sábado, 22 de enero de 2011

Ahora no es momento de echarse atrás.

Algo esaba cambiando de una vez para siempre.
Era feliz.
  - ¿En qué piensas? - le preguntó Paul.
  - En nada. Tenía la mente en blanco.
  - Venga, hombre, dime lo que se siente en este momento – insistió Paul.
¿Sentir? Podía sentir un océano de impulsos cuando componía una canción, o cantándola en público. Era como vivir diez, cien vidas. Cada pequeña parte formaba un núcleo en torno al cual giraban otras y otras más. Eso era sentir, y sacar fuera cada ángel y cada demonio. La música creaba el entorno, y era la vieja carretilla amarilla, la misma que conducía a Oz, la que se abría paso hasta los confines de su ser y desde allí a todas direcciones.
Mientras que en aquel momento... Tal vez el piso fuese ese confín. Allí partía de cero. Aquellas paredes oirían su voz y serían testigos de cada pequeño o gran momento. Canciones, amor, música, libertad.
  - Recuerdo que una vez me dijiste que lo conseguiríamos – dijo John.
  - ¿Qué tiene que ver eso...?
  - Es lo que siento – siguió el –. ¿No querías saber lo que siento? Pues es esto, ni más ni menos: vamos a conseguirlo.
El rostro de Paul se iluminó.
  - ¿Estás seguro?
  - Si. cuando murió mi madre, me dijiste otra cosa: que estaba solo, y ahora me doy cuenta de que es así. Estoy solo, y no dependo más que de mi mismo. Está el grupo, nuestra música, pero yo ya no tengo lazos. Si esto no sale bien, ¿qué demonios me queda? Por eso sé que saldrá bien. Mi madre murió por algo.
  - No, John, eso no es verdad – objetó su amigo.
  - Necesito creer que fue asi, ¿no lo entiendes?



Jordi Sierra i Fabra - El joven Lennon.

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