Las cosas van genial, el sol brilla y los gordos cantan
ópera. La agresividad fluyendo en forma de palabras hirientes y sin
sentimientos ya no es cosa del pasado: vuelven, vuelven para atormentarme. Con
sus seductores bailes y sus ojos tiernos, su voracidad y su hambre de utopías
breves pero utópicas. Es entonces cuando los sueños altruistas llaman a mi
puerta con una sonrisa en la cara y un puñal
bajo el brazo. Lástima que siempre me pillen durmiendo o haciendo errados
intentos de suicidio, durmiendo. No creceré más. Ni los techos me quieren
cerca. El suelo se jode.
Ya no es exactamente que las navidades me depriman, sino que
ya no hay nada que no me deprima. Mi padre está allí tan solo, sin nadie, y yo
estoy aquí tan sola, entre tanta gente, con todos los paripés. Me quedaré muy
sola muy muy pronto, doy demasiado asco, soy demasiado gorda, demasiado fea,
demasiado fofa, demasiado irresponsable, demasiado deprimida, demasiado desordenada,
demasiado inmadura, demasiado vaga, demasiado tonta, demasiado nada, y no lo
suficiente algo. No hay nadie para mi, pero yo siempre estoy para todos. Y así
estaré, y siempre abarcando más espacio si la naturaleza sigue su curso.
En ningún lugar hecho para mi hay alguien para mi, tampoco
hay ese lugar hecho para mi, no encajo con nada ni nadie. Soy la única persona
así, si a mi se me puede llamar persona. Un estorbo, medio homúnculo.
Me quedaré en mi rincón, donde mi grasa abrazará a mi grasa
para no pasar frío y yo me quedaré sola, sola y tiritando otra vez, sin
remedio, como siempre; para siempre.
Voy a sufrir, a llorar, a vomitar, a destruirme y a destruir
a otros, y no necesariamente en ese orden.
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