lunes, 24 de diciembre de 2012

Lul mode

Seis horas de nuestras manos intentando llegar al suelo mucho antes de dentro de seis horas. Las primeras veces que dijimos que sería la última antes de la falsicicación moral. Veamos, piedras en el camino un lunes a las cuatro, vómito en las escaleras un martes a las ocho.
Originalidad metafísica, eres grande, desacostumbras las manchas y trenzas. No podemos hacer más, hola, quiero decir, volar sin referirse a nada en concreto y mucho menos a los orígenes y causas. Quieres dejarte crecer el pelo, contacto basura, un coche rojo, que te paguen una mierda, tener un jefe en el que cagarte... yo digo salid a la calle y dejar de hundiros en vuestra propia melancolía. Vengo de trabajar tan temprano que nadie más que yo podría llegar a saber que existo. Y puede que ni eso. El sol me da tan en la cara que sólo puedo sacarme las gafas y mirar al centro de esa luz. No siento. Todo es blanco. Entonces pasa un camión al que no veo. Y ahí muero, en plena calada.

Afonía

Sinfonías colindantes que te incitan a devorar letras, letras devorantes a las que nadie intenta siquiera controlar. Poder volar por encima de nuestras posibilidades sin pensar en lo larga y dolorosa que será la caída, sin imaginar la resaca que tendremos mañana.
Has dicho "a la mierda", ¿no?
Taparte con una manta y desaparecer, envolverte en cualquier foco de calor y no volver a salir hasta que hayan muerto todos. Descubrir que también se puede estar solo solísimo en el mundo en un plano meramente físico. Querer saber lo que se siente. Girarte a indagar entre las escasas luces, gritarle a las sombras para que dejen de seguirte, perderte en la noche en la que nadie es nombrado, donde tu locura y tu demencia sólo son el arco que cede el turno de palabra a una inminente catarsis. Verborrea. Citas textuales. Manos sudorosas. Temblores. Do, re, mi, fa.

martes, 11 de diciembre de 2012

Incoherexo

Dais muchísima más importancia a las cosas de la que tiene. Queréis elegir un cubierto que os sea más cómodo, una comida que sepa mejor, una tele más grande, y el perfume más pretencioso del catálogo. Os centrais en centraros y dejáis de lado los hechos, lo tangible, por disfrutar del mero concepto. Es casi tan banal como corruptas vuetras éticas. Sois los hijos de una revolución violada por el capitalismo y por la envidia, por la eterna plegaria de la razón para no ser doblegada por la lujuria. Y esas estúpidas conversaciones vacías, esas discusiones por cosas por las que ni yo, Mrs. Amante de las Discusiones y los Argumentos, me esforzaría en mantener. Las cosas tienen muchísima menos importancia de la que vosotros le dais, gastando el tiempo que os queda. Malgastándolo sin daros cuenta.
Nosotros vivimos en el hoyo del vicio, pero vemos la salida. Otra cosa es que nos movamos hacia ella o no. Sabemos exactamente todo lo que hacemos mal, y lo que deberíamos hacer para solucionarlo. Y, aun así, aquí estamos, rompiendo nuestras promesas contra el bordillo.

Disfrutad un poco de la vida, cambiad de emisora y bailad algo de Queen en la cocina en vez de escuchar las noticias. Cortad con el puto mundo real; está claro que no es por él, es por ti, no te sigue el ritmo. Escribid sentados en un banco aunque vuestra piel empiece a hervir. Pasead bajo el gran pudoroso cielo. Enfadaos con el mundo y gritad "¡Que le jodan al espejo hoy! Voy a ser yo. Voy a entonar mis odas y a bailar bajo la lluvia de miradas incomprensibles. Voy a llorar cuando esté contento y a reír cuando esté triste. Solo necesito sentir el viento en el pelo y el mortecino frio en mis desgastadas neuronas"

viernes, 7 de diciembre de 2012

Iridescent

Arrepentirse es de débiles.
No dejábamos de tener dieciséis años, quince tal vez, dieciocho si alguien preguntaba. No dejábamos de bailar aunque los tacones nos abrieran llagas. No dejamos que nos afectara lo que nos dijeran, siempre con una falsísima y pintada sonrisa en los labios. Seguíamos disfrutando con largas caladas de Pink Floyd o Depeche Mode cuando nadie miraba, fuimos adictos al café y nos propusimos dejar de fumar cientos de veces. Hundiéndonos un poco más en la miseria tras cada carcajada.
Arrepentirse es de maduros.
Sólo cuando eres consciente puedes sentir remordimientos, y, creeme, si ya eres consciente, es que te has perdido la parte más importante de la vida. La locura es inocua. No debes tener miedo.
Arrepentirse no es para mí.
Siempre buscando el sentirlo todo, cada rozadura que te levanta la piel, cada puñalada que te asestan sus besos, cada gota de lluvia deslizándose por tus mejillas. Vivir siempre elevado al máximo exponente, teniendo siempre un hilo de donde tirar y mil anécdotas que contar.

Y nosotros brillamos más que tú.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Breaking

Sucumbimos. No mirábamos el abismo ni desde abajo tras haber caído inconscientes. Adiós a los problemas con el abismo. Distrajimos a la muerte con música alta y caladas largas. Gritamos a la luna, nos burlamos de ella por brillar con menos fuerza que nosotros. Habíamos olvidado el querer respirar humo. Nosotros éramos el humo. Más nocivos que el dolor. Más negros que nuestros pulmones.

Tuvimos que elegir entre rompernos o la muerte. Elegimos la muerte y aquí estamos.

sábado, 24 de noviembre de 2012

Breakable

Yo mismo no sería una fuente fiable hablando sobre mí mismo.
Sentado me hayo, ante un millón de verbos alocados que amenazan con saltar desde ninguna parte, impidiéndoles el paso. Nunca conseguí callarlos a todos, sentarme bien en clase, escribir nada publicable. Nadie acalló las voces de mi cabeza con un gesto de muñeca, y calada tras calada todo se volvía más confuso. Las miradas, los frenesíes, las camas deshechas. Nada. Ningún sentimiento lograba alzar la voz sobre el estallido de murmullos perpetuo, lo que sucumbió mi mente en la apatía más fría de todas las apatías. El genérico de los escritores, las palabras puras sin cortar y nadando en un mar de revolcones insatisfechos. Ni la orden ni la ley detuvieron fechorías nocturnas; ni la moral ni la ética pidieron al sol que dejase de salir. Todo iba más lento que la justicia, nada brillaba bajo una espesa capa de brillo fatuo ardiendo en la hoguera de la locura. Ni siquiera subrayar servía de algo si le intercalabas las injurias que volvían en sueños para no dejarnos dormir.
Sonreímos mientras pudimos, escapamos a donde quisimos, y ahora nuestras palabras arden trazando barreras infranqueables entre las miradas. Costumbres poco frecuentadas.
Descubrimos que no se podía hablar con una persona sin sentir el calor de su aliento ni el olor de sus retinas, descubrimos que se nos acabaría el tiempo antes de dominar una mísera parte de todas las sensaciones que habíamos dado por dominadas tiempo atrás. Culminamos nuestras carreras sin empezar siquiera a intentar fundirnos con ellas. Y ahora ya da igual.
Recuerdo cómo éramos felices tratando con todas nuestras fuerzas de ser felices. Largas carreras por las aceras de una gran ciudad, de una grandeza ínfima. Ínfima. Recuerdo el día que descubrí que no somos nada.

