viernes, 7 de diciembre de 2012

Iridescent

Arrepentirse es de débiles.
No dejábamos de tener dieciséis años, quince tal vez, dieciocho si alguien preguntaba. No dejábamos de bailar aunque los tacones nos abrieran llagas. No dejamos que nos afectara lo que nos dijeran, siempre con una falsísima y pintada sonrisa en los labios. Seguíamos disfrutando con largas caladas de Pink Floyd o Depeche Mode cuando nadie miraba, fuimos adictos al café y nos propusimos dejar de fumar cientos de veces. Hundiéndonos un poco más en la miseria tras cada carcajada.
Arrepentirse es de maduros.
Sólo cuando eres consciente puedes sentir remordimientos, y, creeme, si ya eres consciente, es que te has perdido la parte más importante de la vida. La locura es inocua. No debes tener miedo.
Arrepentirse no es para mí.
Siempre buscando el sentirlo todo, cada rozadura que te levanta la piel, cada puñalada que te asestan sus besos, cada gota de lluvia deslizándose por tus mejillas. Vivir siempre elevado al máximo exponente, teniendo siempre un hilo de donde tirar y mil anécdotas que contar.

Y nosotros brillamos más que tú.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Breaking

Sucumbimos. No mirábamos el abismo ni desde abajo tras haber caído inconscientes. Adiós a los problemas con el abismo. Distrajimos a la muerte con música alta y caladas largas. Gritamos a la luna, nos burlamos de ella por brillar con menos fuerza que nosotros. Habíamos olvidado el querer respirar humo. Nosotros éramos el humo. Más nocivos que el dolor. Más negros que nuestros pulmones.

Tuvimos que elegir entre rompernos o la muerte. Elegimos la muerte y aquí estamos.

sábado, 24 de noviembre de 2012

Breakable

Yo mismo no sería una fuente fiable hablando sobre mí mismo.
Sentado me hayo, ante un millón de verbos alocados que amenazan con saltar desde ninguna parte, impidiéndoles el paso. Nunca conseguí callarlos a todos, sentarme bien en clase, escribir nada publicable. Nadie acalló las voces de mi cabeza con un gesto de muñeca, y calada tras calada todo se volvía más confuso. Las miradas, los frenesíes, las camas deshechas. Nada. Ningún sentimiento lograba alzar la voz sobre el estallido de murmullos perpetuo, lo que sucumbió mi mente en la apatía más fría de todas las apatías. El genérico de los escritores, las palabras puras sin cortar y nadando en un mar de revolcones insatisfechos. Ni la orden ni la ley detuvieron fechorías nocturnas; ni la moral ni la ética pidieron al sol que dejase de salir. Todo iba más lento que la justicia, nada brillaba bajo una espesa capa de brillo fatuo ardiendo en la hoguera de la locura. Ni siquiera subrayar servía de algo si le intercalabas las injurias que volvían en sueños para no dejarnos dormir.
Sonreímos mientras pudimos, escapamos a donde quisimos, y ahora nuestras palabras arden trazando barreras infranqueables entre las miradas. Costumbres poco frecuentadas.
Descubrimos que no se podía hablar con una persona sin sentir el calor de su aliento ni el olor de sus retinas, descubrimos que se nos acabaría el tiempo antes de dominar una mísera parte de todas las sensaciones que habíamos dado por dominadas tiempo atrás. Culminamos nuestras carreras sin empezar siquiera a intentar fundirnos con ellas. Y ahora ya da igual.
Recuerdo cómo éramos felices tratando con todas nuestras fuerzas de ser felices. Largas carreras por las aceras de una gran ciudad, de una grandeza ínfima. Ínfima. Recuerdo el día que descubrí que no somos nada.

Todas mis alegorías simulaban, pretenciosas, ser el inicio de una gran novela. La gran novela nunca llegó, mientras los últimos alientos de nuestros líderes sonreían con un “te lo dije”. Todos los escalofríos fueron en vano. Las convulsiones combustionaron al instante de terminar, el tragar saliva era innecesario y las conversaciones vacías no entraron por la puerta de la memoria. “Hay veces que es mejor no decir nada”, decían, ilusos, aquellos que nunca han sufrido el repetir metáforas y volver a sentir el mismo estruendo. Sí, todas las nadas pueden ser escritas aunque vosotros no seáis conscientes de ello, ignorantes. Lo que más debería preocupar a las personas son los no nada. Los no nada marcaron generaciones enteras, los no nada fueron el inicio de la gran revolución terminada en tragedia. Las rutinas, los parpadeos, el cigarrito de antes y el de después. Tienes que ser consciente de que tú no eres tú, y nunca lo serás, le pongas el empeño que le pongas. Tienes que ser consciente del fin de una gran era, un susurro en la historia y una represión constante. Nunca nos dijeron qué camino tomar, gritándonoslo a cada momento, imponiendo una fricción de almas imposible. Y aquí hemos terminado, apuntando unas últimas divagaciones de una mente demasiado inconexa frente al brillar de un pasado mejorando lo presente. Una inconclusa historia, otra inconclusa historia que sumar a todas las inconclusas historias. Sin sueños ni espectativas que cumplir, sin un nombre por el que llorar o perder la cabeza. Sólo otro nombre más en una infinita lista de decepciones que tocan a su fin, sin haber podido sentir el suave roce de un inicio. Siendo polvo, pólvora, conscientes de que nuestro nombre morirá con nuestro nombre, sin artículos ni demostrativos que amorticen su caída.


