarían como el último pero no por ello menos importante de los horocruxes, así que procura no tener ningún contacto con ninguno, y, si, he muerto por y para todos ellos. No te despistes, y, por lo que más quieras, no dejes que salgan; te aturdrirán con sus lisonjas y su retórica y ya no habrá manera de que vuelvan a entrar, son el genio de la lámpara que no te dejarán pasar ni una. Y si te pica la curiosidad, yo te doy permiso para matar a todos los gatos que quieras. De todas formas, tu dulzura sólo es mortal hasta cierto punto.

Contigo, lo mismo es lo distinto, lo tuyo es lo mío

La poesía no se lo merece. ¿O si? Si, tenemos confianza, no me ha abandonado nunca. Es más, aún guardo el libro de poemas que con siete años recitaba de memoria. Y con seis, y con ocho. Nunca supe ni sabré crear cosas bonitas, exortando a las palabras a decir lo que yo quiero que digan o a transmitir lo que yo quiero que transmitan como tan fructuosamente logras hacer tu. Pero tu tienes un don, pero tu eres perfecto. Es que si no supieras tu, no podría saber nadie. Siempre he preferido dejarlas volar y cuando llueva darles cobijo, pero nada más.
¿Debería gritar al viento que la amo como nunca hice contigo?

Y tu, ¿eres libre o estás vivo?

Francotiradores alerta y titulares candentes, “optimista se ahoga en bañera medio llena” cantan algunos de los más reseñables, pero con tal de que tu no hables te montan cualquier reyerta. Hasta mi abuela sueña con un mundo con el IVA negativo y con gente con tantas ganas de morir como de seguir vivo. Se acabaron las promesas, yacen, diáfanas,y queriendo sin querer ya no hay nadie que me pare. Pero no hay sombra sin luz, y tu proyectas una aureola que alumbra cual foco con demasiado tiempo libre, tienes sombra. Supongo que debe haber algo de luz en mi. ¿Quién sabe? Igual es el momento de echar un poco de luz sobre ese asunto.