Todas mis alegorías simulaban, pretenciosas, ser el inicio de una gran novela. La gran novela nunca llegó, mientras los últimos alientos de nuestros líderes sonreían con un “te lo dije”. Todos los escalofríos fueron en vano. Las convulsiones combustionaron al instante de terminar, el tragar saliva era innecesario y las conversaciones vacías no entraron por la puerta de la memoria. “Hay veces que es mejor no decir nada”, decían, ilusos, aquellos que nunca han sufrido el repetir metáforas y volver a sentir el mismo estruendo. Sí, todas las nadas pueden ser escritas aunque vosotros no seáis conscientes de ello, ignorantes. Lo que más debería preocupar a las personas son los no nada. Los no nada marcaron generaciones enteras, los no nada fueron el inicio de la gran revolución terminada en tragedia. Las rutinas, los parpadeos, el cigarrito de antes y el de después. Tienes que ser consciente de que tú no eres tú, y nunca lo serás, le pongas el empeño que le pongas. Tienes que ser consciente del fin de una gran era, un susurro en la historia y una represión constante. Nunca nos dijeron qué camino tomar, gritándonoslo a cada momento, imponiendo una fricción de almas imposible. Y aquí hemos terminado, apuntando unas últimas divagaciones de una mente demasiado inconexa frente al brillar de un pasado mejorando lo presente. Una inconclusa historia, otra inconclusa historia que sumar a todas las inconclusas historias. Sin sueños ni espectativas que cumplir, sin un nombre por el que llorar o perder la cabeza. Sólo otro nombre más en una infinita lista de decepciones que tocan a su fin, sin haber podido sentir el suave roce de un inicio. Siendo polvo, pólvora, conscientes de que nuestro nombre morirá con nuestro nombre, sin artículos ni demostrativos que amorticen su caída.


Lo peor no es que no haya nada, lo peor es que sí la hay. Una nada que lo abarca todo, una nada indefinible e inconcebible por vosotros a miles de niveles que no os molestaréis en tratar de imaginar siquiera.
Nos pusimos metas por el mero placer de desilusionarnos a nosotros mismos y así, quizás, sentir algo.

domingo, 18 de noviembre de 2012

The queen of apes

Las extrañas motas de un querer desenfadado salpicaban sus libretas llenas de huecos y procrastinación. Llegaba a teorías perfectamente falsables, falsables con pasar una página, con la primera cerveza. Podía contrastarlo todo, compararlo todo, era la reina de las definiciones y los ejemplos, siempre con alguna anécdota que sacarse de la manga. Con unos ojos siempre dolientes, pacientes, con el complemento agente eternamente suplicante de una mirada mantenida. No puede. Se le van los ojos.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Serendipia

Arriba. El vello se eriza como un susurro ensombrecedor. El vivo grito de una muerte inminente. La incandescente llama de una apagada juventud. Los fluídos lamentos de un tiempo que corre dejándose las puertas abiertas y las luces encendidas a su paso. Nada importa, nada es nuevo. Un regazo demasiado acogedor como para no significar una horrible y careciente de mera importancia revolución.
Abajo. Las pupilas vuelven a su estado inicial, capturando sin ganas cada efímero anhelo de perversión. Un martirio ciudadano latente bajo esa oscura capa de hormigón. Recuerdos conservados en formol, miradas condensadas al vacío, y el humo escapándose con la gracilidad de los más rotos sueños.

Nuestras eternas dioptrías nos reflejarán cansadas la última gota de esa sangre espesa que es el volátil eco de los inocuos vacíos. El gran astro mirando perplejo cómo la vida sigue girando, como la Tierra sigue viviendo, ajena a todo. Células que mueren de angustia intentando no ser partícipes de absurdas conversaciones, células suicidas ante el reflejo de la estupidez ajena en la suya propia. Células partícipes de un gran holocausto patrocinado por multinacionales exentas de impuestos y conciencia. Esas mil mariposas que recorren nuestros estómagos al beber de la misma boca, esos murciélagos que se las comen cuando respirar deja de ser cosa de dos. Esa oruga rezagada soñando con una hibernación perenne y promiscua. Ese inconfundible olor a apuradas caladas ocultas entre pinceladas a un lienzo nocturno. El destello fugaz de un juego sin vencedores, el eterno perder contra los que nacieron venciendo. Nosotros, los que nacimos vencidos.


Nadamos en la abundancia de una codiciosa miseria, reímos con lágrimas en los ojos y no salimos a la calle por miedo a las cargas policiales. Ya no somos de la generación del decirse adiosito con la mano, sino que salimos corriendo en la dirección contraria implorando que nadie nos devuelva a casa. Hemos roto con las olas desde las rocas, hemos naufragado cada noche en la que buscábamos inmortalidad. Hemos bailado con desconocidos, Dios, hemos desconocido lo indesconocible.
Nos hemos jactado de morir el cada coma, hemos dejado cada carcajada acariciar nuestra garganta antes de iluminar una habitación llena de gente. Somos todo lo que nos queda. Definitivamente, nos hemos jactado de morir en cada cama.
Ya no te llega con los dedos de una mano para contar las mañanas que has sentido el sol en la frente y has cerrado los ojos, cada anochecer llegando a casa siendo el tiempo que te queda, haciendo crujir un mundo bajo tus pies, con su eco condescendiente azotándote el hígado. Hemos vivido la moral, hemos matado la moral, y ahora no nos queda nada. Tendremos que reconstruír esta ciudad desde sus cimientos, ser la moral colectiva e individual de cada semáforo en rojo. Dejar el reloj en modo colibrí y sentarse a esperar el ansiado momento en el que la pesada carga de levantar una sociedad que ha ardido con el fuego de nuestras madrugadas quede a la próxima generación. Siempre seremos la generación probeta, un mero experimento fallido en los cada vez más caros libros de historia. No somos ni el epígrafe de una nota a pie de página, no somos ni el interludio en una poco afamada obra. Ni siquiera sabemos cómo dejar de dejar de ser lo que los demás quieren que seamos.

sábado, 3 de noviembre de 2012

When angels deserve to die

Normal que nadie quiera fundirse con ella.
Colapsada, sádica, le duelen los ojos y siente que una inminente catarsis se acerca a arrancarle el pecho, que unas lágrimas secas crearán las olas que se llevarán los resquicios de las tardes soleadas y esos recuerdos rotos y desteñidos. No puede ser más jodidamente egoísta, odia ser tan jodidamente egoísta, pero nada. Un sol mentiroso como nadie le desvela el secreto de su éxito atrapando las morales de los mortales, haciéndoles pensar que siguen en el "oh dios mío" cuando ya están en el "hola San Pedro"

domingo, 14 de octubre de 2012

Am I inside?

Tenían en común cosas muy bonitas, sabiendo así crear belleza cuando estaban juntos. La dulzura de ella unida al genio y la disposición de él les hacía, cuanto menos, muy fuertes. Ella ponía la sonrisa y él los sermones. Entre ellos siempre hubo una gran cordialidad, pero nunca llegarían a ser la pareja ideal, les fallaba la chispa. Ambos valoraban las pequeñas cosas de la vida, y ella estaba dispuesta a soportar un poco más de control, ya que consideraba que valía la pena.
Ella había visto el mundo desde la comodidad de la parte trasera de un autobús, buscaba seguir volando por encima de sus cabezas sin que nadie la viera, buscaba huir. Necesitaba encontrar en su mente el camino verdadero, que solucionase las mismas contradicciones por las que se veía tan atraída. Con su siempre voluntad muy débil, con su forma tan extraña de callar y asumir. Disfrutar de los silencios, de la comodidad y de calor que arropa un hermoso frío.
No se habría pensado dos veces cambiarlo todo por él, aunque fueran dos completos desconocidos. Ella volaba libre, él la observaba desde el suelo. Le agarraba por el tobillo cuando estaban juntos, la bajaba a su altura y se fundían en un largo beso, ambos con los pies en el suelo.
No podía ser tan difícil encontrar una excusa para verse a solas cuando lo habían conseguido siempre que quisieron. La tarea más dura residía en encontrar el camino por el que se perdían los pensamientos del otro. El "¿en qué estará pensando ahora?", el "¿por qué sonríe?", el "¿por qué estará tan callada hoy?" eran la máxima dificultad a la que se enfrentaban cuando estaban juntos, cuando tornaban las horas en minutos y los minutos en segundos, cuando ella se obsesionaba con que cada momento se desvaneciera en una infinita espiral de desesperación, que terminara y no volviera jamás, y él sencillamente cantaba con el mar reflejado en la cara.

