martes, 18 de enero de 2011

RABIA.

  Guardé las balas en el bolsillo de los pantalones y extraje el encendedor. No fumo, pero aquel objeto en cierto modo había despertado mi fantasía. Lo encendí, me agaché y prendí fuego a toda la basura que había acumulado en el fondo del ropero.
Las llamas saltaron con avidez de las ropas de gimnasia a las bolsas de desayuno, los envoltorios de caramelos y los restos de mis libros, llevando hasta mi un atlético olor a sudor.
Después, considerando que ya había llegado demasiado lejos, cerré la puerta de la taquilla. Justo encima de la etiqueta Con-Tact con mi nombre había unos pequeños respiraderos, a través de los cuales me llegó el crepitar de las llamas. Momentos después unas pequeñas puntas anaranjadas brillaban en la oscuridad, tras los respiraderos, y la pintura gris del ropero empezó a cuartearse y saltar.
  En este instante salió de la clase del señor Johnson un chico con pase verde para el baño. Contempló el humo que surgía alegremente de los respiraderos, me miró y echó a correr hacia el lavabo.
No creo que viera la pistola; no corría tanto.

Stephen King - Rabia.

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