Bleed your heart out

Mi cabeza daba vueltas, después de unos cálculos me había dado cuenta de lo mal remunerado que era ser persona por aquellos tiempos, de lo sacrificado que era ser un romántico, y de toda la mierda. Mi padre llamó al teléfono y le corté. La tristeza me dijo que ella también lo había notado, que no molaba dar esos largos paseos conmigo, que no eran más que tiempo perdido, ya que recurría a ella siempre que tenía que volver andando sola a casa, osea siempre. “Está acabando el año,” me dijo, “el año este que tanta polémica había causado por el tema de Resignación con todas tus paranoias sobre pasar página.” Pensé que no me había ido tan mal, al fin y al cabo. Pero lo tuve que pensar bajito, para que no me oyera nadie, mientras entraba en ese antro.
Olía a rancio. Había que bajar una rampa para llegar al meollo, y al final de la rampa había un espejo de cuerpo entero en el que vi que Reproche estaba de buenas esta noche. Escrito en el espejo había unas palabras felicitando el dosmil once. “A buenas horas” me susurró toda mi aplastante retórica, que se retorcía de la risa. Se entiende que el local debió ser un antiguo almacén rehabilitado, por el olor que seguía subiendo y el suelo que me recordó al almacén de la cervecería de mis abuelos que regentaba de pequeña. Pedí algo a media voz y pagué apagando algo dentro de mi historia, otro círculo cerrado por así decirlo. Con la consumición en una mano y mi orgullo bien encerrado en el bien cerrado puño de la otra, intenté pasar por entre el bullicio apartando la mirada de los cuadros de las paredes, a los que debió hacer mucha gracia mi aspecto porque cantaban y reían como si nadie fuera a descolgarlos y a dejarlos caer. Bueno, nadie lo haría. Al menos no esa noche. Algún lumbrera hablaba más alto que los demás, así que alcé la mirada. No era otro borracho, era simplemente otro poeta borracho que, sin afán de protagonismo ni ánimo de lucro, simplemente se había puesto a decir lo que pensaba. Y vaya si pensaba... una lírica pasmosa salió de su boca tomando vida, con colores vivos y bailando al compás de las caras de asombro de las gentes. Entonces alguien gritó “¡por favor, disparen al poeta! Lo hace lo mejor que puede, y me está sacando de mis casillas” y salió corriendo dejando una estela de incongruencias a su paso. Puede que fuera yo.
Una vez fuera, intenté volver sobre mis pasos, intentando intentar volver a casa, pero en vano. Caminé hacia el mar, consternada pero no tan decepcionada. Aquella mañana todo había sido tan maravilloso, que casi parecía inverosímil. Imposible no haberla cagado. “Cuando vas de fraude en fraude no debería chocarte” conseguí descifrar de todo aquel barullo que en mi cabeza estallaba. No importa demasiado quién lo dijera. Volver a pensar en ti me erizó el vello del alma, el almanaque dando vueltas y volví a perder las cuentas. Y de pronto estaba allí, ¿quién no se perdería? Imposible no cagarla, imposible no cagarla, imposible no haberla cagado.
Llegué al paseo marítimo y salté a la arena. De pronto alguien me preguntó, “eh, ¿y tus zapatos?” Pero en realidad no lo preguntó nadie, porque realmente yo estaba allí sola. Yo seguía sola, lo que se estaba convirtiendo en una odiosa rutina. Odiosa pero silenciosa. Es más, en realidad ni me importaba. En realidad, ni siquiera recordaba haber salido de casa con zapato alguno. Pero en la realidad, a diferencia de en mi cabeza, las cosas no son como yo las pregono. Me hundí un poco en la arena y dejé que el frío viento mareiro me calara hasta los huesos, purificando las palabras que ni antes ni después hubieran podido ser peores y midiendo la intensidad y el daño de los hechos hechos hasta el momento, ¿quién iba a saber que podría saber a qué sabía la culpa? Sabe como el remordimiento, pero esas cosas no te las enseñan en primaria. Mal que me pese.
Sentí las caricias de una brisa que no parecía querer tener nada que ver conmigo y vi como una niebla bajaba a arroparme y a darme las buenas noches, con la necia esperanza de que muriera para siempre. Hay quien no desiste en su afán de hacerme desistir. Entonces alcé la mano en la que guardaba mi orgullo, el puño que no había aflojado ni un ápice, y lo lancé con fuerza al mar, con el propósito de que muriera rápido, y no tuviera que soportar la afasia a la que se estaba viendo sometido desde hacía tanto, tanto tiempo.
Pensé que sentiría como si una pequeña parte de mi muriera, pero Decepción me explicó que no puede remorir lo que lleva lustros muerto. Por una parte lo entiendo. Siempre lo entendí. Entonces, de repente, el mundo sí pareció estar pintado a mano, un gran cuadro como los de Coyne, con mi sangre derramada en una de las esquinas inferiores. Y no exactamente derramada en vano. Seguro que evocaría sonrisas en más de uno, fiestas en cualquier parte y muertes por exceso de júbilo. Y así día tras día. El no poder más diario me agota.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Demons

Nada es nunca tan horrible como yo pueda habértelo pintado de antemano; ya sabes, lo siento y todo eso. Acabaremos locos, perdidos en una ciudad que no deja nada que desear, ¡son las gentes las que están mal! Esas maravillosas gentes... Buscando a tientas la mano que agarrar para no caer. Bueno, para no caer y destrozarse. Caer caemos todos. Llorar no tanto. Yo te diré quién tiene todo y se queja mientras los demás nos desvivimos por que a mamá le cojan el en poco digno y mal pagado trabajo que se le ha presentado. Para eso sirve la gente con estudios, cabeza y criterio. Para ensanchar los índices de paro. No, miento; ningún trabajo es denigrante si es fruto de tu esfuerzo: denigrante es robar o gritar, vestirse de pocoyó diez días seguidos por cuatrocientos euros no. Hay topes, no todos tenemos el nuestro al mismo nivel, pero eso no quita que los haya.
Siento las desilusiones, en mi defensa alego que en algún momento se me pasó por la cabeza hacer todo lo que pude, pero estaba demasiado cansada de llorar, si eso os reconforta. Acabaré humildemente alabando la humildad, tirada en un rincón de una calle principal lamentando el haber lamentado demasiado como para mirar y verme reflejada en la gran ciudad que se levanta por encima de nuestras oscuras sombras y nos regala los resquicios de los amaneceres enviados directamente del Mediterráneo. Juro que acarrearé con las culpas.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Novidad