sábado, 6 de octubre de 2012

The bad player

Mi cuerpo vibraba gélido, mientras el tuyo ardía, fundiendo la escarcha de mi piel a cada roce. Tú inspirabas mis expiraciones, y yo te correspondía sin el menor esfuerzo. Todo parecía tan irreal.
Mi cumpleaños siempre me había parecido la fecha de la irrealidad por excelencia. Demasiado especial como para ignorarlo, pero demasiado normal para llegar a emocionarme. Sin poder controlarlo pero sin poder sentir nada. Así eres tú. No logro encontrar el punto en el que me importe de verdad. Claro que, si pudiera manipular el tiempo, me haría una casa con tus besos y viviría en ellos.
Soy de ese tipo de personas depresivas y oscuras que arrastra a los demás a la locura. Intentando siempre evitar el ser concreta; discreta y solemne. Temblorosa entre tus brazos.
No quiero hablar de sentimientos contigo. No quiero contarte mis delirios y problemas. Sólo quiero escucharte y perderme en tus besos. Ahí dentro no caben los problemas. Sólo son dos sonrisas mordidas, dos sonrisas hechas una.
La destrucción es lo más rápido, momentáneo, natural y destructivo. Tardas un segundo en romper un vaso, pero media hora en pegar los trocitos hechos añicos. Tardas un segundo en cortarte, pero la cicatriz siempre estará ahí. Puedes perder un minuto de tu vida presentándote a alguien, o toda la vida intentando olvidarle. Puedes pasar un minuto disfrutando de ese minuto, y unas mil horas posteriores intentando recordarlo con la lucidez esperada. Esperando recrearlo en tus sueños. Pero siempre en vano.
No estoy hecha para que querer a nadie, ni creo que pudiera ser capaz de hacer que alguien llegue a quererme nunca. Será la mala suerte, o la justicia moral, o todo lo contrario. A lo mejor no es nada, pero nunca encuentro las palabras en el momento en el que las necesito de verdad. Y, sin embargo, sigo pasando noches enteras en vela jugando con ellas, sin impedirles el adueñarse de mí.
La peor sensación del mundo es estar sentada en una clase, sola, rodeada de gente y apoyada por sonrisas, perdida entre risas y conversaciones banales; pero sola. Siendo mi mano la que sostiene mi cuello y no la tuya. Siendo tu imagen la que ronda por mi mente y no la mía. Aún con tu sabor en la boca.
Nada de esto es real. Nada sucede de verdad. Nada dorado puede permanecer. La relevancia es simbólica, los sentimientos nulos, tus besos efímeros. Nado en un mar de viejos besos, rotos en mil pedazos, gastados. Consumidos hasta su desaparición.
Sigo gélida.

Tengo que intentar dejar de ser la reina de hielo entre tus brazos de azufre, tu lengua de fuego. Sentir.

Swimming in the smoke

Quiero fumarte entero, que no queden de ti más que las cenizas y el filtro, renovarme interiormente con tu humo. Quiero vivir eternamente en tus besos.
No te pido amor eterno, te pido besos infinitos, te pido coser tus labios a mi cuello y que no se separen para nada. Te pido historias a la luz de una farola con tus ojos mirando mi boca. Te pido calor.

No te pido amor de ningún tipo, ni que me comprendas, ni que intentes conocerme. No te pido que me lleves de la mano por la calle, ni que me beses en cada semáforo. Ni siquiera te pido ningún tipo de "nosotros". Sólo te pido que me dejes cobijarme en tus besos, que me dejes entrar para dar esquinazo a los problemas. Que comprendas que no hay nada que comprender; que seamos solo tú y yo, dos completos desconocidos intercambiando mordiscos. Compartiendo mi frío contigo.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Burning in the skies

Miré el periódico, y una vez más pensé en lo retórico y suciamente hipócrita de la situación. Cada objeto, paralelo a cada letra de mis columnas, combinaban en perfecta armonía. La vida era preciosa, y quería morir.

- Mira, Jack. ¡Mírate, especie de despojo! Duermes bajo un puente, y usas de manta tus propias publicaciones. ¡Tus libros están alimentando la jodida hoguera, Jack!
Y aquel pobre hombre reía, dejando salir a relucir una desdentada sonrisa, una especie de mueca medio en ruinas, preciosamente extraña. Se le tersaba la piel del cuello al reír, y, a ambos lados de las comisuras de sus labios, las arrugas formadas me recordaron al pasaje en el que Moisés abre las aguas para ayudar a su pueblo a huir. Daba un toque de mesías a su rostro, me recordó a las putas monjas de mi infancia, a todas las horas bailando solo en el internado, a la libertad. Su risa era libertad, y su libertad me llamaba. Y fui libre con el.

Había pasado mi vida buscando el salvar a los demás, escribiendo sin parar retahílas de cosas aleatorias, todas sin sentido aparente pero con mil significados ocultos, con millones de razones por las que huir de cada esquina en la que me liaba un canuto pensando en no volver jamás. Toda la vida bajo el enorme y embriagador puente de las ciudades madres que me sacaban de la cama cada mañana, que eran mi cama, mi cuna, mi despertador y mi cepillo de dientes. Pensé en lo demasiado afortunados que éramos. No teníamos para comer, pero podíamos robar. La droga se nos acababa, pero nos quedaban las viejas historias y la armónica de aquel tipo, el de los poemas de Morrison. La esperanza marchitaba, pero permanecía así, mustia, como una canción en reproducción automática. Siempre con los mismos sentimientos y acordes, siempre llorando en paz.
Aquel jueves tenía una entrevista de trabajo. Había conseguido un traje, tiempo atrás, pero no supe qué pensar. El traje empezó a ser comunitario hará como unos tres meses, cuando a ese pobre hombre lo echaron de la sucursal en la que curraba y su mujer decidió empezar a ser feliz. Fue increíble. Quiero decir, ¿después de tantos años, cómo puede seguir teniendo alguien fuerzas para intentarlo siquiera? Yo no lo habría hecho. Y el pobre tipo se vino con lo puesto, con lo puesto y un traje envuelto en una bolsa plástica. No es que quisiera aprovecharme de el, siempre fue legal conmigo y nunca causó problemas. Pero le arrancaría ese traje de sus manos inertes si mi ánsia llegara en el momento oportuno.

Our shadows taller than our soul

Es como intentar explicar por qué canto sola, por qué adoro salir cuando llueve, asomarme a la ventana y ser lluvia. Es como conseguir entender por qué no siento nada, por qué consigo forzar a mi cuerpo a moverse, pero no hago que mi mente crea en el dolor, que mi corazón deje de latir, que mis ojos vean objetos nítidos.

Es el eterno intentar salvarlos a todos, el inconfundible llanto de impotencia, el famoso "Numb" del que tanto hablan. El piadoso pisar sobre las piedras y escucharlas crujir a llegar a casa de noche. Yo soy ese sonido de pasar páginas pasada la media noche, esa despedida que evita el roce y el cariño, ese hola y adiós.
No dudes de que me vas a malentender, porque "Mrs. Malentendidos" es mi apodo de jugar al poker, de jugar a intentar comprender las relaciones humanas. Yo misma lo terjiverso todo para dar el toque incomprensible a mis relatos, a mis monólogos. A mi vida. A cada gota de lluvia que me moje la sonrisa, me enfríe los rosados pómulos y me haga sentir algo, sea lo que sea.
Cada mirada mía es un "Vas a descubrirlo tú solo, no pienso soltar nada sobre mi. A no ser que me invites a unas copas".

viernes, 21 de septiembre de 2012

And if bridges gotta fall, then you'll fall too

¿Quieres sentir frío? Ven, acércate. Déjame perderte en el universo de mi gélido abrazo, en el que las cosas nunca vuelven a ser lo que eran. Déjame decirte lo precioso que estás esta noche, déjame apilarte sobre la cama con el resto de ropa sin doblar. ¿De verdad quieres sentirlo? Sube a mi torre, escala por la enredadera de pompas de jabón que exhalé entre escueto y escueto sueño insomne, donde nunca brille el sol, donde siempre mirar abajo pensando el el abrazo del abismo. Déjame contarte mi historia a través de ese beso de la muerte, ese escalofrío y esas uñas clavadas en mi espalda.

Pongamos una y mil veces la misma canción hasta saber deletrear cada acorde, hasta saber el nombre de cada poro de mi piel que se excita con el frío susurro de un altavoz vibrando y cayendo. Hecho vainilla.
Léeme mi libro preferido del que conozco cada punto, cada coma. Léemelo y hazme sentir como si fuera la primera vez. Hazme sentir que mis teorías sobre la tala indiscriminada, sobre la deforestación actual de las almas puras no eran más que delirios de una mente inconsciente en un baile constante, demasiado sumergido en una música lógica y pautada para pensar con coherencia. Volvamos a cantar al mar todas nuestras historias en forma de canción, desentonemos todo lo que podamos. Respiremos humo. ¡Seamos humo! Fluyamos como la lógica del universo, perdámonos en los mundos de una Alicia aún en casa de la oruga, demasiado colocada para perseguir a ese extraño conejo. Bailemos, bailemos, bailemos hasta que nos duelan los pies.Bailemos hasta que nuestos cuatro ojos vean como dos, nuestras cuatro manos sientan como dos, nuestras dos bocas sientan como una.
Todo es tan irreal que da miedo que se te aparezca por sorpresa, tan real que exaspera el no poder sentirlo, el no tener conciencia, el no querer saber nada de nadie. Letras con demasiado significado como para poder ser explicado, cada sílaba encajada a la perfección en su asombroso y deprimente lugar. Una vida maravillosa, sin duda, en la que versar todas sus frustraciones y delirios, en la que cumplir unos sueños pintados de una existencia aún sin demostrar, transmitidos de un género aún sin especificar. Sueños que se elevan entre el humo gris verdoso.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Caught in a landslide

Se os ve tan exuberantes, tan rebosantes de vida, tan inconscientemente conscientes del increíble romper de las olas. Vosotros expiráis el humo con el que yo sueño.

Hacía tiempo que no necesitaba con casi desesperación el escuchar una y mil veces la misma canción depresiva, que no desconectaba irremediablemente del mundo mandándoos a todos a la mierda, que no perdía el control de mis actos aunque fuera por segundos. Tanto descontrol está terminando por controlar mis actos, por vertir las seis o siete lágrimas que le apetece sobre la tapicería de un autobús lleno de gente, sobre las indiferencias de todos vosotros.
Todos tan pendientes de sus problemas, de sus maravillosas vidas exentas de problemas graves. Todos desperdiciando las oportunidades de ayudar a los demás. Todos mirando sólo al frente.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Just go ahead now

Si, somos jóvenes. Muy jóvenes. Y la vida es tan larga que no podemos saber a ciencia cierta el porcentaje que llevamos de juego.
No puedes atarte al primer tío majo que quiera una niña tonta en su cama, buscar las consecuencias a todo, pararlo todo por una simple mononucleosis. Simplemente, no debes.
Todo lo que hagas ahora importará tan poco dentro de dos o tres años que te sentirás estúpido por todas las cosas que dejaste sin hacer. Por todas las cosas por las que te preocupaste. Por todas las cosas a las que diste muchísima más importancia de la que realmente tiene.
Desperdiciar una vida tan ferozmente pura, tan puramente cruel, tan cruelmente feroz. Disfrutar y asumir el brillante superpoder de no tener ningún superpoder. Creerte las excusas que se te dan cuando se te dan bien, con cariño, despidiéndose con un "besos enana".

sábado, 1 de septiembre de 2012

Otro domingo

Hoy me he visto preciosa en el espejo del ascensor. Supongo que las dioptrías han ganado esa ancestral lucha contra la percepción de la realidad. Y lo digo como dato, no porque me moleste.
¿Hay, acaso, algo más hermoso que los paseos matutinos, descalza, con el sol en toda la cara y en contacto con el gélido frío, bañado en carreras y piedras?
Pasar por el portal en el que algún hombre apresurado olvidó parte de su perfume, y dejar que tus sentidos naden en los resquicios de lo que debió ser una rápida carrera contra el hoy.

Cada día a la misma hora, cada día menos triste, cada día más cansada. Cada día se presenta igual y más alentador que el anterior, menos esperanzador, más deprimente. Pero cada día me levanta de la cama con un sol que entra a borbotones en mi habitación, como un "Yes, to dance, beneath the diamond sky, with one hand waving free" que te estremece el alma, como ese violín que te hace bailar por la calle, un lunes cuando ya vas por tu tercera cerveza. Cada día estás más viejo y más podrido, sube el iva y bajan mis posibilidades de saber qué mierdas hacer con mi vida. Pero, una vez más, la jornada se presenta encantadoramente condenada al fracaso más absoluto.
Sé que es irrealizable, pero, pese a que sigo sin saber cómo enfocarlo, esta noche el verte sería el máximo apogeo de mis vacaciones. O no. El verte siempre es lo máximo. Compartir infinitos y errados diálogos de películas, compartir canciones bajo la penetrante mirada del mar, compartir cómodas sonrisas incómodas, cosquillas, y sobre todo mucha saliva contigo.

lunes, 13 de agosto de 2012

Tangentes

Sabía que necesitaba el toque para no volver a pisar el suelo, sabía que.
Sabía que.
¿Qué sabía?
Sabía que las tangentes estaban hechas para irse por ellas, tan bien como sabía que no quería volver a su casa. Lo sabía todo sobre autodestrucciones y Mafalda, y tenía dominada la técnica de la autocompasión sin remordimientos. Si algo sabía hacer mejor que nadie era poder cerrar los ojos en cualquier momento y entintar su propio lienzo en blanco, para bloquearse después tras un folio amenazante.
No sabía nada, en fin.

Me desperté como tantas otras veces sin saber muy bien dónde, sin echar de menos nada, alargando la mano para asegurarme de que el suelo seguía ahí bajo nuestros pies. Las horas, ávidas de aventuras, estaban llegando sin saberlo a la meta de una carrera sin fin, al ticket de metro usado y tirado al suelo. Porque las horas no tienen padres, ni madres, ni planetas con rosas. Las horas no huelen a vómito y ginebra un domingo  al levantarse. Entoné un "llego tarde" y huí de allí. No era mi casa. No era la tuya. Y la situación se repetía.
Había quedado en que descansaría, en que me tomaría todo esto como un retiro emocional, pero a fin de cuentas, lo más especial es siempre lo menos recomendable. Necesitaba olvidarme de ti, de mi, de las oscuras historias que ensombrecían nuestra mirada y enturbiaban nuestra sonrisa, hechas una. Siempre supe lo que iba a pasar, supe que el hecho de no querer darle importancia se la daba, y el hecho de darle importancia lo volvía imposible. Pero eso pasó, y tenemos que olvidarlo. Yo tengo que olvidarlo.
Salí corriendo para la parada de bus más cercana con un montón de palabras estremecedoras en la cabeza, que me atormentaban plácida y ruidosamente, y me senté a esperar. La verdad es que uno no puede cansarse tan fácilmente de ver la vida pasar poniendo cara de asombro, es algo a lo que logras acostumbrarte. Es la apatía en forma de metáforas diferentes, extravagantes. Es una chaqueta plateada con Converse. Es funesto.
Cuando el bus llegó, me sentí morir y pensé en lo rutinario que se había vuelto mi desordenada vida, en lo difícil que es conseguirlo, y en lo estúpida que soy. Pensé en mi misma como un gran dragón negro con los ojos dorados escondido en un rincón fumándose la savia de un gran árbol, y me senté. Intenté echar cuentas, saber cuantas veces había dormido en casa en el último mes. Desde el doce de julio había dormido en casa cuatro veces. Aunque ya no sabía a qué me refería exactamente con casa. Yo vivía, vivo, en el caos que la ciudad me brinda, en la maleta de una moral de vacaciones, en el bolsillo de ese gigante llamado Vida. Vivo en tí.
Acurrucada contra la vibrante ventana me conciencié de que esa vida no era buena, pero todo mi yo lanzó una inaplacable réplica a esa afirmación. Si que puede que me estuviera pasando, pero, estaba empezando a  vivir la vida a mi manera, sin ataduras, sin cargos de conciencia. Sabía que nadie puede obligarme a ceder en mi condición. Y si quería cumplir mi autopromesa de drogarme al menos una vez por semana era cosa mía. Y si nunca quería llamar al "chico de anoche" no podrían forzarme. Y si no quería volver a casa no tenía por qué hacerlo.
El bus paró dejándome desamparada y sola conmigo misma. Yo tenía que bajar, me reaccionaran o no las piernas. Me sentía a gusto allí, en ninguna parte, la hija de una viva ciudad, muerta hasta sus cimientos. Nunca me había importado ir sola por la calle. Con mis cascos y mi labia era imposible aburrirse en mi cabeza. Mis pobres y pequeñas pupilas, alucinadoras como las que más y miopes como putas, me hacían ver cosas que yo no quería, como mendigos o esas extrañas formas que sólo no veo cuando duermo en casa. Y sonreí. "La verdad es que el mundo es una extraña colección de ejemplares de un indescriptible encanto, de incalculable valor" pensaba, asombrándome a mi misma de mis repentinas ganas de vivir.
¿Quién sabe? A lo mejor todos podemos llegar a ser felices.

sábado, 9 de junio de 2012

Contrastes

Una sólida nube de hormigón oscilaba entre un especial número de navidad que no ni hacía mención a mi nombre y mancillaba todas mis buenas obras cargadas de buena fe y mejores intenciones. “Eres un fracaso”, pensé, agarrando fuerte la revista y sacudiéndola. Pese a lo mucho que pudiera engañarme, sabía que todo era mejor así. La retorcí y lancé sobre la mesa. No sabía muy bien cual de mis estúpidos traumas podía ser el que me creaba la obligación de torturarme seguidamente con caprichos como este, pero el asumir que las cosas son así eran lo más que podía ofrecerme. Alcé un poco la mirada para ver el tiempo que hacía. Pensé en todos mis anhelos de infancia, de ayer, en que no había llevado ninguno a cabo, y en cómo una cristalera no puede llenar del todo el vacío emocional que dejan las frenadas ánsias de buahrdías acristaladas, amuebladas con plantas, libros y sueños.
- Hora de irse.
Emití un chasquido, apoyé las manos sobre las rodillas y me incorporé. Tenía la moral demasiado llena de roña y el alma algo enfadada conmigo, pero cogí las llaves del cuenco de la entrada y me decidí a salir al mundo. 

May. 02 (Mie.)


13:03
- Anda, deja el móvil y vamos para dentro.
Cuán agradable resulta el ser respetado por los semejantes, semejantes tirando a inferiores y soñando con el rango que les conceda el título de seres superiores.
No, ahora en serio, de verdad que odio que se me hable con desprecio.
Pasamos y nos sentamos, ocupando cada uno los puestos que nos habíamos ganado.
- Dime qué te preocupa.
- Pues, lo que preocupa a todo el mundo, ¿no?
Lo dije esbozando una falsa y escueta sonrisa en mis labios. No creo que se la creyera. Yo misma no lo hacía. Intentaba suavizar un poco el momento, crear un ambiente de compañerismo, de sinrumbo a funcionario sinrumbo, pero un adulto modelo, de los que no caben en sus cabales, no dan ese pie. Nunca.
Me miró con condescendencia, y repitió, suevamente, como hablan los políticos.
- Que por qué estás aquí.
- Me cuesta dormir. Me duele la cabeza. No consigo concentrarme en nada. Me duele el estó...
- ¿Qué te preocupa? ¿Cuáles son tus problemas?
 -No sé, no tengo problemas...
Mentiras. Más mentiras. No puedo evitarlo, nunca he podido evitarlo. Miento instintivamente a cualquier pregunta que se me haga.
Y empezó la ronda decisiva de las preguntas, las rápidas, las del millón de dólares.
-  ¿Cuántos años tienes?
- Quince
- ¿Que estu... Estás en la ESO?
- Sí.
- ¿Qué cursas?
- Cuarto.
- ¿Has repetido alguna vez?
- No.
- Entonces... vas con el año correcto.
“¡Ding, ding! Premio para la avispada señorita del bigote”, pensé, pero me limité a asentir lentamente.
- Bien, ¿tienes más hermanos?
- Si, uno pequeño.
- ¿Sí? ¿Cuántos años tiene?
- Pues tiene...
Me puse a pensar, intenté echar cuentas pero no me salían.
- Tendrá unos...
Me tapé la cara con las manos, avergonzada, riendo, admitiendo lo evidente.
- No lo sé -reconocí.
- Pero, bueno, ¿más o menos?
- Unos once, o doce.
- ¿Cómo es la relación con el?
Me otorgué mi corto pero incómodo silencio, mi período de reflexión, y añadí.
- Infantil.

13:7
Aquella obsesa de mente inferior, aquella “cuerda” llevaba rato escribirendo. Hizo muchas más preguntas, a las que yo sólo me dignaba a responder “si”, “no”, y “todo va bien”.
13:42
Asomó la cabeza al interior de mi habitación, me buscó un poco (de paso, aprovechó para echar un vistazo) y, cuando me vio, me dijo “Mira qué guay así la habitación. X, hija, come algo que te tienes que tomas las pastillas”.
13:51
Me trajo un plátano, me dijo que me tomara la pastilla y me dio un beso
- Me voy a buscar a Y (Toyota), podrías también hacerme el favor de bajar a Z.
Callé, y, por tanto, otorgué. Otra vez sola en lo alto de mi fría torre de cristal.

viernes, 25 de mayo de 2012

Morfo

Me siento como protegida tras las gafas, pero el sentir tus ojos clavados en mi frente me desconcierta mas y mas.
A lo mejor lo que quiero es poder demostrar que tengo el brillante poder de la autenticidad.





Si cierro los ojos puedo volver a verlos.
Seguían unas pautas no designadas en el suelo, las pautas de una moral directiva, colectiva y unísona. Elevándose en el aire se veían los coloridos torbellinos beligerantes de ideas, en una pacífica y silenciosa guerra de gritos, cerrando el círculo del perfecto oxímoron sobre el que se erigían sus rostros pálidos, exangües, prácticamente exánimes.
Las derrotistas representaciones de las derrotadas ilusiones sobre una tiera árida y llana, una castilla ya más que leonina y un no hacer referencia a nada ni nadie; un no complacer por el mero hecho de intentarlo. Un yo sin el yo ni el tu.

jueves, 24 de mayo de 2012

Presentes ausencias

Si hasta las olas rompen menos fuerte desde que no gritan tu nombre.
Había una bonita casa blanca, con una bonita puerta roja, al cruzar la calle. El jardín se elevaba, con un encantador aire siniestro, sobre el tragaluz que subía del sótano, hasta engullir el pozo que se escondía al final de todo, tras los árboles.
Los pájaros que tanto tiempo llevaban anidados entre teja y teja también crecían libres.
La casa sigue allí; un poco más vieja, un poco menos blanca, un poco más salvaje. Los cambios que marcaron y marcan huella a su alrededor vagamente se ven reflejados en su fachada. A mi me faltas tu, pero eso nadie lo sabe.
No es lo mismo caminar por las viejas pero irreconocibles calles si no es de tu mano, y los pajaros son incapaces de entonar sus mas hermosos cantos si tu no los silbas. Ni las flores pueden siquiera oler a gusto si no estas tu para jugar a enseñarme sus nombres, a asociarlos con sus fragancias, colores y formas.
No es tan facil de llevar, las cosas se van acumulando y el tumor que lleva mi nombre se va ensanchando, ataque a ataque.

Microconclusiones

He vuelto al epicentro de mi adolescencia. A la presión que hacen en mi mandíbula los gritos a los que no dejo salir. Por ahora.
Escribir me calma, siempre lo ha hecho. En las peores épocas fue el potente analgésico al que, sin receta, me quede enganchada como una tonta. Ultimamente se limitaba a hacerme el enorme servicio de exteriorizar los tortuosos mazazos con los que mi subconsciente pretendía dejar inconsciente a mi conciencia. Pero el dolor ha vuelto, dejando cernirse sobre mi la poderosa sombra de mi realidad.

jueves, 10 de mayo de 2012

Sílbame

Seré yo la que escriba tu nombre para llorar sobre el.
Seré yo la que memorice las arrugas de tu nariz al reír.
Y esa cicatriz en el labio.

Sabía que no aspiraba alto, lo que no sabía es que no sabía muy bien a lo que aspiraba en realidad.
Creía querer querer a cualquiera, pero no pudo cuando la ocasión se lo suplicó.

No quería hacer daño a nadie. Y, sin embargo, allí estaba. Asomada al abismo de la desesperación, casi colgando dentro de aquella espiral de remordimiento que parecía querer enterrarla en el fondo de aquella sinfondo bolsa para vómitos. Pero todo daba demasiada pena. Y cuando digo pena, digo asco.
Un humor cítrico, cítrico corrosivo, amenazaba con deshacer las ganas que le quedaban de arreglar las cosas, de mentir a destajo y sin miramientos, de intentar aflojar un poco la correa al sangrante dolor que paseaba por las calles de su tranquila libido. No, señores. El espectáculo no debe continuar. El espectáculo ha muerto.
No oía las preguntas, no quería oirlas, pero sabía que en todas las respuestas había una negativa escondida, ese Mr. Hide de las relaciones entre amigos que se complican por estupideces ajenas. Ajenas, la culpa nunca es de uno mismo.
Muerte, muerte y furia. Una furia viva que contenía a las tropas aliadas, al llanto embravecido que, cual neófito, llevaba una bolsa de hambredesuicidioygloria en la mochila, mochila paracaídas.
El abrir la boca, el separar los labios... no eran más que metáforas. Lo que de verdad hacía era sacar su daga, poco a poco, para finalmente asestar un torpe pero certero y último tajo en el centro de su corazón, corazón sin coraza ni escudo.
No, no seré yo.

Amigos (?)

sábado, 14 de abril de 2012

Breaking the tears


Bailábamos sobre un compás roto, al rededor de una hoguera prendida con el deseo de partir, volar lejos, que quemaba todos esos sueños de papel hechos muchos, muchos pedazos.
Pudimos prometernos la luna, pudimos hacer todo lo que quisimos. Pleased to meet you, pero ahora me tengo que ir. Partiré para quedar aquí al lado, siempre independientemente dependiente, siempre con las mismas ataduras y miserias. Teníamos el don de la histeria colectiva, de la apacibilidad individual, del pensar en no pensar y ni siquiera lorgarlo.
He de partir al futuro en el que no ser reconocida, y futuro pero presente pasado, rumbo a la monotonía frenada y el desenfreno saciado.
He de quemar todos mis sueños una y otra vez, olvidar mi ruda prosa impregnada de una inverosímil lírica. He de morir, caer al vacío de la espiral de la demencia y sin ayuda volver a subir, para en la mañana y su rocío infernal partir hacia el mañana que siempre me pilla demasiado hoy.
No plantarme; eso es, vivir mil aventuras desde mi cama y al salir a mundo poner cara de inepto.
Por eso he de partir. Llegó el momento de ponerse el peto de trabajo y salir a faenar, olvidar lo que te haya prometido y contar tu historia a voz en grito.
Y si todavía no ha salido el sol, decir que es de mañana temprano.
Palabras más, palabras menos.
Y todo para no constar lo que cuento, hablar para callar y vivir para morir. Quererte para odiarme y escribir para no desentrenarme.

Un “ding” sonó imperceptiblemente en la cabeza de casi todos, pero mi sobresalto indicó “Es la hora. Hasta nunca” Y tomando como guía un acorde infamemente despedazado, salté del pedestal de tu ironía hacia un nunca jamás demasiado idealizado como para llegar siquiera a disfrutarlo.

Now it's time to sing alone


- No es nada tuyo, ¿sabes? No es culpa tuya.
Sudaba la gota gorda, se sentía mal y le escocía la conciencia por la brutalidad de su sinceridad.
- En realidad... yo lo último que querría... no quiero hacerte daño.
- No es nada, ya te he dicho que no importa.
Agachó la cabeza, y fue haciendo un minucioso repaso de cada detalle de aquel inhóspito momento. Él le sonreía, con una sonrisa cansada, forzada, inútil y desesperanzada. Puso una mano en su hombro, y de pronto sonrieron los dos. Al grito de “eres la peor persona que jamás he conocido”, los resquicios de su maltratada moralidad cerraban los ojos y se tapaba las orejas con las manos. Todos lloraban; bajo una fachada de asumición, asumimiento, ella sabía que estaba arrancando su corazón cual corazón de kiwi, y él sabía que tarde o temprano acabaría ocurriendo.
Decidió que ya no pintaba nada ahí, que todo lo que pudiera llegar a hacer o decir sería malo, peor.

Ambos llevaban sus zapatos en las manos, y los pies llenos de arena. Como recuerdo de aquella infame herida, sólo quedaban sus huellas por la arena. Habían hecho medio trecho a pie, el otro medio caminando, pero sólo uno de los dos sabía que todo terminaría con una seca y falsamente alegre despedida improvisada, sucia y mustia, éticamente reprochable.
“El había prometido que, si esto llegaba a ocurrir, las cosas seguirían como siempre. Me duele hacerle romper una promesa. Es una persona maravillosa, buena gente incluso, pero el mero hecho de pensarlo... me da escalofríos” había sugerido ella, noches antes. Ahora se culpaba de todo aquello. Y con razón.
- Lo siento, sabes que lo siento.
- No pasa nada.
- Dime que estarás bien. Dime que las cosas seguirán como siempre.
Pausa. Él agachó la vista para acariciar con una mirada sin ningún reproche los ojos de ella y sonrió.
- Lo prometo.
Y, al tiempo que negaba con su turbada cabeza hueca, ella exhaló
- Será mejor que me vaya.
Y él la vio alejarse. Vio esas marcas en la arena que pronto no significarían nada para nadie. Dudo que algún día llegaran a hacerlo.