Lo peor no es que no haya nada, lo peor es que sí la hay. Una nada que lo abarca todo, una nada indefinible e inconcebible por vosotros a miles de niveles que no os molestaréis en tratar de imaginar siquiera.
Nos pusimos metas por el mero placer de desilusionarnos a nosotros mismos y así, quizás, sentir algo.

domingo, 18 de noviembre de 2012

The queen of apes

Las extrañas motas de un querer desenfadado salpicaban sus libretas llenas de huecos y procrastinación. Llegaba a teorías perfectamente falsables, falsables con pasar una página, con la primera cerveza. Podía contrastarlo todo, compararlo todo, era la reina de las definiciones y los ejemplos, siempre con alguna anécdota que sacarse de la manga. Con unos ojos siempre dolientes, pacientes, con el complemento agente eternamente suplicante de una mirada mantenida. No puede. Se le van los ojos.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Serendipia

Arriba. El vello se eriza como un susurro ensombrecedor. El vivo grito de una muerte inminente. La incandescente llama de una apagada juventud. Los fluídos lamentos de un tiempo que corre dejándose las puertas abiertas y las luces encendidas a su paso. Nada importa, nada es nuevo. Un regazo demasiado acogedor como para no significar una horrible y careciente de mera importancia revolución.
Abajo. Las pupilas vuelven a su estado inicial, capturando sin ganas cada efímero anhelo de perversión. Un martirio ciudadano latente bajo esa oscura capa de hormigón. Recuerdos conservados en formol, miradas condensadas al vacío, y el humo escapándose con la gracilidad de los más rotos sueños.

Nuestras eternas dioptrías nos reflejarán cansadas la última gota de esa sangre espesa que es el volátil eco de los inocuos vacíos. El gran astro mirando perplejo cómo la vida sigue girando, como la Tierra sigue viviendo, ajena a todo. Células que mueren de angustia intentando no ser partícipes de absurdas conversaciones, células suicidas ante el reflejo de la estupidez ajena en la suya propia. Células partícipes de un gran holocausto patrocinado por multinacionales exentas de impuestos y conciencia. Esas mil mariposas que recorren nuestros estómagos al beber de la misma boca, esos murciélagos que se las comen cuando respirar deja de ser cosa de dos. Esa oruga rezagada soñando con una hibernación perenne y promiscua. Ese inconfundible olor a apuradas caladas ocultas entre pinceladas a un lienzo nocturno. El destello fugaz de un juego sin vencedores, el eterno perder contra los que nacieron venciendo. Nosotros, los que nacimos vencidos.


Nadamos en la abundancia de una codiciosa miseria, reímos con lágrimas en los ojos y no salimos a la calle por miedo a las cargas policiales. Ya no somos de la generación del decirse adiosito con la mano, sino que salimos corriendo en la dirección contraria implorando que nadie nos devuelva a casa. Hemos roto con las olas desde las rocas, hemos naufragado cada noche en la que buscábamos inmortalidad. Hemos bailado con desconocidos, Dios, hemos desconocido lo indesconocible.
Nos hemos jactado de morir el cada coma, hemos dejado cada carcajada acariciar nuestra garganta antes de iluminar una habitación llena de gente. Somos todo lo que nos queda. Definitivamente, nos hemos jactado de morir en cada cama.
Ya no te llega con los dedos de una mano para contar las mañanas que has sentido el sol en la frente y has cerrado los ojos, cada anochecer llegando a casa siendo el tiempo que te queda, haciendo crujir un mundo bajo tus pies, con su eco condescendiente azotándote el hígado. Hemos vivido la moral, hemos matado la moral, y ahora no nos queda nada. Tendremos que reconstruír esta ciudad desde sus cimientos, ser la moral colectiva e individual de cada semáforo en rojo. Dejar el reloj en modo colibrí y sentarse a esperar el ansiado momento en el que la pesada carga de levantar una sociedad que ha ardido con el fuego de nuestras madrugadas quede a la próxima generación. Siempre seremos la generación probeta, un mero experimento fallido en los cada vez más caros libros de historia. No somos ni el epígrafe de una nota a pie de página, no somos ni el interludio en una poco afamada obra. Ni siquiera sabemos cómo dejar de dejar de ser lo que los demás quieren que seamos.