Las cosas van genial, el sol brilla y los gordos cantan ópera. La agresividad fluyendo en forma de palabras hirientes y sin sentimientos ya no es cosa del pasado: vuelven, vuelven para atormentarme. Con sus seductores bailes y sus ojos tiernos, su voracidad y su hambre de utopías breves pero utópicas. Es entonces cuando los sueños altruistas llaman a mi puerta con una sonrisa  en la cara y un puñal bajo el brazo. Lástima que siempre me pillen durmiendo o haciendo errados intentos de suicidio, durmiendo. No creceré más. Ni los techos me quieren cerca. El suelo se jode.
Ya no es exactamente que las navidades me depriman, sino que ya no hay nada que no me deprima. Mi padre está allí tan solo, sin nadie, y yo estoy aquí tan sola, entre tanta gente, con todos los paripés. Me quedaré muy sola muy muy pronto, doy demasiado asco, soy demasiado gorda, demasiado fea, demasiado fofa, demasiado irresponsable, demasiado deprimida, demasiado desordenada, demasiado inmadura, demasiado vaga, demasiado tonta, demasiado nada, y no lo suficiente algo. No hay nadie para mi, pero yo siempre estoy para todos. Y así estaré, y siempre abarcando más espacio si la naturaleza sigue su curso.
En ningún lugar hecho para mi hay alguien para mi, tampoco hay ese lugar hecho para mi, no encajo con nada ni nadie. Soy la única persona así, si a mi se me puede llamar persona. Un estorbo, medio homúnculo.
Me quedaré en mi rincón, donde mi grasa abrazará a mi grasa para no pasar frío y yo me quedaré sola, sola y tiritando otra vez, sin remedio, como siempre; para siempre.
Voy a sufrir, a llorar, a vomitar, a destruirme y a destruir a otros, y no necesariamente en ese orden.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Stay gold, Fallboy

Grité como una condenada, y ahí fue cuando me di cuenta de que se me estaba poniendo la voz ronca de casi no hablar con nadie. Y de eso hace ya dos días. Las cosas no van mejorando, lo supe cuando me llamaron por teléfono, y al contestar, me preguntaron “¡Oh, lo siento! ¿Te he despertado?” No me hizo mucha gracia. A la quinta vez colgué directamente. Sólo estoy solicitada cuando lo de hablar me sobrepasa.
Volvía andando a ninguna parte donde nadie me esperaba y una hoja me cayó sobre la frente. Miré a mi alrededor y vi que estaba todo lleno de hojas caídas. “Que extraño,” pensé, “¡pero si ayer era verano!” Recordé cómo, de pequeña, en una situación similar, había preguntado a mi padre que cuándo y dónde caía la primera hoja. Me dijo que tratara de averiguarlo sola, que a lo largo de mi vida fuera buscando las respuestas a mis incesantes preguntas. Me dijo que si alguna vez encontraba la primera hoja, la guardara como mi más preciado tesoro y corriera a enseñársela. Hoy en día, correr a enseñársela sería complicado y lento, tardaría dos horas y media en avión o por ahí, pero la idea sería la misma. Reflexionando, a los pocos días, me di cuenta de que no hay una primera hoja que cae. A cada segundo, en algún lugar, siempre hay hojas cayendo. Hemisferio norte, sur, se hable el idioma que se hable, siempre caen las hojas en un otoño perenne que arrasa la tierra y la llena de amargura. Recuerdo cómo corrí a contarle mi descubrimiento, y recuerdo el pacto que hicimos, recuerdo cómo acordamos que, si alguno de los dos se hacía millonario, compraría una avioneta con asientos para dos y perseguiríamos los otoños hasta el final de nuestras vidas. Ahora sólo pienso en que no me he dado cuenta, en que de un día para otro todo se había llenado de hojas muertas que no tenían ninguna oportunidad por delante, fui pisando por un cementerio de cadáveres que morían en silencio, que sólo el viento y yo recordaríamos, soltando una lágrima por cada hoja que cae en el mundo, soltando una lágrima por todos los que caímos. No sé cuándo he madurado, creo que nunca. Me repito más que el peor poema de Witman pero sin antologías brillantes pendientes de un hilo al filo de los escaparates, mis obras no son obras y por lo tanto no serán recordadas, no soy capaz ni de ayudar a alguien que me lo pida incesantemente, no consigo acabar mis pripios textos y menos los de los demás, y releyéndome me he dado cuenta de que no creo más que basura, que la basura está en mi mente y en mi vida, y que no lograré deshacerme de ella. Voy a acosar a ese imperturbable anochecer con mi avioneta con dos asientos del que sólo podré ocupar uno, con la única esperanza de que, por alguna casualidad, tu yo yo aullemos a la misma luna esta noche; de que no tengas demasiado frío.

sábado, 10 de diciembre de 2011

We live half at night

Irradiaba algo, bueno tal vez, malo quizás, algún tipo de aureola saturada de conocimientos, o algo así. Puede que algún idiota me retuviera en el arduo camino a casa y me hiciera algún idiota amago de truco de magia, algo que posiblemente llevara practicando desde que había salido, un fraude absoluto. Algún idiota truco sin relación alguna con la magia con una idiota sonrisa acompañada de una posterior carcajada que, de forma, ahora si, mágica, partió brincando de la mano de la mía para no volver. El caso es que puede que apreciara a ese idiota. Carcajada soltada, recuerdo cómo se repitió una escena de la semana anterior, un intento por su parte de iniciar una conversación insinuando preguntas fáciles y chistes malos, con el no en la punta de mi lengua. No un no directo, sino un no evasivo, un no que reserva algunas sorpresas para el final, para el final lejano, pero que se va al fin y al cabo. Un no que silba con las más sinceras sonrisas, con un sol que llega de lado y riendo unos chistes que, cuanto más malos sean, más gracia hacen. Y en aquel banco se quedó aquel idiota, aquel sencillo y agradable idiota. Puede que aquel idiota intentara darme ánimos al ver mi cara larga, que con un palo y su ingenio hubiera elucubrado no sacarme los ojos pero si alguna sonrisa. Seguí mi camino, contenta, culpable, sumamente cansada y con una tan gran como del todo inconsciente sonrisa involuntaria que no me sería más que contada. Me dió tiempo de inventar un mundo paralelo con su política y todo en el espacio de tiempo que me quedó hasta la siguiente interrupción, que no recuerdo demasiado bien. El tiempo de pulsar el play y escuchar unos primeros acordes que si recuerdo, y escuché un “hey” lejano. Tal vez no tan lejano como quería aparentar, resulta que siempre hay alguien apoyándote desde la penumbra, la casi sombra, los escrutables pero inescrutados caminos de la soledad y el subconsiente. Puede que me preguntaran algo sobre el examen, o al menos eso es lo que recuerdo. Les hice un gesto de “más o menos” sacudiendo la mano, con la cara de agradecida que me salió en ese momento, y una sonrisa inevitable que había hecho que los pómulos me impidieran ver a través de los ojos de las cosas. Mi ojo aristotélico sollozaba de rabia, pero con otra sonrisa. No hace falta saber la vida de alguien para intentar apoyarle, la mayoría de las personas tiene problemas; esas dos personas que me gritaban “suerte” desde las escaleras no eran dos excepciones. No cuesta nada intentar transmitir algo de energía a los que aparentemente la necesiten, aunque sea fingida. Recuerdo vagamente cómo el reflejo de un sol extraviado sobre un papá noel me deslumbró los ojos, y algo de todo aquello que pensé mientras volvía a casa. Puede que cogiera algún desvío, alguna calle solitaria, para volver a casa haciendo el avión como lo hacía con mi padre en la plaza del ayuntamiento de Blois, o puede que no. No lo recuerdo demasiado bien. De todas formas, no hace falta sacar una lección moral de todos tus actos de todos los días, ¿sabéis? Hay quien se suicida cuando tiene que ir a comprar los sellos para enviar las postales de navidad a su padre, y hay quien, sencillamente, le cuelga el teléfono mientras sonríe, puede que llorando un poco por dentro. Pero siempre con una sonrisa.

