Ceñidas,
ajustadas a su bajo vientre,
unas mallas oscuras
que bailan cuando respira,
dificultosamente.
El viento le ha revuelto el pelo
que tampoco se había detenido a
peinar.
Una chaqueta de cuero,
que termina en su cintura
hace finas sombras
a las que la imaginación ostenta
sin que ella quiera darse cuenta.
Una mirada
hacia arriba
y su pupila se torna gris,
gris azulado.
No colecciona lluvias,
pero si la sensación de no sentir nada
y sentir cómo cesa
bajo la humilde protección de su
mirada,
reflejada en cada gota.
No encuentra aduanas entre ella y el
mundo.
Sólo, aduanas y un gran muro de
hormigón.
Solía bailar al son de la brisa,
pero de esta guisa no lo podrá ya ni
intentar,
ni con aquella canción.
ni con aquella canción.
“Renunciaste a renunciar a tus
sueños, ¿recuerdas?
Otra vez no has cumplido una promesa”
Y las miradas que tiempo atrás
prometían el mundo y más,
se habían tornado de reproche
y escaseaba
el broche, la guinda,
el que brinda la noche cuando te abraza
con sutileza.
No había odio,
el odio estaba cansado
y durmiendo,
pero seguía habiendo
un sentimiento pesado
que, cualquiera hubiera o hubiese pensado,
hasta habría rechazado el más sincero
beso.
Más que eso:
temía que aquello hubiera acabado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario