domingo, 25 de diciembre de 2011

Bleed your heart out

Mi cabeza daba vueltas, después de unos cálculos me había dado cuenta de lo mal remunerado que era ser persona por aquellos tiempos, de lo sacrificado que era ser un romántico, y de toda la mierda. Mi padre llamó al teléfono y le corté. La tristeza me dijo que ella también lo había notado, que no molaba dar esos largos paseos conmigo, que no eran más que tiempo perdido, ya que recurría a ella siempre que tenía que volver andando sola a casa, osea siempre. “Está acabando el año,” me dijo, “el año este que tanta polémica había causado por el tema de Resignación con todas tus paranoias sobre pasar página.” Pensé que no me había ido tan mal, al fin y al cabo. Pero lo tuve que pensar bajito, para que no me oyera nadie, mientras entraba en ese antro.
Olía a rancio. Había que bajar una rampa para llegar al meollo, y al final de la rampa había un espejo de cuerpo entero en el que vi que Reproche estaba de buenas esta noche. Escrito en el espejo había unas palabras felicitando el dosmil once. “A buenas horas” me susurró toda mi aplastante retórica, que se retorcía de la risa. Se entiende que el local debió ser un antiguo almacén rehabilitado, por el olor que seguía subiendo y el suelo que me recordó al almacén de la cervecería de mis abuelos que regentaba de pequeña. Pedí algo a media voz y pagué apagando algo dentro de mi historia, otro círculo cerrado por así decirlo. Con la consumición en una mano y mi orgullo bien encerrado en el bien cerrado puño de la otra, intenté pasar por entre el bullicio apartando la mirada de los cuadros de las paredes, a los que debió hacer mucha gracia mi aspecto porque cantaban y reían como si nadie fuera a descolgarlos y a dejarlos caer. Bueno, nadie lo haría. Al menos no esa noche. Algún lumbrera hablaba más alto que los demás, así que alcé la mirada. No era otro borracho, era simplemente otro poeta borracho que, sin afán de protagonismo ni ánimo de lucro, simplemente se había puesto a decir lo que pensaba. Y vaya si pensaba... una lírica pasmosa salió de su boca tomando vida, con colores vivos y bailando al compás de las caras de asombro de las gentes. Entonces alguien gritó “¡por favor, disparen al poeta! Lo hace lo mejor que puede, y me está sacando de mis casillas” y salió corriendo dejando una estela de incongruencias a su paso. Puede que fuera yo.
Una vez fuera, intenté volver sobre mis pasos, intentando intentar volver a casa, pero en vano. Caminé hacia el mar, consternada pero no tan decepcionada. Aquella mañana todo había sido tan maravilloso, que casi parecía inverosímil. Imposible no haberla cagado. “Cuando vas de fraude en fraude no debería chocarte” conseguí descifrar de todo aquel barullo que en mi cabeza estallaba. No importa demasiado quién lo dijera. Volver a pensar en ti me erizó el vello del alma, el almanaque dando vueltas y volví a perder las cuentas. Y de pronto estaba allí, ¿quién no se perdería? Imposible no cagarla, imposible no cagarla, imposible no haberla cagado.
Llegué al paseo marítimo y salté a la arena. De pronto alguien me preguntó, “eh, ¿y tus zapatos?” Pero en realidad no lo preguntó nadie, porque realmente yo estaba allí sola. Yo seguía sola, lo que se estaba convirtiendo en una odiosa rutina. Odiosa pero silenciosa. Es más, en realidad ni me importaba. En realidad, ni siquiera recordaba haber salido de casa con zapato alguno. Pero en la realidad, a diferencia de en mi cabeza, las cosas no son como yo las pregono. Me hundí un poco en la arena y dejé que el frío viento mareiro me calara hasta los huesos, purificando las palabras que ni antes ni después hubieran podido ser peores y midiendo la intensidad y el daño de los hechos hechos hasta el momento, ¿quién iba a saber que podría saber a qué sabía la culpa? Sabe como el remordimiento, pero esas cosas no te las enseñan en primaria. Mal que me pese.
Sentí las caricias de una brisa que no parecía querer tener nada que ver conmigo y vi como una niebla bajaba a arroparme y a darme las buenas noches, con la necia esperanza de que muriera para siempre. Hay quien no desiste en su afán de hacerme desistir. Entonces alcé la mano en la que guardaba mi orgullo, el puño que no había aflojado ni un ápice, y lo lancé con fuerza al mar, con el propósito de que muriera rápido, y no tuviera que soportar la afasia a la que se estaba viendo sometido desde hacía tanto, tanto tiempo.
Pensé que sentiría como si una pequeña parte de mi muriera, pero Decepción me explicó que no puede remorir lo que lleva lustros muerto. Por una parte lo entiendo. Siempre lo entendí. Entonces, de repente, el mundo sí pareció estar pintado a mano, un gran cuadro como los de Coyne, con mi sangre derramada en una de las esquinas inferiores. Y no exactamente derramada en vano. Seguro que evocaría sonrisas en más de uno, fiestas en cualquier parte y muertes por exceso de júbilo. Y así día tras día. El no poder más diario me agota.

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