And she won't be loved

Hubiese sido tan feliz domando una a una todas las hormigas que corren por mi piel cuando sonríes.
Tus palabras, tus susurros, me hablabas tan cerca de mi que podía sentirlo. Ahora sé de que color es el viento, tan dulce y hechizante que se escapa de tu boca, es el único que quiero respirar a partir de ahora. Mis alveolos me han dicho que les gustas. Sentía como la vida rebosaba dentro de ti, si te miraba fijamente podía distinguir cada sentimiento alforando y escondiéndose a modo de autoreflejo ultradefensivo. No hay manera de salir adelante de esta guisa, quizás pueda ir resolviendo tus misterios y secretos, emocionantes atrayentes absorbentes frustrantes desesperantes alentantes y deprimentes, entornando un poco los ojos para verte mejor y hablado más bajito para que tengas que acercarte otro poquito, otro ratito. A ti te gustan los chistes malos y a mi me gustan tus chistes malos, ¿quién ha dicho que no tengamos nada en común? ¿Dónde o en quién está el problema? Lo siento, pero, no he podido evitar reparar en esos puntos de sutura en la comisura izquierda del labio inferior. Bailan cuando te ríes. Lloran cuando pones esa sonrisa con la que pides disculpas. Oh, si, eres como un cachorrito. Se rien de ti cuando pones voz de enamorado, al hablar con ella. Puedo ver como saltan de un lado al otro, desternillándose, con sólo un "hola" fugaz seguido de unas "horas" de charla audaz. Aspira.

Sunday, bloody sunday

Voy a destrozarte hasta que vomites y después te pisotearé con la ayuda de las cenizas que emergieron de tus entrañas. La verdad puede ser como un dedo en la garganta para aquellos que no saben soportarla.
Ideas comprimidas en ZIP para que no las entiendas ni aunque te esfuerces y rabias que te catarsisearán la existencia sin motivo o razón aparentes. Aparentes porque las apariencias engañan. Parece que yo estoy mal pero nadie sabe que bajo una fachada de demencia y tres o cuatro de grasa estoy aún peor de lo que aparento. Segrego poca serotonina, un nada, una mierdecilla. Pero eso nos supera a Mi y a mi, está muy por encima de nuestro alcance. Las apariencias os han engañado. ¡NECIOS!
He acallado mi súplica y ha salido el intento constante de suicidio metafórico. Tiempo libre, demasiado tiempo libre everywhere.
Me gusta el café solo solo; mezcla la metáfora idónea con el sabor adulto y puro. Total, al final acabamos todos llorando como putas bajo la lluvia.
Siempre soñé con que alguien, galopando un blanco y manso corcel, me sacaría de aquella horrible casa. Ahora, el decorado ha cambiado pero los sentimientos siguen siendo los mismos.
¿Por qué es tan importante la apariencia? Lo de dentro no os importa. Que os jodan.
Estúpidos, ¿qué diablos os importa lo de fuera? ¿Acaso sois mejores que yo por ser más guapos, más delgados, o más altos que yo? Al diablo. Ya me diréis que puto divertimento le veis.
La puta mofa por el puto placer de la puta mofa. Me he extendido a la música más deprimente y a la cara más horrible y terrorífica que encontraréis en toda vuestra puta carrera de mierderos fiesteros. El que más o el que menos, todos os habéis reído de mi alguna vez. Y juro por Henriette que seguiré haciendo demasiado poco cada día para remediar lo mínimo imposible. Pero no ahora, no todavía. Ahora estoy en el punto más álgido de mi depresión de hoy. Igual es por el clima frío, los amaneceres fríos, o el frío de mi alma, pero esto no tiene pinta de ir a acabar pronto. Ni bien. Mucho menos bien que pronto. Una parte de mi cabeza te amará mientras la otra, de rodillas, me gritará al oído “por favor, vuelame a tiros”.
Seis meses. Hoy debería prender fuego a mi casa. Voy a sonarme los mocos con tus sonrisas.
NO PIENSES QUE ESTOY MUY TRISTE
SI NO ME VES SONREIR.
ES SIMPLEMENTE DESPISTE, 
MANERAS DE VIVIR.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Repercusiones, repercusiones everywhere