sábado, 3 de noviembre de 2012

When angels deserve to die

Normal que nadie quiera fundirse con ella.
Colapsada, sádica, le duelen los ojos y siente que una inminente catarsis se acerca a arrancarle el pecho, que unas lágrimas secas crearán las olas que se llevarán los resquicios de las tardes soleadas y esos recuerdos rotos y desteñidos. No puede ser más jodidamente egoísta, odia ser tan jodidamente egoísta, pero nada. Un sol mentiroso como nadie le desvela el secreto de su éxito atrapando las morales de los mortales, haciéndoles pensar que siguen en el "oh dios mío" cuando ya están en el "hola San Pedro"

domingo, 14 de octubre de 2012

Am I inside?

Tenían en común cosas muy bonitas, sabiendo así crear belleza cuando estaban juntos. La dulzura de ella unida al genio y la disposición de él les hacía, cuanto menos, muy fuertes. Ella ponía la sonrisa y él los sermones. Entre ellos siempre hubo una gran cordialidad, pero nunca llegarían a ser la pareja ideal, les fallaba la chispa. Ambos valoraban las pequeñas cosas de la vida, y ella estaba dispuesta a soportar un poco más de control, ya que consideraba que valía la pena.
Ella había visto el mundo desde la comodidad de la parte trasera de un autobús, buscaba seguir volando por encima de sus cabezas sin que nadie la viera, buscaba huir. Necesitaba encontrar en su mente el camino verdadero, que solucionase las mismas contradicciones por las que se veía tan atraída. Con su siempre voluntad muy débil, con su forma tan extraña de callar y asumir. Disfrutar de los silencios, de la comodidad y de calor que arropa un hermoso frío.
No se habría pensado dos veces cambiarlo todo por él, aunque fueran dos completos desconocidos. Ella volaba libre, él la observaba desde el suelo. Le agarraba por el tobillo cuando estaban juntos, la bajaba a su altura y se fundían en un largo beso, ambos con los pies en el suelo.
No podía ser tan difícil encontrar una excusa para verse a solas cuando lo habían conseguido siempre que quisieron. La tarea más dura residía en encontrar el camino por el que se perdían los pensamientos del otro. El "¿en qué estará pensando ahora?", el "¿por qué sonríe?", el "¿por qué estará tan callada hoy?" eran la máxima dificultad a la que se enfrentaban cuando estaban juntos, cuando tornaban las horas en minutos y los minutos en segundos, cuando ella se obsesionaba con que cada momento se desvaneciera en una infinita espiral de desesperación, que terminara y no volviera jamás, y él sencillamente cantaba con el mar reflejado en la cara.

sábado, 6 de octubre de 2012

The bad player

Mi cuerpo vibraba gélido, mientras el tuyo ardía, fundiendo la escarcha de mi piel a cada roce. Tú inspirabas mis expiraciones, y yo te correspondía sin el menor esfuerzo. Todo parecía tan irreal.
Mi cumpleaños siempre me había parecido la fecha de la irrealidad por excelencia. Demasiado especial como para ignorarlo, pero demasiado normal para llegar a emocionarme. Sin poder controlarlo pero sin poder sentir nada. Así eres tú. No logro encontrar el punto en el que me importe de verdad. Claro que, si pudiera manipular el tiempo, me haría una casa con tus besos y viviría en ellos.
Soy de ese tipo de personas depresivas y oscuras que arrastra a los demás a la locura. Intentando siempre evitar el ser concreta; discreta y solemne. Temblorosa entre tus brazos.
No quiero hablar de sentimientos contigo. No quiero contarte mis delirios y problemas. Sólo quiero escucharte y perderme en tus besos. Ahí dentro no caben los problemas. Sólo son dos sonrisas mordidas, dos sonrisas hechas una.
La destrucción es lo más rápido, momentáneo, natural y destructivo. Tardas un segundo en romper un vaso, pero media hora en pegar los trocitos hechos añicos. Tardas un segundo en cortarte, pero la cicatriz siempre estará ahí. Puedes perder un minuto de tu vida presentándote a alguien, o toda la vida intentando olvidarle. Puedes pasar un minuto disfrutando de ese minuto, y unas mil horas posteriores intentando recordarlo con la lucidez esperada. Esperando recrearlo en tus sueños. Pero siempre en vano.
No estoy hecha para que querer a nadie, ni creo que pudiera ser capaz de hacer que alguien llegue a quererme nunca. Será la mala suerte, o la justicia moral, o todo lo contrario. A lo mejor no es nada, pero nunca encuentro las palabras en el momento en el que las necesito de verdad. Y, sin embargo, sigo pasando noches enteras en vela jugando con ellas, sin impedirles el adueñarse de mí.
La peor sensación del mundo es estar sentada en una clase, sola, rodeada de gente y apoyada por sonrisas, perdida entre risas y conversaciones banales; pero sola. Siendo mi mano la que sostiene mi cuello y no la tuya. Siendo tu imagen la que ronda por mi mente y no la mía. Aún con tu sabor en la boca.
Nada de esto es real. Nada sucede de verdad. Nada dorado puede permanecer. La relevancia es simbólica, los sentimientos nulos, tus besos efímeros. Nado en un mar de viejos besos, rotos en mil pedazos, gastados. Consumidos hasta su desaparición.
Sigo gélida.

