sábado, 10 de diciembre de 2011
We live half at night
Irradiaba algo,
bueno tal vez, malo quizás, algún tipo de aureola saturada de conocimientos, o
algo así. Puede que algún idiota me retuviera en el arduo camino a
casa y me hiciera algún idiota amago de truco de magia, algo que posiblemente llevara practicando desde que había salido, un fraude absoluto.
Algún idiota truco sin relación alguna con la magia con una idiota
sonrisa acompañada de una posterior carcajada que, de forma, ahora
si, mágica, partió brincando de la mano de la mía para no volver.
El caso es que puede que apreciara a ese idiota. Carcajada soltada,
recuerdo cómo se repitió una escena de la semana anterior, un
intento por su parte de iniciar una conversación insinuando
preguntas fáciles y chistes malos, con el no en la punta de mi
lengua. No un no directo, sino un no evasivo, un no que reserva
algunas sorpresas para el final, para el final lejano, pero que se va
al fin y al cabo. Un no que silba con las más sinceras sonrisas, con
un sol que llega de lado y riendo unos chistes que, cuanto más malos
sean, más gracia hacen. Y en aquel banco se quedó aquel idiota,
aquel sencillo y agradable idiota. Puede que aquel idiota intentara
darme ánimos al ver mi cara larga, que con un palo y su ingenio
hubiera elucubrado no sacarme los ojos pero si alguna sonrisa. Seguí
mi camino, contenta, culpable, sumamente cansada y con una tan gran como
del todo inconsciente sonrisa involuntaria que no me sería más que
contada. Me dió tiempo de inventar un mundo paralelo con su política
y todo en el espacio de tiempo que me quedó hasta la siguiente
interrupción, que no recuerdo demasiado bien. El tiempo de pulsar el
play y escuchar unos primeros acordes que si recuerdo, y escuché un
“hey” lejano. Tal vez no tan lejano como quería aparentar,
resulta que siempre hay alguien apoyándote desde la penumbra, la
casi sombra, los escrutables pero inescrutados caminos de la soledad
y el subconsiente. Puede que me preguntaran algo sobre el examen, o
al menos eso es lo que recuerdo. Les hice un gesto de “más o
menos” sacudiendo la mano, con la cara de agradecida que me salió
en ese momento, y una sonrisa inevitable que había hecho que los
pómulos me impidieran ver a través de los ojos de las cosas. Mi ojo
aristotélico sollozaba de rabia, pero con otra sonrisa. No hace
falta saber la vida de alguien para intentar apoyarle, la mayoría de
las personas tiene problemas; esas dos personas que me gritaban
“suerte” desde las escaleras no eran dos excepciones. No cuesta
nada intentar transmitir algo de energía a los que aparentemente la
necesiten, aunque sea fingida. Recuerdo vagamente cómo el reflejo de
un sol extraviado sobre un papá noel me deslumbró los ojos, y algo
de todo aquello que pensé mientras volvía a casa. Puede que cogiera
algún desvío, alguna calle solitaria, para volver a casa haciendo
el avión como lo hacía con mi padre en la plaza del ayuntamiento de
Blois, o puede que no. No lo recuerdo demasiado bien. De todas
formas, no hace falta sacar una lección moral de todos tus actos de
todos los días, ¿sabéis? Hay quien se suicida cuando tiene que ir
a comprar los sellos para enviar las postales de navidad a su padre,
y hay quien, sencillamente, le cuelga el teléfono mientras sonríe,
puede que llorando un poco por dentro. Pero siempre con una sonrisa.
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