No hubieron reproches porque ese tiempo verbal no existe, pero hubo infinito llanto en el camino de vuelta.

sábado, 17 de marzo de 2012

Spirits In The Material World (presque)

Había muerto hacía relativamente poco; diez meses, once, doce años tal vez.Vagaba lánguido e inerte por las estrechas calles de una moral decadente y mustia. Sus miradas furtivas desnudaban los cimientos de las rompientes olas de un martirio ciudadano latente, con la dicha de aquel que se había planteado el ayudarlos a todos; sueños desmantelados por el con los hilarantes repiqueteos de las campanas del desprecio de las sombras de su entorno sonando de fondo y a contraviento.
No se había iniciado en nada concreto todavía, y por su semblante taciturno no creo que tuviera la más ínfima intención de hacerlo. Miraba hacia ninguna parte con los ojos entornados y el ceño fruncido, como con la sien vacía, la mente ingrávida. Había llegado el momento de replantear lo ya ni planteable, de dar otra vuelta a todo, y se había perdido en el consigo mismo de sus utopías. “Ven,” decían algunos, “ven y olvídate”. No comprendían hasta que punto estaba metido en el hoyo. Para ellos era tan fácil... no eran capaces de imaginar que la felicidad pudiera o pudiese estar tan poco al alcance de algunos, cuando a ellos se les servía en bandeja de plata.

jueves, 15 de marzo de 2012

Andar

Al final resulta que no vale cualquiera, y que tanto el sentirse como el saberse querido no siempre son suficientes.
Unos negros demonios me están sumiendo en las tinieblas del mal reprimido yo, y mis propios prejuicios me abruman.
El tenor no siempre será el rey, el rey del temor; del temor a lo real, a realizar lo evidente: un presente demasiado duro y áspero que se llevará tus mejores intenciones para devolvértelas hechas jirones. El resquicio de un mal arrancado pellejo, un miedo nuevo que se suma al viejo y un espejo mal nacido que te mandará a de donde nunca has venido. Entonces la envidia llegará y se llevará tu ira y su maldad, porque a nadie le importa en realidad.

Su mirada volaba al son de las palabras que no salieron nunca del limbo de las conversaciones, soñando con un minuto de inmerecida gloria pero con un infundado miedo. Apagaba su sed de vida con unas cantidades desmesuradas de realidad comprimida, y huía de toda mano amiga y de toda posibilidad de ayuda ofrecida.

sábado, 18 de febrero de 2012

Monotonía justa, sin ambiente

¿Por qué me trajiste, padre,
a la ciudad?
¿Por qué me desenterraste
del mar?
Padre, tan hijo ahora; tan con las raíces al aire, sin una base sólida sobre la que crecer; tan crecido, tan menguante, tan menguando. Tan menguado.
Bajo un vivo sol de febrero, meditando en vano los orígenes de tan originales vanidades; vivo.
Un despertar a media noche, hora de fríos aquelarres y ardientes besos; un golpe contra la pared, tanteando los pilares en ruinas que podrían llevarme a la salida, ayer, pero que ahora yacen, con el sin saliendo por sus poros, sin el con, sin un brillo antaño pulido. Y otro. Y otro. Un repentino brillo fugaz al reflectir la luz surgida de una nada vacía y solemne con una ventana, con un turbio agujero a la altura de mis ojos. Los entorné, y, sin prisa, con pausa, esperé a que se acostumbraran o acostumbrasen a la luz, a la falta de la misma. Los extremos exteriores de mis párpados habían establecido una tregua con mi insomio, y, no abiertos ni cerrados, dejaron que las pupilas se dilataran o dilatasen a su antojo. Había alguien al otro lado, me miraba con extraño odio y desconcierto, creo que no sabía dónde se estaba metiendo, y de pronto soltó una carcajada. Fue como un estruendo, un relámpago caído no muy lejos de aquí, no muy lejos de nosotros. Ni siquiera estaba segura de que fuera producto de aquella, seguro, desgarrada garganta; de lo más hondo de aquella sombra que me escrutaba, sombría, como escrutan las sombras. Tanteé durante un momento el salir corriendo de aquel lugar, pero mi cuerpo estaba rígido.
- No te tengo miedo -le dije, entre susurros- ¡No te tengo miedo! -le grité. Una mueca que parecía recordar a una sonrisa se dibujó en su cara de mártir. Pero rígido como una piedra. Dudo que gozara de las antiguas manías de la Medusa, es sólo que siempre he sido un poco miedica. Intenté despertar a mi Cordura, la que solía compartir habitación con la Razón antes de que volviera a de donde nunca había venido, pero seguía dormida. No recuerdo cuando fue la última vez que la vi sonreír, “no sé si no estará muerta” pensé, sin recordar en que tiempo verbal estaba, y decidí comportarme como un verdadero hombre y salir corriendo. Pensé que la sombra me seguiría, con su tez que mostraba una vida de miserias y penurias, pero salió corriendo hacia el lado opuesto al mío. Oleadas de tranquilidad, extrañas, vinieron desde muy muy lejos, de un letargo rudo y frío, y me dejaron dormir, sola, tranquila. Supongo que nadie rompería aquel espejo esa noche, supongo que hemos todos aprendido una lección.
(Puedo escribir y no disimular, es la ventaja de irse haciendo viejo)

miércoles, 1 de febrero de 2012

House of the rising sun

Una voz ronca, volaba alrededor de su guitarra, en frente de la casa roja. Una mirada, y el volumen de su voz subió. Otra mirada, y el ruido del resto del mundo bajó.
- Que solos estamos, ¿verdad? ¿Qué va a ser de nosotros?
A quién le hablaba era irrelevante, ¿hablaría conmigo? Nada en el poco contexto que mis dioptrías entendían parecía opinar lo contrario, así que me puse cómoda, y me propuse sacar algo en claro de todo aquello.
- Hay quien se lo merece -siguió aquel hombre, y vi que le brillaron los ojos al descubrir que, si, iba a escuchar con atención.- Ten, joven, toma asiento.
Me senté con descuido a su lado, y paladeé la dulce batalla entre su triste olor a vida y su cansado olor a muerte. El cielo parecía un poco muerto también. Su último aliento, manchado de una sangre roja que fluía a través de las montañas, nos abrazaba con su alentadora promesa de un mañana; para algunos, para siempre, para casi todos. Para nadie.
El hombre volvió a mirar, para asegurarse de que seguía ahí. Esbozó una sonrisa como las de antes al ver reflejado en la humedad de mis ojos un último y fugaz rallo de sol bañado en niebla, asintió con la cabeza, y empezó a hablar, con una embelesadora voz, cansada pero vibrante, como contenta, como emocionada, como si hiciera mucho, muchísimo tiempo que no mantenía una conversación interesante.
-Yo no nací aquí, ¿sabes? Aunque adoro esto. Nací en una tierra de fleuves y castillos, en las extensas praderas rojizas y las luces de las grandes ciudades, en una mezcla de belleza y rudeza, también bella a su manera. En la más ostentosa vida y la más humilde muerte. En el acogedor calor de una casa, con una familia, una chimenea, y hasta un jardín, con su huerto, con sus gallinas y con su plantación de marihuana. Las cosas nunca han sido fáciles, antes era levantarse por la mañana temprano para coger el desayuno en la panadería, o salir corriendo por la noche a por unos tronquitos para el fuego, y volver con ellos a rastras, con prisa. Después, fue tener la fuerza suficiente para levantarme cada mañana y no saltar por la ventana. Ahora, me limito a sentarme en este frío bordillo, y entrar en casa cuando el viento me susurre que es hora de poner los suaves vinilos de mi padre y dormir, para mañana poder volver a ver amanecer desde detrás de los árboles, que se extienden hasta el infinito. Y esperar que así siga siendo, durante mucho tiempo.
- Si tanto te gustaba aquello, ¿por qué viniste?
- Ah... sabes, muchas veces no se hace lo que se quiere. Ni de muy lejos. Y, bien, eso fue una imposición, así como una terrible errata. Esa decisión, en la que no tuve voz ni voto, destrozó mi vida y las de todos a mi alrededor. Mi casa fue una locura toda mi infancia, y, aunque me marché en cuanto pude, ya era demasiado tarde. Mi padre nunca volvió, y mi madre nunca volvió a ser la misma. Diría que echo de menos los años en los que todo era apacible, pero es que casi no los recuerdo ya. En los que se podía reír y cantar por la casa sin que nadie lo impidiera, en los que éramos normales, o, por lo menos, éramos felices. Y estábamos juntos.
- Sé como se siente. Tampoco yo tuve nunca una normalidad estándar.
Permanecimos así un rato, en silencio, hablando de vez en cuando. Parpadeaba, y cada vez que volvía a abrir los ojos, una estrella nueva se había sentado a mirar a aquellas almas en pena que nunca deberían haberse encontrado, y reían, divertidas, ante el extraño dúo que formábamos. En algún momento, cuando el frío amenazaba con ponerse a hablar con nosotros de sus turbias experiencias, me invitó a entrar. No sé cuánto tiempo estuvimos mirando chispear a las llamas, engullendo con sus lenguas de fuego y su saliva de humo a los que un día tuvieron savia y vida.
Prometimos volver a encontrarnos por casualidad.
- ¿Sabes?, hay quien dice que estoy loco. Pero eso no puede ser. Los locos no duermen, y yo duermo mucho.