Tengo que intentar dejar de ser la reina de hielo entre tus brazos de azufre, tu lengua de fuego. Sentir.

Swimming in the smoke

Quiero fumarte entero, que no queden de ti más que las cenizas y el filtro, renovarme interiormente con tu humo. Quiero vivir eternamente en tus besos.
No te pido amor eterno, te pido besos infinitos, te pido coser tus labios a mi cuello y que no se separen para nada. Te pido historias a la luz de una farola con tus ojos mirando mi boca. Te pido calor.

No te pido amor de ningún tipo, ni que me comprendas, ni que intentes conocerme. No te pido que me lleves de la mano por la calle, ni que me beses en cada semáforo. Ni siquiera te pido ningún tipo de "nosotros". Sólo te pido que me dejes cobijarme en tus besos, que me dejes entrar para dar esquinazo a los problemas. Que comprendas que no hay nada que comprender; que seamos solo tú y yo, dos completos desconocidos intercambiando mordiscos. Compartiendo mi frío contigo.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Burning in the skies

Miré el periódico, y una vez más pensé en lo retórico y suciamente hipócrita de la situación. Cada objeto, paralelo a cada letra de mis columnas, combinaban en perfecta armonía. La vida era preciosa, y quería morir.

- Mira, Jack. ¡Mírate, especie de despojo! Duermes bajo un puente, y usas de manta tus propias publicaciones. ¡Tus libros están alimentando la jodida hoguera, Jack!
Y aquel pobre hombre reía, dejando salir a relucir una desdentada sonrisa, una especie de mueca medio en ruinas, preciosamente extraña. Se le tersaba la piel del cuello al reír, y, a ambos lados de las comisuras de sus labios, las arrugas formadas me recordaron al pasaje en el que Moisés abre las aguas para ayudar a su pueblo a huir. Daba un toque de mesías a su rostro, me recordó a las putas monjas de mi infancia, a todas las horas bailando solo en el internado, a la libertad. Su risa era libertad, y su libertad me llamaba. Y fui libre con el.

Había pasado mi vida buscando el salvar a los demás, escribiendo sin parar retahílas de cosas aleatorias, todas sin sentido aparente pero con mil significados ocultos, con millones de razones por las que huir de cada esquina en la que me liaba un canuto pensando en no volver jamás. Toda la vida bajo el enorme y embriagador puente de las ciudades madres que me sacaban de la cama cada mañana, que eran mi cama, mi cuna, mi despertador y mi cepillo de dientes. Pensé en lo demasiado afortunados que éramos. No teníamos para comer, pero podíamos robar. La droga se nos acababa, pero nos quedaban las viejas historias y la armónica de aquel tipo, el de los poemas de Morrison. La esperanza marchitaba, pero permanecía así, mustia, como una canción en reproducción automática. Siempre con los mismos sentimientos y acordes, siempre llorando en paz.
Aquel jueves tenía una entrevista de trabajo. Había conseguido un traje, tiempo atrás, pero no supe qué pensar. El traje empezó a ser comunitario hará como unos tres meses, cuando a ese pobre hombre lo echaron de la sucursal en la que curraba y su mujer decidió empezar a ser feliz. Fue increíble. Quiero decir, ¿después de tantos años, cómo puede seguir teniendo alguien fuerzas para intentarlo siquiera? Yo no lo habría hecho. Y el pobre tipo se vino con lo puesto, con lo puesto y un traje envuelto en una bolsa plástica. No es que quisiera aprovecharme de el, siempre fue legal conmigo y nunca causó problemas. Pero le arrancaría ese traje de sus manos inertes si mi ánsia llegara en el momento oportuno.