domingo, 11 de diciembre de 2011

Stay gold, Fallboy

Grité como una condenada, y ahí fue cuando me di cuenta de que se me estaba poniendo la voz ronca de casi no hablar con nadie. Y de eso hace ya dos días. Las cosas no van mejorando, lo supe cuando me llamaron por teléfono, y al contestar, me preguntaron “¡Oh, lo siento! ¿Te he despertado?” No me hizo mucha gracia. A la quinta vez colgué directamente. Sólo estoy solicitada cuando lo de hablar me sobrepasa.
Volvía andando a ninguna parte donde nadie me esperaba y una hoja me cayó sobre la frente. Miré a mi alrededor y vi que estaba todo lleno de hojas caídas. “Que extraño,” pensé, “¡pero si ayer era verano!” Recordé cómo, de pequeña, en una situación similar, había preguntado a mi padre que cuándo y dónde caía la primera hoja. Me dijo que tratara de averiguarlo sola, que a lo largo de mi vida fuera buscando las respuestas a mis incesantes preguntas. Me dijo que si alguna vez encontraba la primera hoja, la guardara como mi más preciado tesoro y corriera a enseñársela. Hoy en día, correr a enseñársela sería complicado y lento, tardaría dos horas y media en avión o por ahí, pero la idea sería la misma. Reflexionando, a los pocos días, me di cuenta de que no hay una primera hoja que cae. A cada segundo, en algún lugar, siempre hay hojas cayendo. Hemisferio norte, sur, se hable el idioma que se hable, siempre caen las hojas en un otoño perenne que arrasa la tierra y la llena de amargura. Recuerdo cómo corrí a contarle mi descubrimiento, y recuerdo el pacto que hicimos, recuerdo cómo acordamos que, si alguno de los dos se hacía millonario, compraría una avioneta con asientos para dos y perseguiríamos los otoños hasta el final de nuestras vidas. Ahora sólo pienso en que no me he dado cuenta, en que de un día para otro todo se había llenado de hojas muertas que no tenían ninguna oportunidad por delante, fui pisando por un cementerio de cadáveres que morían en silencio, que sólo el viento y yo recordaríamos, soltando una lágrima por cada hoja que cae en el mundo, soltando una lágrima por todos los que caímos. No sé cuándo he madurado, creo que nunca. Me repito más que el peor poema de Witman pero sin antologías brillantes pendientes de un hilo al filo de los escaparates, mis obras no son obras y por lo tanto no serán recordadas, no soy capaz ni de ayudar a alguien que me lo pida incesantemente, no consigo acabar mis pripios textos y menos los de los demás, y releyéndome me he dado cuenta de que no creo más que basura, que la basura está en mi mente y en mi vida, y que no lograré deshacerme de ella. Voy a acosar a ese imperturbable anochecer con mi avioneta con dos asientos del que sólo podré ocupar uno, con la única esperanza de que, por alguna casualidad, tu yo yo aullemos a la misma luna esta noche; de que no tengas demasiado frío.

No hay comentarios:

Publicar un comentario