viernes, 20 de enero de 2012

Suposiciones y controversias

Sin quererlo cultivamos la soledad como a una planta, encerrarte en casa es darle calor y llorar es regarla.
Yo te quiero, tu me quieres, nosotros nos queremos...
Mi cara seguía siendo la misma
Vamos, vamos, ¿no vas a decir nada?
Pedí la cuenta con sigilo, agradeciendo siempre la complicidad infalible de los camareros de esos ruinosos bares de esas ruinosas calles.
Tu capacidad de atención es como la de un cocker spaniel.
No creí que hiciera falta decir nada. Por favor, he visto centenares de tíos saliendo del Hard Luck café con mejor pinta que tus poemas.
No me sentía demasiado orgullosa; escribir era un claro síntoma de su psicosis, de nuestra psicosis. No hay chicas pelirrojas en mi vida, ni tres personas diferentes en el espejo, de las que se supone que una deberías ser tu. Lo he intentado pero no me has dejado dejarlo de lado, déjame decirte que dejas de ayudarme dejando de no intentar hacerlo; dejémonos de sandeces: tu ni sientes ni padeces. “Especularemos” a la luz del flexo con una copichuela de zumo de naranja, pero déjame esa hora libre al día que a veces ocupo con lo que la ocupo, por eso la necesito. Cuando lo evidente se haga presente, si no me pego un tiro en la frente, signo de que tan sólo soy una jodida demente, aunque relativamente decente (pero posiblemente lo tenga en mente) supongo que maduraré derrepente. Se supone que no tengo excusas, se supone que no puedo echar a nadie más las culpas, se supone que me lo merezco... hoy ha llegado un colis con el destinatario a mi nombre. Se supone que he madurado, se supone que no debería haberlo abierto (y menos con los dientes en menos de cero coma), y se supone que cuando mientes mi cabeza me esconde lo bien y en serio que se lo toma. Además, sólo invierto un tiempo precioso (eso, en mi, tiene algo de gracioso) es hacer rimas sin sentido que ni riman ni tienen, eso... Pero no acabaré, nunca, algo que haya empezado. Ni aunque me lo plantee, mi subconsciente me la juega constantemente, rimas estúpidas que acuden en tropel al frente y rompen filas sin avisar. Se supone que hoy era un día feliz, se supone que me hiciste sentirme mejor y menos nerviosa (¿gracias?), y aunque no fuera gran cosa, to put mi head en your shoulder siempre es así como sentirme better. Se supone que las cartas reconfortantes reconfortan, las promesas cumplidas tienen algún tipo de valor significativo, las miradas furtivas destrozan lo emotivo, y el olvido olvida todo lo que escribo. Destrozo lo que escribo, destrozo lo que pienso, escribo lo que pienso y pienso lo que escribo. Soy mierda ergo lo que toco se torna más mierda. Se supone que soy un honor para ti. Se supone que no iba a comerme la cabeza hasta ver todo perdido, acuerdo que perdió fuerza al momento y que había cambiado por “hasta que me muera o muera este rayo de resquicio de grieta en el tejado”.
Se supone que esto debería dárseme bien. Pero, ¿cómo voy a dejar ordenados mis párrafos si no tengo ni idea de en qué rincón habré dejado mis ideas esta vez? Oh, loneliness.

Tutoriando


El maleable viento
se ha puesto de tu parte.
Se ha mezclado con tu pelo,
se ha colado por tus poros.
Es el nuevo inquilino
de las comisuras de tus labios.
        No lo quieras, Jack,
El nº2 y el nº4 de la comunidad le esperaban fuera. Se estaba cayendo, la gente prescindía de sus servicios. El cáncer les estaba quitando el trabajo.
        Cuídate, Jack.
Y me aferré a mi bata fría, mientras veía cómo se alejaba en el coche negro. Siempre acababa llegando el día. Había pasado aquí una escueta temporada, bueno, siempre se hacía corto el estar a su lado. Ahora, el frío y su acogedora y larga noche se iban, con el, sin un punto de destino fijo. Se acabaron el vaho y el café caliente, los soles fríos de un Octubre que nos abrazaba sus cuatro meses, como cada año, y los abrazos en un Octubre que pasados meses te olvidan. “Suerte, Jack...”
El estaría a salvo, nosotros tal vez no tanto. El perfecto dúo que formábamos entre las sombras la Soledad y yo.

Dead heart

 - Creerías en la maldad de la gente si te hubieras criado en mi casa, Jack. -y el jack Jack se marchó, con las lágrimas mojando su curtido rostro. “Vaya,” suspiré, “otro al que la realidad ha aplastado. Están cayendo como moscas”.

Si, salir al mundo, descubrir lo que te brinda, y estar en casa de vuelta a tiempo para ver amanecer. Oh, si. El mundo no sólo está pintado a mano, sino que el autor dejó todos esos impredecibles y maravillosos fallos en su lienzo. No me gusta escribir cosas de amor, pero el verle me evapora y me deshago con el viento. Oh, si. No hay nada más patético que deprimirse al ver una familia en un anuncio de pasta de dientes. Una familia, ¿recuerdas cómo era eso?

domingo, 1 de enero de 2012

Let me forget about today until tomorrow

Reviviendo sin querer y sin saber si es cierto lo que estoy viendo.
No voy a seguir huyendo de ello.
Hacía un frío te te apuñalaba desde dentro, y las calles intentaban olvidarme, como todos.
Con las ideas un poco más ordenadas pero todavía llenas de polvo y mugre, llegaba el momento de volver a pensar en lo que más duele, como siempre. Se acabó un año desastroso. Por una parte, es un alivio. Lo malo es que últimamente todos los años son desastrosos. Fueron muchos cambios en muy pocos meses, hace un año yo no me imaginaba ni muchísimo menos estando como estoy ahora. Ni siquiera hace ocho meses podría haber siquiera llegado a imaginar que la fuerza centrífuga de las vueltas que da la vida y su implacable ironía hubieran podido hacerme varar hasta esta desolada y mustia orilla. Estúpidas turbulencias.
Los recuerdo, tus negros prognósticos habían sido algo así como "ya empezó a llover, como todos los treinta y unos".
Y, en ese momento, aunque no les prestase atención, todas las locuras de este año pasado estaban formando una red insondable de paranoias dentro, muy dentro de mi. La telaraña perfecta. Acabaré cayendo el año que viene.
"¡Mira, el mundo entero está despertando, resumido en esta escueta calle!" Nunca llegué a salir de la rutina de ver la vida pasar tras la cortina y no querer hacer nada por alcanzarla. Así que seguí deambulando perdida por aquella calle, mirando como acogíais a un nuevo Año con el calor del amor familiar, y todas esas chorradas.
Entonces os grité "¡sólo ha pasado un día desde ayer, necios! No sé por qué le dais tanta importancia", y, tras ver vuestras caras de asombro, escupí al suelo y me alejé, sabe Nad. a donde, viendo como el húmedo vaho que emanaba se hacía uno con el gélido aire de la mañana, y me dirigí al buzón de Correos, aún sabiendo que mi carta iba a tener que esperar a que alguien se dignara o dignase a tratar con ella.