Volvía andando a ninguna parte donde
nadie me esperaba y una hoja me cayó sobre la frente. Miré a mi
alrededor y vi que estaba todo lleno de hojas caídas. “Que
extraño,” pensé, “¡pero si ayer era verano!” Recordé cómo,
de pequeña, en una situación similar, había preguntado a mi padre
que cuándo y dónde caía la primera hoja. Me dijo que tratara de
averiguarlo sola, que a lo largo de mi vida fuera buscando las
respuestas a mis incesantes preguntas. Me dijo que si alguna vez
encontraba la primera hoja, la guardara como mi más preciado tesoro
y corriera a enseñársela. Hoy en día, correr a enseñársela sería
complicado y lento, tardaría dos horas y media en avión o por ahí,
pero la idea sería la misma. Reflexionando, a los pocos días, me di
cuenta de que no hay una primera hoja que cae. A cada segundo, en
algún lugar, siempre hay hojas cayendo. Hemisferio norte, sur, se
hable el idioma que se hable, siempre caen las hojas en un otoño
perenne que arrasa la tierra y la llena de amargura. Recuerdo cómo
corrí a contarle mi descubrimiento, y recuerdo el pacto que hicimos,
recuerdo cómo acordamos que, si alguno de los dos se hacía
millonario, compraría una avioneta con asientos para dos y
perseguiríamos los otoños hasta el final de nuestras vidas. Ahora
sólo pienso en que no me he dado cuenta, en que de un día para otro
todo se había llenado de hojas muertas que no tenían ninguna
oportunidad por delante, fui pisando por un cementerio de cadáveres
que morían en silencio, que sólo el viento y yo recordaríamos,
soltando una lágrima por cada hoja que cae en el mundo, soltando una
lágrima por todos los que caímos. No sé cuándo he madurado, creo
que nunca. Me repito más que el peor poema de Witman pero sin
antologías brillantes pendientes de un hilo al filo de los
escaparates, mis obras no son obras y por lo tanto no serán
recordadas, no soy capaz ni de ayudar a alguien que me lo pida
incesantemente, no consigo acabar mis pripios textos y menos los de
los demás, y releyéndome me he dado cuenta de que no creo más que
basura, que la basura está en mi mente y en mi vida, y que no
lograré deshacerme de ella. Voy a acosar a ese imperturbable
anochecer con mi avioneta con dos asientos del que sólo podré
ocupar uno, con la única esperanza de que, por alguna casualidad, tu
yo yo aullemos a la misma luna esta noche; de que no tengas demasiado
frío.
No hay comentarios:
Publicar un comentario