- ¡La cabeza, la cabeza!
Y un impertinente pitido inundó el poco hueco que quedaba en mi craneito, el espacio libre que dejaste una tarde de lunes.
- ¡La cabeza, cortadle la cabeza!
Una pequeña libreta cayó entonces del agujero donde se supone que antes había un corazón, que me apresuré en recoger. Paré de correr cuando vi un enorme muro que se alzaba desafiante justo delante de mi, como puesto de forma tan mágica como estratégica. Entonces cogí el micrófono y empecé a chillar. Parecía el degollamiento de un mono chillón, válgame la redundancia. Tras captar su atención, me dirigí al público:
- Ebrios patanes de la grada, por favor, absténganse de lanzar frutas y hortalizas. Resérvenlas para el segundo acto, para los tíos en mallas.
Gritaron algo así como "felicidades". Yo susurré "hoy debería haber quemado mi casa", pero lo susurré al lado del micro, y a mi frase siguieron una ovación y una lluvia de lanzas incendiarias, y no precisamente en ese orden. "¡Si, ayudémosle a quemar su casa!" "¡Viva el altruista civismoooo!"
Era un día uno, de cuyo mes no quiero acordarme; el día uno de una vida mas seis meses, pero no recuerdo cuál exactamente (no lo creais, es completamente mentira).
Pese a todo, creo que eran las siete de la mañana. Desde que tengo uso de razón, siempre pensé que a esas horas las calles estaban cerradas, pero a lo largo de estos años he descubierto que la gente sólo protege las cosas a las que quiere, y nadie quiere a nadie más que a si mismo. Ergo, nadie cierra las calles y cualquiera podría ir a robarlas, noche incluída, a esas horas intempestivas. Sólo los gatos callejeros nos quejaríamos. Pero a nosotros no nos quiere nadie. Es lo malo de creer que eres libre.
Resonó entonces un eco metálico de recordatorio de aeropuerto "Atención, pasajeros, el sueño despegará a las siete y cuarto. Repito, siete y cuarto. Pasajerrrros al trrrren" Llegaba tarde como siempre a todos lados. Me senté en el suelo para asegurar que no llegaría antes ni por casualidad, e intenté que mi pequeño mechero rojo hiciera honor a su color, en vano, a causa del viento que intentaba levantarme del suelo, como tantos otros antes. Maldito iluso. Tras conseguirlo y terminar lo que no recordaba haber empezado, me levanté del suelo. Un surco de sequedad contrastaba con el resto de aquello que yacía bajo mis pies, que, sin darme cuenta, se había rendido a los encantos de la lluvia de Dic... de un mes que no recuerdo, del que no quiero acordarme, y se habían hecho uno. Recuerdo que al llegar al final de la calle me giré, para despedirme, y me encontré con que había sucumbido. "Tu también, capullín". Al final todos te traicionan.
El averno había adquirido hasta ahora el parecido más que cercano con una humeante vagina que se abría como loca sólo de pensar en mi. Por otra parte, mis neuronas habían llegado al alto rango de monjas salidorras que saltaban a la mínima mención del padre, en el nombre del hijo y en presencia del espíritu santo. Amén.
El impertinente pidido del diablo sonó por segunda vez en esa fracción de segundo. Caí en mi propio cepo, abrí los ojos y un monstruo afroso con la cara demacrada y la melena alborotada me asesinó desde el espejo. Yo también te quiero, amado reflejo.
Hoy tengo el pelo casi tan sucio como el alma.